Hambre y leña por todos lados

► Antonio López Sánchez (Bornos, 1933)

► A mi padre lo mataron cuando yo tenía tres años. La posguerra fue muy dura; en una candela hacíamos lo que había: cáscaras de papa y rayos encendidos

► Emigré a Francia y, sin saber cómo, un día me vi alistado en la Legión Extranjera y en la guerra de Argelia; al año, con otros cuatro, deserté: corrimos durante toda una noche por el desierto, cuarenta kilómetros hasta alcanzar la frontera con Marruecos

DIARIO DE CADIZ | T. R. | Bornos |  8-10-2017

Eran cuatro o cinco. Un pequeño grupo de zagales hambrientos y decididos. Entre ellos estaba Antonio, que ha oteado en su niñez y enseguida relata el episodio: cómo él y sus amigos aprendieron, con sangre, que la vida era más compleja de lo que pensaban. La sangre la puso un cochino al que acorralaron y golpearon con una piedra hasta lograr derribarlo. El animal se resistía más de lo que habían previsto pero a fuerza de darle en la cabeza con la piedra acabó por sucumbir. No tenían ni navaja. Armados con una cuchilleta, empezaron a rajar la panza del cerdo. Salieron las tripas, salía de todo allí. Pero no lo que buscaban. Apartaban los intestinos y seguían buscando. Nada. Hasta que se dieron por vencidos. Aquí no hay morcillas, quillo, decretó uno. Ni chorizos. Rendidos ante el fracaso, los niños enterraron al animal como bien pudieron bajo unas piedras. No tardaron los mayores en localizar el cadáver del cerdo. Y entonces los golpes fueron para ellos.

En el cortijo, Antonio y sus amigos habían visto parte de una matanza. Los cerdos, abiertos en canal, colgaban de la viga. Más adelante, el señorito había repartido unos chorizos y unas morcillas entre los jornaleros. Los niños habían tocado el cielo: aquello no sólo saciaba su hambre para un día entero sino que estaba muy bueno. Y eso lo daba el cochino. Eso tan rico salía del cochino. Poco tardaron en pergeñar su plan, su propia matanza en busca del sabroso embutido. «Si es que había hambre para parar un barco. Los cardillos perrunos eran para nosotros como un trozo de jamón. Con seis años, yo guardaba cochinos y pavos por la comida. Me daban de comer y no me hartaba. Pero iba viviendo».

Antonio López nació en Bornos en 1933. Cuando tenía tres años, los sublevados contra la República mataron a su padre. Se lo llevaron preso al inicio de la guerra. También buscaban a su tío, que era sindicalista y más político, pero ese día no dieron con él. La abuela de Antonio lo avisó: que se habían llevado a su hermano, que corría peligro. Se les escapó. Caminó hasta Ronda, a Málaga, Almería, Cataluña… Acabó en Francia, exiliado. Y la furia descargó sobre su hermano.

Antonio recuerda haber ido con su madre a visitar a su padre a la cárcel, en Bornos. Mañana te traigo un poquito de café, le dijo la esposa a su hombre preso. Había muchos detenidos y lloraban. Al día siguiente volvieron a la cárcel la mujer y el niño, con el café. Allí ya no había nadie. El padre de Antonio tenía 23 años.

«Si me pongo a contar mi vida… La vida es hambre por todos lados. Y leña por todos lados». ¿Leña? «De la Guardia Civil. Te cogían con una espuerta de leña, que la llevabas para la candela, y te la quemaban delante tuya y te daban…». ¿Y eso? «Eso, pues porque era así y ya está». La posguerra fue más dura aún para los hijos y viudas de los vencidos. «Es que entonces no había ni gas ni nada. En una candela hacíamos la comida. Lo que había: cáscaras de papa y rayos encendidos».

De joven, Antonio trabajaba en lo que podía. Iba a regabinar. Y a escardar trigo y garbanzos. Hasta que cumplió 21 años y le llegó la hora de cumplir el servicio militar obligatorio. Cogió el tren en Cádiz. «Mira cómo estaba la cosa que uno vio el mar y dijo: mira que besana hay ahí. Nunca había visto el mar, ese día estaba verde y él creía que era un sembrado de habas». Desde Cádiz, Antonio cruzó España. El campamento lo hizo en los Pirineos. Que salgan los analfabetos, ordenó un cabo a los reclutas. Antonio pensó que se libraría de la instrucción y dio un paso al frente. Pero a los dos días, el cabo descubrió el engaño: tú te puedes ir, que sabes más que yo. Tuvo que dejar el lápiz y agarrar el mosquetón.

