Antonio Jiménez Cubero: “Cuando a las vencidas había que matarlas de hambre”

La represión de género en Cazalla de la Sierra (Sevilla) es ejemplo de la magnitud de la violencia ejercida por el régimen franquista hacia las mujeres republicanas. Cubero lo detalla en su último libro.
Foto: Documento del Sindicato de Empleadas del Servicio Doméstico afecto a la CNT (SESD-CNT). Fuente: Foto del Archivo Municipal de Cazalla de la Sierra.

Casi un millar de víctimas dejó la represión del golpe de estado franquista en Cazalla de la Sierra. De ellas, más de medio centenar corresponde a mujeres vejadas, rapadas, fusiladas… Un dato escalofriante que pone de manifiesto la magnitud de la represión de género en un solo pueblo de la Sierra Norte de Sevilla. Antonio Jiménez Cubero ha profundizado en la herida oculta de una represión silenciada: “Si en 2010 recopilé datos de un centenar de mujeres represaliadas desde el golpe de estado, la cifra se triplicaba cuando accedí recientemente a los archivos locales con historias espeluznantes”, relata a El Salto.

En Cazalla muchas mujeres estaban organizadas en el Sindicato de Mujeres del Hogar

Su investigación, titulada “Crónica local de la Infamia” hace justicia al título. “Cazalla, junto a Constantina y Guadalcanal fue uno de los pueblos de la comarca de la Sierra Morena sevillana donde la represión de la mujer tuvo mayor impacto”. Querían dar un golpe de efecto: “Tras la llegada de la II República, las mujeres protagonizaron todos los ámbitos de su vida, tanto en lo personal como en lo laboral, algo que tuvo mucho que ver con la saña de los verdugos franquistas, llegado el momento de la represión”. En Cazalla, además, muchas estaban organizadas en el Sindicato de Mujeres del Hogar. Allí aprendían “a leer, a echar cuentas y a escribir para que los patronos no las engañasen”.

“La huelga de las trabajadoras de varios gremios en el verano de 1936, agitaría mucho las tintas”. Pedían mejoras salariales, dejar de vivir esclavizadas en horario, sueldo, descansar un día a la semana. Muchas de aquellas jóvenes y mayores sufrieron la venganza a finales de aquel primer verano de guerra.

Prohibido a las mozas dormir en casa del patrón

Es curiosa la lectura de la carta de reivindicaciones del sindicato, en la que exigían medidas como prohibir que “las sirvientas se quedaran por la noche a dormir en casa de los patronos”. De los 134 señoritos que fueron convocados para la huelga, solo acudieron dos a la protesta: “Nada volvería a ser lo mismo después de aquella huelga”. El cierre del sindicato llevó a la incautación de las fichas de 99 afiliadas: “El libro de registros sirvió para castigar a más del 90% de aquellas mujeres, identificadas con sus nombres y apellidos”, señala Cubero.

Carmen Benítez, apodada La Manchá y sus dos hijas Dolores y Antonia fueron algunas de aquellas mujeres valientes vinculadas al sindicato. Un consejo de guerra las condenó en 1941 a doce años de cárcel. El motivo, ”un batiburrillo de cargos que iba desde el auxilio a la rebelión a su carácter revolucionario, pasando por la violencia y demás perversidades“, rezaba en el informe. No hubo piedad tampoco para Josefa Pérez Rico, una de las principales impulsoras de la huelga del sindicato. Josefa fue fusilada por venganza, probablemente junto a su marido, en agosto de 1.936, tan solo dos meses después de aquella manifestación.

Los testimonios que Cubero ha recopilado durante décadas hablan de mujeres muy jóvenes, como Isabel Acevedo León, que apenas hacía unos meses había cumplido los diecinueve años: “Trabajaba de niñera en casa del alcalde republicano Manuel Martín de la Portilla, quien le recomendó huir con él y los suyos”. Isabel quiso buscar a sus hermanos en aquellos días de incertidumbre y se topó “con una columna”. No dudaron en pelarla y pasearla por el pueblo. Acabó en pocas horas asesinada y arrojada a la fosa común.

