Eva Redondo, directora de ‘Homenaje a Billy el Niño’: «El torturador seguirá vivo hasta que no reparemos a sus víctimas»

La directora de la obra atiende a ‘Público’ para desentrañar los entresijos de Antonio González Pacheco, ahora llevados a escena, y la impunidad que le escudó hasta su muerte en 2020.

Una hora y quince minutos. En ese tiempo, Eva Redondo ha podido condensar años y años de torturas infringidas por un agente de la ley franquista que continuaron tras la muerte del dictador. La historia de un muerto demasiado vivo, condecorado con la medalla de plata al mérito policial en 1977 y otras tantas que bien le procuraron sobresueldos por sus servicios prestados durante los últimos años del régimen y los primeros de la democracia. En Homenaje a Billy el Niño, la dramaturga relata, con el respeto que siempre les han negado desde el Estado, las torturas que decenas de jóvenes sufrieron en la Dirección General de Seguridad (DGS).

En ese espacio de debate parecido a La Clave que logra escenificar en el madrileño Teatro del Barrio, entre imágenes de Arias Navarro, la familia real, Adolfo Suárez, el 23-F, Felipe González y la matanza de Vitoria, Redondo consigue lo que nunca antes: todos aquellos que legitimaron la actuación de Martín Villa, y por ende la de Billy el Niño, observan los rostros de los torturados. Aquí está el homenaje que González Pacheco nunca tuvo, el único que se mereció.

Los homenajes a los muertos no suelen ser de estas características. ¿Billy el Niño sigue vivo?

González Pacheco murió de covid, pero en la memoria, especialmente de aquellas personas a las que torturó, siempre estará vivo. Nadie les ha reparado ese daño y siempre será una especie de pesadilla recurrente en sus cabezas. Además, le premiaron por sus servicios prestados. Durante la dictadura se condecoró a las personas por méritos relacionados con las torturas. El torturador seguirá vivo hasta que no reparemos el daño causado a sus víctimas.

En el guion, escrito por Ruth Sánchez y Jessica Belda, ese mantra del «no me acuerdo de nada» también se repite en las declaraciones de los torturados, quizá como una especie de ironía. Desde luego, decir que no recuerda lo que ocurrió en su caso es un acto de provocación. Esas palabras proceden de alguien que se siente impune, una actitud que desde su privilegio puede decir lo que quiera porque tiene la certeza de que nada tendrá consecuencias, que la querella no seguirá adelante por la Ley de Amnistía que le protege.

La figura de Enrique Ruano, claro, sobrevuela la escena. También los nombres propios de Paco Lobatón y Lidia Falcón como un par de los centenares de jóvenes que sufrieron torturas en la DGS. Falcón fue detenida en siete ocasiones y en ninguna de ellas pasó desapercibida su condición de mujer. ¿Qué hacían con las mujeres que no hacían con sus compañeros?

Utilizaban un lenguaje específico para ellas. Se referían constantemente a su físico, diciéndoles los guapas o feas que eran. «Siendo así cómo crees que te van a querer», por ejemplo. También, durante las torturas, se ensañaban con su aparato reproductor como para quererles provocar daños irreversibles, para dañar su capacidad reproductiva. Hay un sesgo de género muy claro.

Billy, en la obra, admite: «Seguimos siendo la Policía del futuro». Él se refiere a los primeros años tras la muerte de Franco, ¿pero hasta cuándo se alargan? ¿Existió algún tipo de depuración de las Fuerzas de Seguridad del Estado con la llegada de la democracia?

No te sabría decir hasta cuándo se alarga esa época. Sobre la depuración, durante el Gobierno de Zapatero se intentó que Billy el Niño no recibiera una medalla, pero recurrieron y al final terminaron poniéndosela. La impunidad sigue hasta hoy, hasta el momento que ese señor ha muerto con sus condecoraciones y los sobresueldos que implicaban vigentes.

Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación, también salta a escena. González Pacheco está empeñado en entrevistarse con el presidente de entonces, Suárez, pero el ministro de pasado franquista le para los pies. ¿Cuál era exactamente la correa de transmisión entre la política de despacho y la política de tortura?

Parece que recientemente Martín Villa ha reconocido que se le fue un poco la mano durante las cargas policiales que se realizaron en Pamplona y Vitoria. Sí que creo que, desde los despachos, de alguna forma uno tiene una información privilegiada, así que simplemente se puede actuar desde el silencio, lo que no deja de ser algo cómplice y violento. Si yo soy consciente de que alguien está sufriendo porque otra persona ejerce un poder injusto en ella, y me lo callo, soy cómplice al no tratar de depurarlo ni poner en funcionamiento toda la maquinaria del Estado para intentar que eso se condene y no vuelva a ocurrir.

