ACTUALIZADO. Antonio Machado, ochenta años atrás (1). Tras la frontera (2). Por Juan José Téllez.

El escritor y periodista Juan José Téllez evoca la figura de Antonio Machado y su salida de España en un ejercicio literario

Juan José Téllez / 22/02/2019 – 11:56h

«¿A dónde?», pregunta el taxista.

«A la estación María Zambrano», respondo.

Anochece en Málaga y el conductor escucha El ojo crítico, de RNE. Hablan de la Generación del 27.

    ¿Esa señora era también de esta gente?, me interroga cuando le pregunto si escucha asiduamente ese programa.

    Sí, también era del 27.

    ¿Y usted sabe quién era Henri Bergson?

Me quedo perplejo y le cuento que fue un filósofo francés a cuyas clases acudió un par de veces Antonio Machado: «Su teoría del tiempo le influyó mucho», presumo.

    ¿Usted quiere creer que la mayoría de mis colegas no lo conocen?

    «Ni los míos tampoco», le sonrío.

    Yo es que no salgo de casa sin esto encima.

El taxista echa mano a la guantera y saca las poesías completas de Antonio Machado en la antigua edición de Austral. En la nueva colección de esta misma editorial, ochenta años después de la muerte del autor de Campos de Castilla, acaba de publicar su poesía completa Luis García Montero, que citó a don Antonio durante su presentación en Madrid y en Granada: «Antonio Machado –me dice– es, junto a Simone Weil, Walter Benjamin y Albert Camus, una de las grandes figuras en las que el siglo XXI puede buscar las mejores lecciones éticas del siglo XX. Su poesía es cívica y su civismo poético».

 ¿Llegaremos pronto a Sevilla?

María Zambrano Alarcón iba a recordar aquellos días del final de enero del año 39, cruzando la frontera de Francia del brazo de Antonio Machado, el maestro, el pensador, el poeta, el viejo amigo de su padre, don Blas, en «la pétrea e inamovible Segovia», en cuyo Ayuntamiento el escritor andaluz había izado la bandera tricolor un 14 de abril de 1931.

Entre la barahúnda de fugitivos camino del norte, hostigados por el Ejército fascista y con Barcelona como último reducto, don Antonio iba a pie, apoyándose en su madre, doña Ana Ruiz, que no hacía más que preguntar ¿llegaremos pronto a Sevilla, llegaremos pronto a Sevilla?

«No hay unanimidad en la precisión, en la exactitud del relato del viaje –afirma la profesora Elena Barroso-.  Sabemos que las fuentes son el relato del hermano, de José, o el de Xirau, que fuera rector de la Universidad de Barcelona y que viajaba con ellos en aquel grupo de intelectuales. O el testimonio de Corpus Vargas.

Si no recuerdo mal, en el relato de Xirau se dice que llegan desde la frontera hasta Cerbere en un automóvil que había prestado a la familia Machado el Capitán de la Aduana Francesa. Al bajarse del coche y cuando van a subirla al vagón de tren donde iban a pasar la noche,  en ese momento, fue cuando repetía, como ya lo había repetido muchas veces a sus hijos, en forma de pregunta, ¿llegaremos pronto a Sevilla?

En otra versión, Corpus Vargas dice que cuando tiene que atravesar a pie medio kilómetro aproximadamente, el tramo que separa el punto de la frontera española de la francesa, él la lleva en brazos y le pregunta al oído también, ¿llegaremos pronto a Sevilla? Pero en todo caso digamos que las variantes son poco significativas. El hecho es que ella pregunta eso, y a mí me hace pensar siempre que esa pregunta que Ana Ruiz Fernández formula desde esa especie de digamos lucidez de la demencia, coincide de alguna manera con ese último verso de Antonio Machado, ese verso que remite al patio y al cielo azul de Sevilla.  Estos días azules y este sol de la infancia. Hay una misma mirada en los dos. Cuando ya tienen puesto el pie en el estribo, hay una mirada retrospectiva hacia aquel paraíso perdido.

