El Año de la Victoria

Índice

A manera de prólogo
I. El Campo de los Almendros
II. Semana de Pasión
III. Con el estómago vacío
IV. Incertidumbres, alarmas y temores
V. Albatera
VI. Hambre, sed, lluvia y piojos
VII. El ansia de vivir
VIII. Sermones y fusilamientos
IX. La expedición de los 101

Victoria y derrota son las dos caras opuestas y complementarias de una misma moneda sangrienta y dramática: la guerra. Hermanas siamesas, mueren al separarse porque no puede existir victoria sin derrota ni viceversa. El triunfo de un hombre, de una idea, de una nación o un imperio implica necesariamente que otro hombre, otra idea, otra nación u otro imperio diferentes hayan sido vencidos. Es una realidad que olvidamos con excesiva frecuencia, probablemente para poder celebrar el éxito con los vencedores sin tener que llorar el fracaso con los vencidos. Más frecuente aún es olvidar que las dos caras contradictorias de la medalla están separadas únicamente por el grosor de ésta. O, como solía decirse con expresión popular en España, cuando circulaban todavía las monedas de plata, «por el canto de un duro».

Aunque los dos bandos o naciones en pugna crean honradamente tener razones válidas para combatir e incluso cuando ambos las tengan; pese a que unos y otros luchen con igual decisión y gracias a su parejo heroísmo la contienda permanezca indecisa durante meses y años, la suerte de la pelea se inclina fatalmente a favor de uno de ellos. Puede ser -y muchas veces lo es- de aquel que mejor sirve a los intereses de su patria y a la justicia histórica; también del que tiene más hombres o dispone de mejor armamento. En casos extremos, del que logra mantenerse en pie un minuto más que su oponente. Pero aun estando tan equilibrada la lucha, cuando ésta llega a su inevitable final, difiere radicalmente la suerte de vencedores y vencidos.

Automáticamente el triunfador, por el simple hecho de serlo, se convierte en poseedor íntegro de la verdad y dispensador exclusivo de la justicia. Impone unilateralmente sus condiciones y la parte derrotada paga o muere; a veces, las dos cosas al mismo tiempo. Con claridad meridiana lo dijo hace veintitrés siglos el galo Breno al triunfar sobre Roma: «¡Vae victis!». El «ay de los vencidos» no ha dejado de resonar un minuto a través de la historia, aunque nadie se haya preocupado mucho por sus lamentos. O se han preocupado con tanto retraso, que cuando lo hicieron ya estaban muertos y enterrados todos los vencidos.

Sabido es que la historia la escriben siempre los vencedores. Quizá deba ser así cuando así es, ya que todos los hechos inmutables tienen una razón lógica, la conozcamos o no. En caso contrario -de no escribir ellos mismos la historia de su triunfo- su victoria pecaría de incompleta, fragmentaria y parcial. (No en el sentido de partidista -que siempre se lo parecerá a alguno de los lectores-, sino en el de total.) A la larga, muy a la larga, podrán hablar y escribir los derrotados. Será siempre cuando la victoria haya dado todos sus frutos y los elogios para el vencido -si caben elogios para quien midió tan mal sus fuerzas que lo perdió todo en un solo envite- no puedan oscurecer las luminarias que celebraron el éxito. No será malo recordar aquí y ahora que la difusión multitudinaria de «Lo que el viento se llevó» llega setenta años después de la victoria del Norte contra el Sur en Estados Unidos, del triunfo de Lincoln y Grant sobre Davies y Lee. Catorce Zustros después se puede cantar sin inconveniente alguno el espíritu caballeresco y romántico de los propietarios de esclavos como ejemplos arquetípicos de un pasado muerto sin posible resurrección.

Pero hemos aludido a la guerra de secesión estadounidense y bueno será recordar que fue la más cruel y sangrienta de las luchas conocidas hasta entonces por la humanidad, sólo superada más tarde por las grandes contiendas mundiales gracias a que la civilización y la ciencia proporcionaron a los hombres tan eficaces métodos de destrucción como los bombardeos con napalm o los ingenios nucleares. Tan costosa en vidas humanas fue aquella pelea librada hace ya más de un siglo, que generalmente se calcula en medio millón los muertos que ocasionó. La simple mención de esa cifra trae inevitablemente a la memoria de los españoles otra de igual significación que la dobla exactamente. Aunque con toda seguridad uno y otro número han sido un tanto exagerados por la propensión general a buscar la máxima expresividad de las cifras redondas, bastan para probarnos de nuevo una verdad tan antigua que para muchos se ha convertido en simple tópico sin ningún contenido intrínseco: que si todas las guerras son temibles, ninguna supera en dolorosa angustia a las de carácter civil. No sólo por su mayor crueldad, sino porque la nación dividida pierde con los dos bandos en pugna. Hasta hace poco tiempo, en efecto, la nación vencedora en una lucha internacional se cobraba en los despojos de la vencida; en las peleas civiles, al ser hermanos todos los contendientes, las facturas recaen sobre la propia familia desgarrada entre vencedores y vencidos.

Las páginas que siguen cuentan una historia triste y real por partes iguales. Pretenden reflejar exactamente la cara de la moneda de la guerra que generalmente que da envuelta en tinieblas: la de la derrota, opuesta y necesariamente complementaria de la brillante y alegre de la victoria. Memorias escritas hace largo tiempo en un lugar donde, según feliz expresión cervantina, «toda incomodidad tiene su asiento», dicen lo que fue «El Año de la Victoria» para aquellos a quienes la fortuna volvió la espalda. Pretende publicarse cuando todo lo que aquí se narra pertenece ya a la historia de una época tan remota que no había nacido aún el setenta por ciento de los españoles actuales.

Plumas brillantes e historiadores documentados han contado hace lustros todo lo jubilosa que fue la primavera de 1939 para un país que emergía de la angustiosa pesadilla de una guerra civil. Nada más lejos de mi ánimo que poner en duda ninguna de sus apreciaciones. Humildemente quiero recoger aquí los sufrimientos de cuantos en aquella época, por figurar entre los vencidos, no pudimos compartir la general alegría de la terminación de la contienda. En cierto modo y manera, es completar el cuadro trazado por ellos, añadiéndole profundidad y perspectiva con algunas sombras que le sirven de oportuno y necesario contraste.

El Año de la Victoria» no es un canto de triunfo; no podía serlo al reflejar la suerte y destino de quienes cargaron con las culpas de la derrota y con sus inevitables consecuencias. Aun siendo dramáticas para los que hubieron de vivir experiencias que nada podían tener de placenteras, justo es consignar que distan mucho de la barbarie inhumana que ha acompañado a otras contiendas más recientes, cuyo horror está vivo y fresco en la conciencia universal. Como es natural, dados los treinta y cinco años transcurridos de los hechos que se narran, ha muerto la inmensa mayoría de los personajes que aparecen en estas memorias, escritas -repitámoslo de nuevo- hace ya mucho tiempo. Sin embargo, algunos no hemos muerto y contamos sencillamente lo que vimos y vivimos. No por una innecesaria justificación personal ni menos aún por satisfacer una vanidad literaria inexistente, sino como un alegato más contra la violencia y la crueldad, esencialmente contra la guerra civil, compendio y suma de todas las iniquidades imaginables.

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