Llega un momento en el que Martín Villa afirma que están dejando a España limpia y refulgente. «Unos a base de esfuerzos», dice el ministro, «otros a base de hostias», agrega González Pacheco. En otra ocasión, el político pregunta:  «Te parece lo mismo organizar un país que dar cuatros hostias?». Y la pregunta es: ¿Todos eran necesarios durante la Transición pero las torturas eran contingentes?

Yo creo que nada de lo que ocurrió fue necesario durante la Transición. Sí hubiera sido necesario en una democracia cimentada sobre una reconciliación real, y no simplemente un pasar página, como si nada, sin juzgar a nadie, y todos tan felices. Mi opinión es que ha sido una Transición totalmente continuista con el régimen franquista. Nada de todo aquello hubiera sido necesario si realmente se hubiera trabajado por la paz, aunque parece que en España ese nunca ha sido el fin.

A lo largo de la obra se detallan las torturas, como un esfuerzo por parte de la víctima hacia el recuerdo frente a la imperdonable desmemoria. El dolor, el cuerpo, siempre como chantaje, escenificado en ese manual de tortura que enseña la escenografía. ¿Qué técnicas de tortura le han sorprendido más durante la fase de documentación de la obra?

Me han sorprendido varias cosas, que además desconocía. Primero, la idea que yo tenía: te detienen, te torturas y te vas a tu casa. Yo no sabía que eran retenidos incluso durante meses sin saber cuándo podrían volver a por ti, volver a torturarte, ni tampoco saber si saldrías vivo de la Dirección General de Seguridad. Esa angustia es inenarrable, inhumana y sádica, sobre todo cuando simulaban ejecuciones.

También me sorprendió que hubiera un médico midiendo las constantes vitales para saber hasta qué punto podían seguir torturando a una persona.

Utilizaban guías de teléfono para golpear a los detenidos y les hacían la bañera: meterles la cabeza en aguas sucias, fecales, hasta casi el ahogamiento. Luego estaba la técnica de los colgamientos, algo muy estudiado. Colgaban a los antifranquistas por las rodillas, desnudos, dejando al descubierto los genitales y las plantas de los pies. Ahí los golpes son muy dolorosos y tampoco son tan visibles después, además de que tras ellos la persona apenas podía caminar.

Para golpear utilizaban vergajos y porras. Billy el Niño parecía ser un flipado del karate, así que solía golpear con ese estilo. Otras torturas que me han sorprendido han sido las que recogen algunos testimonios que relatan cómo les apagaban cigarrillos en la cabeza y por todo el cuerpo.

Me emociona y conmueve la fortaleza de una persona que ha sufrido todo eso durante meses, como Chato Galante, y que al salir vuelva a organizarse de forma clandestina por la subida del precio del transporte. Una cosa es que sepas lo que te puede pasar y otra que lo hayas vivido, y a pesar de ello seguía poniendo en riesgo su salud física y emocional para volver a la lucha.

La testosterona es una constante en la forma de hacer y pensar por parte de los torturadores. ¿Cuánto hay de hombría en todo esto?

Esto es una sensación nuestra, y además hay estudios al respecto, de que la masculinidad peor entendida siempre se pone más en riesgo cuando los hombres están en grupo. Entendiendo la masculinidad como el patriarcado más violento, de alguna forma al estar en grupo ven en riesgo su hombría y recurren a la violencia y agresividad para quitar cualquier duda a sus compañeros.

A nosotras nadie nos discute que seamos mujeres, pero el ser hombre está continuamente en entredicho y tienes que demostrar que lo eres. En el caso de las torturas había en juego mucho de esta masculinidad. Era una forma de decir, entre ellos, que es más macho el que pega más fuerte, y de ahí que en la obra se haga referencia explícita a los penes como símbolo del patriarcado más sádico.

«Cambiarán los ministerios, los ministros, el rey, pero tú te quedarás», le dice Martín Villa a González Pacheco. Tenía razón, se quedó y murió en el medallero de la impunidad. ¿Por qué siempre la justicia parece llegar tarde en estos casos?

Me encantaría saber responderte a esto. Yo lo único que siento ante la pregunta es una gran impotencia y una gran sensación de injusticia.

Al final, todas aquellas personalidades, entre políticos de entonces y de ahora con supuestas diferencias ideológicas, incluso sindicalistas, aparecen en escena. Todos ellos enviaron una carta a la jueza argentina hablando de las bondades de Martín Villa a favor de su defensa. Todos ellos, también, se ven obligados a observar los rostros de aquellos torturados, muchos fallecidos como Chato Galante. ¿Este es el último homenaje a ‘Billy el Niño’ y el primero a sus víctimas?

Espero que sí, la verdad. Espero que, sin duda, sea el último a Billy y que la próxima noticia que tengamos sobre él es que la propuesta de Podemos sobre retirarle las condecoraciones salga adelante. También espero que, como sociedad, nos dediquemos a trabajar por la reparación de estas personas a las que torturó y nadie les ha pedido perdón por ello. No es que no se haya condenado a los responsables, es que ni siquiera les han pedido perdón.

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