Evacuado de Madrid con el Gobierno hasta Valencia, los Machado recalaron luego en Barcelona, hasta que llegó el éxodo republicano. Entre la turbamulta fugitiva, Antonio Machado y su familia habían llegado en coche hasta Gerona, en una huida que comenzara casi una semana antes, el 22, a un mes de su muerte. Cuatro días después, una ambulancia les había acercado hasta la masía Max Feixat, cerca de Viladásens, muy cerca y muy lejos al mismo tiempo de la frontera. Tardaron dos días en llegar. Corpus Barga también les vio, a él, a su madre, o a José Machado, que viajaba con su esposa. Era el pintor, que siempre insistió en que sólo bajaron del auto para cruzar el breve tramo del puesto aduanero. Allí se acercaron Barga y los hermanos José y Joaquín Xirau, hasta la caseta donde despachaba el comisario de la Gendarmería francesa, que les prestó su propio coche para que pudieran llegar más cómodamente hasta Cerbére y desde allí hasta Colliure, que fue el morir.

«Suban, suban, por favor», les suplicó María poco antes, cuando les vio ganar a pie el tramo que les quedaba hasta el puesto fronterizo.

No –repuso Machado quizá más serio que nunca–. Quiero cruzar la frontera a pie, como todos los vencidos.

Así que María Zambrano no se lo pensó dos veces, bajó del auto y también atravesó la aduana junto a ellos, los herederos de una vieja horda de soñadores, vencidos por un país eternamente cainita. Un mundo más tarde, después de que ella volviese a España de vuelta de todos los exilios y camino del último destierro, su sobrina habría de preguntárselo: «¿Tuviste miedo aquella noche?».

-Dejábamos todo atrás, a parte de nuestra familia, nuestra casa, nuestras pertenencias. Pero el infierno hubiera sido quedarnos. Una vez que aprendemos a ser libres, ya no podemos volver a someternos.

Un mes más tarde, nos dejó Antonio Machado, que atravesó la postrera frontera de la vida. En sus bolsillos, encontraron sus últimos versos: «Estos días azules y este sol de la infancia». Por Colliure, en estos días, paseaba Ian Gibson, uno de los biógrafos del poeta, que evocaba al entonces joven ferroviario Jacques Baills, que llevaría a aquella familia fugitiva hasta la posada Bougnol Quintana, donde les prestaron calor, víveres y ropa, aunque los hermanos tenían que intercambiarse la única camisa para acudir cada uno por su lado a almorzar con el resto: «Aquel joven aprendía español y había leído poemas de Antonio Machado», evoca Gibson ahora, como una de tantas historias de aquellos días del destierro.

«Cerca de Colliure –evoca Gibson–, ella piensa que está llegando a la Sevilla de sus juventudes, ¿es terrible no? Y dicen que cuando murió Antonio, ella estaba en coma pero se despertó y vio que no estaba su hijo en la cama de al lado; así que le dijo el otro hermano José: «Mamá no te preocupes porque Antonio tiene gripe y le están curando en la clínica»; pero dice el otro hermano que no, que «mamá se enteró, cerró los ojos y murió unas horas después»; porque ella siempre había dicho que ella se moriría cuando se muriera su Antonio, porque Antonio por lo visto era el hijo preferido. Es terrible… La gente va al pequeño Camposanto de Colliure, al sur de Francia, hasta su tumba. Miles de personas cada año dejan sus recuerdos; incluso hay un buzón al lado de la tumba donde la gente pone cartas, poemas, dibujos… Y me han dicho en Colliure que llegan cartas del extranjero que ponen «D. Antonio Machado, cementerio de Colliure». La cosa más patética… y más hermosa ¿no?».

