Guillermo Martínez. De la guerra civil española a la revolución china: el tortuoso periplo de 19 sanitarios que son historia del siglo XX

De la guerra civil española a la revolución china: el tortuoso periplo de 19 sanitarios que son historia del siglo XX 

Protagonistas del siglo XX más bélico, su actividad como sanitarios nunca se detuvo tras prestar sus servicios en diversas contiendas. Fueron tachados de “cosmopolitas” en sus países de origen por haber conocido a gente de todo el mundo durante la Guerra Civil española, llegando a ser un estorbo para el proceso de sovietización durante la Guerra Fría.

Guillermo Martínez

Madrid

01/03/2022

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Las vidas que salvaron en España, durante la Guerra Civil, tan solo fue el inicio de un periplo que duraría décadas. Encuadrados en las Brigadas Internacionales, estos 17 médicos y dos enfermeras jamás dejaron de intentar ejercer su labor allá donde se necesitara. Su actividad como sanitarios en la contienda española les hizo valer, a algunos, la condición de apátridas. Procedentes de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Austria y Alemania, el destino de estos médicos, obligados nómadas vitales por el contexto histórico que vivieron, pasó por la revolución china, transitó los peores momentos de la Guerra Fría e, incluso, alcanzó la revuelta cubana.

Carles Brasó, especialista en historia económica y licenciado en Sociología y Estudios de Asia Oriental, publica Los médicos errantes (Crítica, 2022), una obra en la que recupera casi una veintena de nombres propios demasiado olvidados. El génesis del particular recorrido internacional de esta camada de sanitarios tiene una fecha concreta: el 14 de octubre de 1936, momento en el que se crean oficialmente las Brigadas Internacionales para dar soporte al bando republicano frente a la inoperancia e inacción de las potencias democráticas europeas. Junto a las Brigadas llegó el Servicio Sanitario Internacional, que reforzó las filas de los contingentes formados por los 35.000 voluntarios procedentes desde los cinco continentes en tan solo dos años, según fuentes soviéticas.

Los médicos errantes tenían algunos puntos en común: procedían de familias de origen judío y casi todos ellos se afiliaron en algún momento de sus vidas al Partido Comunista de los países en los que se establecieron. Ellos fueron de las pocas personas que vivieron, después, la guerra de China como una especie de continuación de lo que habían experimentado desde 1936 en España. Sin la posibilidad de regresar a sus países de origen debido a la invasión de los mismos por parte de Hitler o la negativa de sus gobiernos a dejar regresar a los exbrigadistas, en 1939 la mayoría de ellos se encontraron en un callejón sin salida en el sur de Francia, lo que les llevó a ser internados en los campos de refugiados de ese país.

Compartiendo conocimientos

Mucho antes de todo aquello, estos médicos sufrieron el asedio fascista de Madrid. Consiguieron frenarlo. Más tarde, cuando llegó la Batalla del Jarama, los brigadistas ya tenían a sus espaldas una potente organización de médicos y enfermeras procedentes de más de 30 países para ofrecer los primeros auxilios a los heridos de las Brigadas Internacionales. Este encuentro entre sanitarios de diferentes latitudes propició un rico y eficaz intercambio de conocimientos, lo que generó innovaciones médicas que, después, en su diáspora, serían diseminadas en otros tantos lugares.

La siguiente parada en su deambular estuvo en China, también en guerra contra Japón por aquel entonces. Norman Bethune fue la primera cabeza visible de todo ello, y también el encargado de dirigir un hospital internacional en el norte del país. «Si leemos la prensa china de ese tiempo, podremos ver cómo se sentían muy reflejados en lo que también sucedía en España por la no intervención de los gobiernos británicos y francés. El Gobierno chino también quería una alianza con los comunistas, lo que se llamó el Frente Unido, no muy distante de lo que fue el Frente Popular. Fueron gobiernos aislados de las potencias occidentales que solo contaron con la ayuda de la Unión Soviética», contextualiza el propio Brasó.

De China a la realidad alemana

Participar en la revolución china fue su tabla de salvación frente al genocidio nazi dada su condición de judíos. Ya en 1945, cuando algunos de ellos deciden regresar a sus lugares de origen, la devastación protagoniza sus miradas. Los barrios de Berlín, Varsovia o Praga fueron pasto de las bombas, y eso es lo que se encontraron estos ávidos sanitarios sin rumbo fijo. Algunos de ellos ingresaron en hospitales alemanes, por lo que tuvieron que compartir oficio con algunos profesionales de la sanidad que, de alguna forma u otra, pudieron tener relación con las prácticas médicas nazis.

