Volver sobre la Inmaculada Transición. El mito de una transición pacífica en España

Volver sobre la Inmaculada Transición. El mito de una transición pacífica en España

Baby, Sophie

Université de Bourgogne

La Transición a la democracia ocupa una plaza privilegiada en el imaginario ibérico. Alabada en el mundo como ejemplar hasta servir de modelo para los demás países en vía de democratización en los años 1980, la Transición española se ha convertido en la península en un mito político tanto como histórico (de ahí la mayúscula)1 . Mito fundador de la actual democracia, es objeto de elogios enfáticos recurrentes por parte de los gobernantes, por ejemplo con ocasión de cada aniversario de la Constitución, su más emblemático símbolo. Por lo tanto, para pretender ofrecer nuevos enfoques a la comprensión del período, hay que tomar distancias con respecto a tal paradigma modélico. Sin embargo, los discursos críticos tampoco falta en el panorama político-social de estos últimos años. Al contrario, se han multiplicado a favor del movimiento de recuperación de la memoria histórica que pone en tela de juicio el modelo de reconciliación impuesto en los años 1970. Se ha puesto de moda criticar todo lo que proviene de la transición, perseguir sus fallos y sus huellas hasta interpretar cada deficiencia del sistema democrático de hoy como una herencia de los errores de entonces.

Sin caer en ninguno de estos excesos y más allá de las polémicas apasionadas que oscurecen la reflexión, otro camino es posible. El camino que pretendemos seguir aquí es el del historiador, que desconfía de los lugares comunes y vuelve a las dinámicas propias del período, buscando las lógicas internas de los acontecimientos y las motivaciones que originaron algunas decisiones en vez de proceder a juicios precipitados y a veces, sin fundamentos. Siguiendo estos preceptos, el presente artículo acomete contra una sola característica del mito transicional, pero una característica tenaz: la de una transición pacífica. Proceso exitoso, espejo positivo de la tragedia de la Guerra Civil, la transición española, «inmaculada» según el comentario famoso de José Vidal-Beneyto2 , no habría derramado sangre. O tan poca que no merece ser mencionada. Cuando empecé, en el año 2000, a investigar sobre la violencia política ocurrida en ese período muchos me miraron con recelo objetándome: «¿Violencia en la transición? Pero no hubo» o a lo mejor, «cierto, hubo alguna, pero tan poco que no tuvo ninguna incidencia en el proceso de transición que, al fin y al cabo, fue un éxito». Por lo tanto el hecho violento, tenido por marginal, quedó relegado al olvido hasta resurgir con fuerza hace poco en la boca de las «víctimas de la transición», las cuales, siguiendo el movimiento impulsado por las víctimas de la Guerra civil y del franquismo, empezaron a pedir justicia. De hecho, los libros académicos sobre la transición dejan poco espacio a la violencia y, cuando sí hablan de violencia, está restringida a sus vertientes militar y etarra. Tal ausencia propició la eclosión de una bibliografía partidaria y polémica, pronta para emitir juicios en contra de los verdugos de la transición. Lejos de tal propósito, este artículo plantea hablar de violencia de manera «clínica»3 y desapasionada.

En primer lugar, se trata de demostrar que la llegada de la democracia no se hizo sin un recurso a la violencia en el marco de la lucha política que amenazó y condicionó su desarrollo. Tal amplio fue el auge de la violencia que podemos concluir la existencia de un ciclo de violencias propio al período de la transición. Lejos de ser marginal –y será el objeto de la segunda parte del artículo– la violencia tuvo un impacto político y social profundo. Por lo tanto, tachar la Transición de pacífica no significa que estuvo exenta de violencias. ¿Entonces, y es lo que trataremos de entender en un último lugar, qué significa la pregnancia de tal calificativo? ¿Por qué se sigue difundiendo la imagen de una Transición «inmaculada» aunque sabemos que no lo fue?

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Viernes, 16 Julio, 2021