Ana Ruiz, la madre de Antonio

En un principio, Ana Ruiz y su hijo no fueron enterrados en la misma fosa, como descansan ahora.  A Antonio, que le precedió, le reservaron un lugar de honor, en un nicho del panteón de Madame Deboher, mientras su madre fue inhumada en una tumba municipal. A fin de cuentas, como insistió Corpus Vargas ante los gendarmes, era en España tan famoso como Paul Valery lo era en Francia. A su madre, la inhumaron en una fosa más humilde pero, al cabo del tiempo, les reunieron bajo una lápida compartida, que habitualmente se llena de flores y escarapelas tricolores. El buzón fue instalado allí en los años 70 y en la actualidad, desde la Universidad de Alcalá de Henares viene llevando a cabo una catalogación de dichos documentos y exvotos laicos, que incluyen dibujos, poemas, cartas propiamente dichas e impensables remembranzas y fetiches en torno a la vida y la obra del poeta o la huella que dejaron en sus remitentes.

Desde aquella pensión, ahora cerrada, José informó a sus hijas de la muerte de su madre y de su hermano. La carta se conserva entre los fondos que la Fundación Unicaja exhibe desde ayer en Sevilla, un espacio que quiere albergar de forma permanente la memoria de Antonio y de Manuel.

Por las vitrinas, cruzan las sombras del destierro y la de Ana Ruiz, la madre de los Machado, a la que Antonio Ramos dedicó hace años un capítulo de su serie “Andaluzas”, primero en televisión y luego en forma de libro, como “protagonistas a su pesar” de la historia de España. Ella era nieta de marinos pero hija de una confitera de Triana, la esposa del folklorista Antonio Machado Álvarez más conocido como “Demófilo”, hijo a su vez de un laureado científico y al que conoció un día en que asistían asombrados a la presencia de delfines en el Guadalquivir.

“De Ana Ruiz –añade el profesor Enrique Baltanás– se ha hablado poco. Yo creo que porque muchas veces reivindicamos a las mujeres que han sido científicas, o intelectuales o políticas, etcétera. Pero ella era una mujer sencilla; era una mujer, esposa y madre. No tenía otro mérito vamos a decir entre comillas, yo creo que sí tenía mérito lo que pasa que un mérito callado que no tenía relevancia pública pero que indudablemente fue muy importante en la vida de su marido y de sus hijos”.

El largo éxodo

¿Cómo llegaron hasta Francia? Antonio Machado fue evacuado desde Madrid a Valencia, como muchos otros intelectuales y personalidades de cierto relieve, ante el avance de las tropas fascistas sobre la llamada capital de la gloria. Sin embargo, su principal refugio durante la guerra sería la localidad de Rocafort, desde donde partió hacia Barcelona en 1938. Desde allí, inició su éxodo hacia la frontera francesa a finales de enero de 1939, cuando ya todo parecía definitivamente perdido para la causa republicana, toda vez que, tras la batalla del Ebro, no hubo posibilidad alguna de que la Francia de León Blum rearmase al ejército que defendía la legitimidad democrática de España.

El primer éxodo había tenido lugar desde Madrid, la capital de la gloria, hasta Valencia, aunque se alojaran en el municipio de Rocafort: “Él no se quería mover de Madrid con su madre, porque estaba muy anciana, pero le dice Rafael Alberti que hay que irse de Madrid porque las tropas nacionales están encima –ha resumido Daniel Pineda Novo-. Entonces lo evacuan, a través del Quinto Regimiento, con una gran cantidad de intelectuales. Doña Ana debió de sufrir mucho este terrible acontecimiento, viendo a su hijo envejecido, con ese gabán, con ese cigarro, que él liaba que se le caía la ceniza encima. Un hombre ya sin afeitar, un hombre que prácticamente que estaba por encima de la vida, que ya no tenía ilusiones. Había muerto su esposa, había tenido un desengaño amoroso con Pilar de Valderrama, a la que él llamaba Guiomar y además no triunfaba la causa republicana por la que él había apostado».