 
    En la década de los 20 y 30 sobresale una idea racista de la medicina, lo que se ejemplifica en que alguien podía experimentar con una persona sin su previa aceptación», explica Brasó. De esta forma, algunos de los médicos errantes vieron cómo la normativa legal del momento se ajustaba a las acciones cometidas por el Gobierno de Hitler. El hecho de experimentar con seres humanos, practicar la eugenesia y la esterilización forzada, así como el exterminio racial en masa llevado a cabo en los campos de concentración, constituyó un nuevo tipo de delito colectivo: el genocidio. De forma paralela, se instauró un nuevo código ético de prácticas científicas. El Código Núremberg estableció la necesidad de que toda investigación científica en seres humanos debe tener el consentimiento informado previo por el paciente.

    Mientras tanto, la historia política del momento seguía su curso. De esos médicos errantes, algunos permanecieron fieles al Partido Comunista durante toda su vida y otros cuestionaron las políticas de la Unión Soviética, tomando así distancia de Moscú, sobre todo tras la invasión de Checoslovaquia. En esa Guerra Fría, estos exbrigadistas fueron cuestionados en sus países por su pasado cosmopolita, por haber conocido en España a gente de todo el mundo, pese a tener una aparente e indiscutible pasado como antifascistas. «En los años 50, en ese contexto gris y de sospecha, estas personas fueron perseguidas por ser consideradas cosmopolitas», recalca el autor de la obra en la que se recoge que «si los exbrigadistas tuvieron un papel relevante en la resistencia contra la Alemania nazi y los primeros años de la posguerra, pronto se convirtieron en un estorbo para el proceso de sovietización».

    El “comunista humanista”

    František Kriegel es el caso más paradigmático de ello. Establecido en Checoslovaquia, primero formó parte del Gobierno comunista ortodoxo que se instauró en el país. Fue purgado poco después por haber sido brigadista en España, por lo que perdió su trabajo. En ese momento, Checoslovaquia envió unos 150 expertos de diferentes ámbitos a Cuba, para apoyar la revolución de Fidel Castro, entre ellos el propio Kriegel. Terminó contratado como experto por el Ministerio de Sanidad de Cuba, donde vivió entre 1960 y 1963. Allí escribió un diario en el que reflexionaba sobre las ambivalencias de la implantación del socialismo en la isla.

    Tal y como recoge la publicación: «(…) Kriegel también se mostró crítico con el funcionamiento del Ministerio de Sanidad y los burócratas que temían exponer los problemas a la cúpula del partido. Como consecuencia, los que verdaderamente tomaban decisiones no estaban informados de los problemas reales y sus acciones se perdían en fútiles actividades organizadas en torno al culto de la personalidad de Fidel Castro». Volvió a su país con una visión mucho más heterodoxa del comunismo, tanto que le llevó a ser uno de los principales protagonistas de la Primavera de Praga.

    Terminó en su casa, vigilado, en un constante ir y venir de personas, cartas y conversaciones telefónicas a nivel internacional. Se hizo ganar la denominación del «comunista humanista» por parte de su Gobierno. Por otra parte, sus lazos con España aún no habían terminado. Kriegel, que felicitó a Santiago Carrillo por la legalización del PCE, el político español organizó una cena que se celebró el 18 de mayo de 1978 para celebrar su cumpleaños. «Dado que Kriegel no podía salir al extranjero, los comunistas españoles dispusieron una silla presidencial, que quedó vacía», según concretiza el libro de Brasó.

    Médicos internacionalistas

    Estos médicos errantes que, tal y como expresa el autor de la obra, nunca se sintieron de ningún sitio, pues su desarraigo fue constante, terminaron muriendo muy lejos de donde habían nacido. «Internacionalistas, ese es el carácter que les define. Si algo no fueron, desde luego, fue nacionalistas», remacha el experto. Poco queda de ellos más que algunas memorias que escribieron y ciertos reconocimientos en China, en donde les siguen agradeciendo su esfuerzo contra Japón.

    Su historia termina en algunas páginas de Wikipedia en su idioma nativo e inglés, pero poco más. De ahí que la historia y memoria de estos médicos errantes (Friz Jensen, Rolf Becker, Friedrich Kish, Ianto Kaneti, Herbert Baer, Walter Freudmann, David Iancu, Stanislaw Flato, Wiktor Taubenfligel, Wolf Jungermann, Leon Kamieniecki, Mania Kamieniecki, František Kriegel, Györgi Schön, Alexander Volokhine, Carl Coutelle y Heinrich Kent) venga a completar la nuestra, nuestra propia historia.
     
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