Pura Sánchez: “No trataron nunca de aniquilarlas a todas, sino de infligirles castigos ejemplares”

Pura Sánchez es otra de las investigadoras dedicadas al estudio de la represión sobre las mujeres. Y cuenta a El Salto cómo los represores “no trataron nunca de aniquilarlas, de terminar con todas, sino de infligirles castigos ejemplares, tanto por su crueldad como por la selección de las víctimas”. El concepto de represión silenciada y la necesidad de supervivencia de todas ellas hacía que el régimen tuviera claro que a “esas vencidas había que matarlas de hambre”, sentencia Sánchez.

Rafaela Martín Pozo fue fusilada a los 64 años, también durante aquel verano caliente, el 20 de agosto de 1936. Cubero señala que se trata de “un ejemplo de asesinato por ser familia de”. El informe de la jefatura local de Falange de Cazalla, cuatro años después, señala que “se desconoce la actuación que tuvo durante el Movimiento, aunque por ser familiar de personas de extrema actuación (…) fue detenida y sancionada.” En el Registro Civil de Cazalla consta su fallecimiento cinco años después como “fallecida en choque con la Fuerza Pública”.

¿Cómo se llega a todas estas historias después de ochenta años de silencio?” Jiménez Cubero argumenta que los testimonios orales de aquellas ancianas que sí sobrevivieron al régimen pudieron aportar algo de luz a toda esta historia local. Y a día de hoy, ¿qué parte de población lo recuerda? “Hay una parte de la población que sí es consciente de lo que pasó, pero otra parte significativa de la misma no, fundamentalmente debido a la falta de compromiso con la verdad de las autoridades educativas de la llamada Transición, que hicieron todo lo posible por ocultar a las nuevas generaciones criadas en esta supuesta democracia los horrendos crímenes y violencias de la dictadura franquista”.

Cubero expone también otras historias que dejan sin habla, como es el caso investigado por el historiador José María García Márquez, de una mujer de Cazalla a quien apodaban ‘La Trunfa’: “Después de ser detenida por una de las patrullas mixtas de guardias civiles y falangistas en el otoño de 1.936 le dieron una paliza y, sin dejar de maltratarla, la introdujeron en un cuarto del cortijo; las fuerzas locales la intimidaron tendiéndola en el suelo, obligándola a remangarse y exhibir sus partes genitales”. Esta violencia corporal pretendía degradar su integridad como mujeres hasta el extremo.

Los casos no se quedan ahí. Hubo más mucho más, una vez finalizada la guerra, para todas aquellas mujeres que se atrevían a volver a Cazalla: “Familias enteras de mujeres fueron acusadas por venganza y el chivatazo de muchos vecinos.

Cubero: ”No se puede saber la magnitud exacta de aquel terror»

La familia González Delgado vivió la detención de seis hermanas frente a Juez Militar, sin dejar ni a la más pequeña, Daniela González que tenía solo trece años. Un mes después de la detención, el Juzgado Militar nº 62 les abrió Auto de Procesamiento –Causa 9377/39- por “auxilio a la rebelión”. Todas las hermanas permanecieron en prisión desde agosto de 1941 hasta bien entrado el año. Luego fueron absueltas, aunque la huella de aquellos días quedó en la memoria de todas ellas.

Cubero señala que, en más de una década de investigación local, el conocimiento de los casos de violencia sistemática hacia la mujer se iba multiplicando con el hallazgo de expedientes, de Consejos de Guerra en los archivos. “No se puede saber la magnitud exacta de aquel terror”, sentencia a El Salto. Sin embargo, los testimonios orales han rescatado del olvido muchos de aquellos casos silenciados. La voz de algunas supervivientes, como las maestras Carmelina Tirado Pérez y Rosario González Espino han dado una “muestra de los horrores que vivieron aquellas mujeres republicanas en Cazalla” que nunca pudieron contar su historia.

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