El día 24 de noviembre de 1936 tuvo lugar la evacuación de intelectuales a Valencia, dispuesta por el gobierno republicano. En esa diáspora, se encuentran también sus hermanos José, Francisco y Joaquín, junto con sus respectivas familias. Y, por supuesto, su madre. Antonio se alojará con ella en Villa Amparo, cerca de Rocafort, desde donde secunda la Alianza de Escritores Antifascistas cuyo congreso se celebrará en Valencia.

Leonor, la hija de José, recordaba aquel precipitado viaje familiar a bordo de dos autocares: «En el nuestro, en el que íbamos nosotros, se rompió la correa del ventilador y empezó a echar humo subiendo el puerto de Contreras. Y estuvimos allí en la carretera hasta que al final llegamos a Valencia a la 1 de la madrugada pero bueno, sin novedad. Un poco incómodo para los mayores; nosotros casi que lo pasábamos en grande. Eso nos servía como un pretexto para estar reunidas todas las primas y corretear por allí por la carretera».

 

El cerco se estrecha sobre la resistencia republicana y en 1938, deberán poner rumbo a Barcelona, a medida que el fascismo avanza sobre la vieja España cainita. En la capital de Catalunya, se alojan inicialmente en el hotel Majestic, pero el profesor Wenceslao Roces les cede Torre Castañer, una villa situada en el paseo de San Gervasi. Allí sería la última vez que Leonor Machado vería a su abuela y a su tío.

La investigadora Monique Alonso acepta que el largo camino entre Madrid y Barcelona resultó especialmente duro para la familia: «La primera etapa hacia Valencia fue tremenda pero al menos estaba toda la familia junta. Salió toda la familia menos Manuel. Estuvieron juntos en Valencia, estaban las sobrinas…  En Barcelona no estaban todos los hermanos juntos en Torre Castañer. Estaban José, su esposa Matea y Doña Ana y Don Antonio pero Joaquín y Francisco también estaban en Barcelona, en alojamientos distintos. Sin embargo, se veían e iban a Torre Castañer. O sea que estaba toda la familia junta. Fue difícil obviamente».

La escritora Antonina Rodrigo, que formó parte de la Fundación Machado, ha subrayado que al menos doce mujeres han logrado conservar la memoria de aquellos días. Leonor Machado, por ejemplo, sabe que a sus familiares de Torre Castañer fueron a buscarles en una ambulancia para la evacuación final de Barcelona: «Algunos de los que iban allí les dijeron, no se demoren, vámonos, vámonos, y creo que Antonio les dijo, ¿tienen prisa ustedes? Yo no. Él no tenía prisa por irse. Yo creo que predecía que eso era ya la muerte.  La madre ya muy delicada, y en unas condiciones impeorables, porque hay que ver lo que fue eso».

https://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/Antonio_Machado-80_aniversario-exilio_0_870713078.html

Antonio Machado, ochenta años atrás (2): tras la frontera

Segunda entrega de los últimos días de Antonio Machado relatados por Juan José Téllez

Juan José Téllez/ 23/02/2019 – 14:35h

El viaje hacia Francia lo realizan Antonio Machado y su familia en un vehículo enviado por el comisario general de Sanidad Militar, Gómez de Lara. Según diversos historiadores, al mismo subieron don Antonio, su madre, doña Ana Ruiz, su hermano José y la esposa de éste.

Entre la confusión que invadía las calles, la aviación enemiga volaba una y otra vez sobre Barcelona. Antonio tiene 64 años y su madre, 88. Pasan la frontera a pie y bajo la lluvia, junto al éxodo multitudinario de cuatrocientas mil personas que cruzan a Francia entre el 26 de enero y el 10 de febrero. Tarragona y el Llobregat ya han caído y la última sesión del Parlamento republicano se celebra en Figueras el día 1 de ese último mes. El día 29 de enero, Machado, que declina varios ofrecimientos de asilo incluyendo el de la Unión Soviética, se mantiene junto a su madre –muy apagada– y a su hermano José llegando al pueblecito de Colliure.

Al otro lado de la frontera, en dicho municipio pegado a la costa, Paul Combeau mantuvo la memoria de aquellas semanas previas a su muerte, bajo una lluvia intensa: «Huyendo de Barcelona, Antonio Machado y su familia, su madre, su hermano José y la familia de la esposa de José, Matea Monedero, pasaron la frontera el 27 de enero 1939 y no tenían nada con ellos. Han dejado su equipaje porque no se podía pasar con bultos, la carretera estaba colapsada de automóviles y mucha gente pasó a pie bajo la lluvia. Al cruzar, la policía le reconoció, sobre todo porque viajaban en compañía de un escritor que hablaba muy bien francés, Corpus Barga. Todas las dificultades se vencieron fácilmente y bajaron a la ciudad de Cerbere. Allí pasaron toda la noche en un vagón de tren y el 29 de enero marcharon a Perpignan. A la altura de Colliure llegaron a las cinco de la tarde y seguía lloviendo. Así que bajaron la carretera de la estación hacia una plaza y la madre decía ¿llegamos a Sevilla, llegamos a Sevilla?, porque perdía la cabeza ¿eh? Y se pararon delante de una boutique de vestidos que era atendida por la familia Figueras. Le pidieron si podían beber alguna cosa y la señora Juliette Figueres les ofreció una taza de café. En la estación, le preguntaron a un empleado por un hotel y le indicaron el Hotel Bougnol Quintana pero el río pasaba por delante del hotel y no se podía pasar a pie. Tuvieron que pedir un taxi para llegar. Entraron en el hotel y la señora Quintana les recibió muy bien y les brindó una habitación en el segundo piso para él y para toda su familia. Como no tenían nada para vestirse, la familia Figueres le ofrece vestidos para que pudiesen cambiar».

Las versiones difieren en la memoria de los diferentes testigos. O el río, o una riada. O que la calle estaba en obras, como desvela Monique Alonso, le hicieron aún más larga la ruta hacia la posada que todavía se conserva en la recoleta población de Colliure. Robert Figueres recuerda que sus padres tenían una tienda de ropa en la plaza del mercado de Colliure y que fueron quienes acogieron a la familia Machado nada más llegar a la estación, donde preguntó por un alojamiento a Jacques Baills, el jefe de estación que se convertiría con el tiempo en tesorero de la Fundación Antonio Machado. El historiador Jacques Issorel le conoció en Perpignan: «El 27 de enero de 1939 vio bajar del tren a cuatro personas vestidas de negro sin maletas ni nada», evoca. «Le preguntaron a Baills si conocía alguna pensión y les aconsejó el Hotel Bougnol Quintana, el mismo en el que se alojaba porque Baills era de Perpignan y Colliure constituía un destino provisional».

Junto con Baills, la propietaria de la mercería, Juliette Figueres, su marido y Pauline Quintana, la propietaria del hotel, intentaron amparar a los recién llegados.

«Fue el empleado de la estación de Collioure, , quien dirigió a la familia Machado a mis padres –confirmó siempre Robert Figueres- ya que sabía que mi madre era de origen español, que nació en Palamós, y que mis padres acogían a muchos refugiados españoles para darles de beber y comer, y fue así como la familia Machado llegó a casa de mis padres en Colliure».

«¿Por qué no bajan todos a comer? Porque no tenemos ropa de recambio»

En Colliure, todavía se guarda memoria de la estancia del poeta y de su madre. Tras las puertas del hotel cerrado, deben conservarse aún las habitaciones que les albergaron. El hotel Bougnol-Quintana era un alojamiento barato que, sin embargo, en el pasado había recibido visitas ilustres, sobre todo de pintores fauvistas como Henri Matisse. Madame Quintana, la dueña del establecimiento que simpatizaba con la República, preguntó una vez a José Machado por qué no bajaban todos los miembros de la familia juntos a la hora de comer. Y le respondieron: “Porque no tenemos ropa de recambio. El día que uno de los dos lava la camisa, espera a que el otro acabe la comida y suba para bajar a su vez».

«Hay que decir que en la época, el Gobierno francés pensaba que entrarían 25.000 republicanos españoles por día –justifica Robert Figueres a propósito del mal trato generalizado que la democrática Francia dispensó a los refugiados españoles-; ahora bien, entraron diez veces más, 250.000 españoles al día y, cómo diría yo, las autoridades francesas se vieron desbordadas por estos hechos. Yo he oído a muchos españoles quejarse de la recepción de las autoridades francesas, diciendo que fueron mal recibidos, pero yo creo también que hay que relativizar todo eso porque en Colliure hubo mucha gente que ayudó a los españoles que llegaban, pero ocurrió así en todo el departamento, ya sea Pertus, en cuyo fuerte de Belle-Garde fueron acogidos hasta 2.000 súbditos españoles (…). Quedan muchos republicanos españoles que entraron en este país a partir de ese momento y que se han quedado en Francia, han vivido en Francia, sus hijos se han casado en Francia, han tenido una vida extraordinaria, porque hay que decir que los españoles eran gente seria, trabajadora, y rehicieron su vida en Francia».

La estancia de la familia Machado, en cualquier caso, sería dramáticamente breve en Colliure. El poeta declina diversos ofrecimientos de asilo, como el que le brinda la Unión Soviética, y pretende llegar a París en cuanto se reponga. No saldrá de allí. El día 18 de febrero se agrava su estado de salud y muere el 22. Tres días más tarde, le seguirá su madre en la nave que nunca ha de tornar.

«La madre de Machado murió algunos días después que Antonio –recuenta Figueres–; a continuación, el hermano de Machado y su hermana se fueron al Este a una residencia; y después, antes de la declaración de guerra del 39-45, escribieron a mi padre diciendo que partían para Chile y después de eso no supimos nada».

La tricolor sobre don Antonio

El poeta –como ya quedó dicho- fue enterrado en una tumba y su madre en un nicho más humilde. Al entierro del poeta acudió el alcalde, ya que le dijeron que era un poeta famoso. Le acompañaba el consejo municipal, la familia Figueres y otras personas que les habían  tratado. En realidad, según subraya Robert, ninguno tenía conciencia exacta de quién era aquel poeta: «Nadie conocía a Machado, lo descubrieron después. Fue su hermano quien dijo a mis padres que se trataba de una familia de intelectuales, pero el más conocido era Antonio, que era profesor y al mismo tiempo autor de varios libros».

Al relatar aquellos días, ante un equipo de Canal Sur, Leonor reparaba en que su abuela nunca supo que su hijo Antonio hubiera muerto: «¿Cómo estaría ya de acabada porque vamos, no se dio cuenta de que pasaron al hijo delante de ella muerto? Y preguntó porque vio la cama vacía. Y dijo, ¿Y Antonio?, Bueno mamá –le respondió José– es que estaba un poco mal y se lo han llevado al hospital. Y creo que dijo, qué horror. No dijo más».

Así lo refiere José Machado en su libro Las últimas soledades, donde apunta que ese fue prácticamente el último instante en que se vieron «los ojos bellos y azules» de su madre: «El momento de su muerte fue esperado, en realidad, estaban sus amigos allí –asegura Monique Alonso-. En un momento me dijeron que habían pensado cambiarlo de habitación porque estaba Doña Ana allí pero, en fin, como ella no se enteraba de nada pues lo dejaron allí. Se apagó, se apagó. Fue una muerte entre comillas dulce, se apagó sencillamente una tarde y ya está.  Se esperaba, porque el médico había ido a la víspera y había dicho que ya no habría para mucho.  Fueron ni más ni menos que sus problemas pulmonares que se complicaron y creo una falta de ganas de luchar también. Eso a lo mejor me lo invento pero intento ponerme en la situación, en el contexto de aquel momento en el que uno ya lucha mucho, mucho, mucho, son ya tres años de lucha y claro llega un momento en el que dices «hasta aquí hemos llegado».

Alonso confirma que al féretro de Machado le colocaron una bandera republicana encima del ataúd. Salieron soldados republicanos que estaban en el castillo de Collioure, que en aquel momento era un campo de castigo, y llevaron a hombros a don Antonio, cuyo ataúd dio una vuelta por el pueblo hasta el Ayuntamiento, que por entonces estaba cerca del mar, y luego volvieron por el puente hasta el cementerio. 

¿Quiénes eran aquellos soldados que rindieron ese último tributo a Antonio Machado? Los intenta identificar Miguel Martínez: «Los refugiados que consideraban más peligrosos, los comunistas, los anarquistas, en vez de llevarlos al campo de Argeles sur Mer los metieron en la cárcel aquí y entre estos refugiados, cuando se enteraron de que Machado había muerto, pues pidieron permiso para enterrarlo, y les concedieron el permiso y entonces hubo doce soldados que se revistieron del uniforme de la República y llevaron su féretro en andas hasta el cementerio».

El poeta quería un entierro civil y lo tuvo. El de su madre también fue así: «Durante mucho tiempo, estuvieron enterrados en dos nichos prestados por una amiga de la señora Quintana, que los tenía vacíos, que prestó el de don Antonio sin pensar que luego tenía que prestar uno también para la madre.  En estos nichos nunca ha estado la inscripción ni de Don Antonio ni de Doña Ana porque eran provisionales y fue en el 58 cuando se hizo la tumba actual en la que reposan los dos», comenta Monique Alonso. Fue Jean Cocteau quien dijo: «Un poeta español está esperando todavía su tumba». En la colecta para brindarles una sepultura digna, participaron autores de la talla de André Malraux o de Albert Camus.

¿Vendrá Machado?

«Quizás el final de todo esto lo dice de una manera muy sencilla –apunta el profesor Manuel Ángel Vázquez Medel-, la sencilla lápida de esa tumba en el cementerio de Colliure que es casi un lugar de peregrinación para tanta gente fiel al espíritu liberal, al espíritu jacobino, al espíritu republicano de un Antonio Machado que fue un gran referente ético y estético para los españoles que tenían la esperanza de recobrar un país democrático, un país libre y un país culto como quería Antonio Machado. Recordemos que esa sencilla lápida pone Antonio Machado, 26 de julio de 1875, 22 de febrero de 1939. Ana Ruiz, madre del poeta, 4 de febrero de 1854, 25 de febrero de 1939. Ese es el epitafio de un hijo y de una madre, unidos en el inicio, y unidos también en la muerte».

Hasta el pequeño camposanto de Colliure, han viajado poetas, escritores, responsables públicos y abanderados de la eterna República española. Pasados los años, hubo intención de rescatar los restos de Ana y de su hijo Antonio para trasladarlos a España. Aún hoy existen voces que los reclaman para Madrid o para Andalucía, por más que otros se opongan rotundamente a ello. Ni siquiera dentro de la familia hay una opinión unánime al respecto. Entre los creadores de opinión, abundan quienes piensan que Antonio Machado está donde debe, como un símbolo de muchos otros que también murieron en el exilio.

Ian Gibson, en cualquier caso, recuerda que la familia nunca aceptó dichas propuestas de traslado: «Yo creo que no sería correcto. No deberíamos olvidar que los franceses lo cuidaron en Colliure, recibieron cariño, llegaron sin nada, sin dinero y sin camisa, les dieron cama, camisa, comida y hablaron con ellos y tuvieron un poco de calor humano, lo cual no fue el caso del Gobierno francés de entonces que trató muy mal a todos los refugiados».

https://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/Antonio_Machado-80_aniversario_de_su_muerte-cultura-Andalucia_0_870713244.html