Antonio sólo había acudido un día a la escuela en Bornos. Fue, vio el ambiente, no le convenció aquello y no volvió más. Pero había aprendido a leer y a escribir con ayuda de un maestro de campo, de los que iban por los cortijos dando clases. Tras el campamento, el soldado recaló en Barcelona.

Allí le esperaba un brigada vasco con el que hubo un principio duro y un final mejor. Tú vas a ser cabo cocina, le espetó el brigada en cuanto le echó el ojo. Yo no soy cabo cocina, respondió Antonio sin saber aún con quién trataba y dónde. La bofetada se lo dejó muy claro. «Me pegó una hostia… Pues seremos cabo cocina. Era un tío más grande que nadie. Yo no le temía pero había que aguantar. Allí una bofetada se perdía en cinco segundos».

En la mili coincidió con el torero Antonio Ordóñez. «Pero él echó seis meses y yo, 24». Cuando dos años después llegó la hora de licenciarse, el brigada le dijo a Antonio que a él no le daba la licencia si no entregaba la ropa, el uniforme. Antonio se había quedado sin ropa de civil, se la habían quitado. ¿Y cómo me voy, en cueros? Le tomaba el pelo: al poco se lo llevó a un almacén y le dijo que escogiese un traje; y después, a una zapatería para que eligiese unos zapatos. Luego le dio 400 pesetas. Era el mismo brigada que lo recibió con una bofetada. «Era pegón pero era canela».

Antonio regresó a Bornos hecho un figurín. Pero en el pueblo no había trabajo. Emigró a Zaragoza. Trabajó allí poco tiempo. Recogía patatas y peros. Al poco se fue a Canfranc, en Huesca. Pasó tres años en ese pueblo de los Pirineos que alberga la monumental e histórica estación ferroviaria. Trabajaba como dinamitero. Un trabajo peligroso que no le daba miedo y con el que ganó mucho dinero. Después se fue a Santo Domingo de la Calzada y de allí, a Francia.

En Francia no encontraba trabajo. Se le acabó el dinero y se empleó como garranchero. Un día, en Perpignan, no recuerda cómo ni de qué manera, Antonio se vio en la Legión Extranjera francesa. Como en esas películas en las que un hombre amanece legionario tras una noche de absenta. «Me enseñaron el contrato y mi firma. ¿Cuándo firmé yo eso? Anoche. Fue uno de Bayona el que me metió en el lío ese».

Llevaron a Antonio a Narbona, le hicieron un reconocimiento médico, y a Marsella, a embarcar rumbo a Argelia. Estuvo a punto de tirarse al mar para intentar escapar. No huyó entonces sino un año después, cuando ya estaba destinado en un campamento y al tanto de que le habían metido en una guerra que no era la suya: los independentistas argelinos luchaban contra Francia, que se negaba a abandonar su colonia.

La huida la planearon para una noche en la que estaba él de guardia. Eran cinco. Con un tablón de madera sortearon la alambrada electrificada y echaron a correr desierto adelante. Toda la noche. Recorrieron cuarenta kilómetros hasta alcanzar la frontera con Marruecos. Los franceses los perseguían con perros. Lograron despistarlos porque se escabulleron entre un rebaño de cabras y el olor despistó a los sabuesos. En la huida, Antonio tuvo otro golpe de suerte: hallaron el cadáver de un alemán que se había escapado también antes que ellos y Antonio le cambió su chapa de identificación. Los franceses lo encontraron después y dieron a Antonio por muerto.

Mientras Antonio huía de los legionarios franceses, se escondía ayudado por las tribus de bereberes y lograba internarse en Marruecos, su madre vestía de luto en Bornos. Los vecinos le daban el pésame. Habían comunicado de Francia que el bornicho Antonio López había muerto, que habían hallado su cadáver. Pero Antonio continuaba huyendo por el desierto; estaba hambriento y sediento, pero vivo: con fatigas tras beber agua en una charca, agradecido a las tribus a las que tanto temían y que, en cambio, para su sorpresa, los acogían y los reanimaban con té y comida. Un día terminó la escapada. El pequeño grupo de desertores acabó capturado por los marroquíes. Pero no los entregaron a los franceses. Los llevaron a Casablanca. De allí, al Tarajal y a Ceuta, al Monte Hacho. Así se salvaron. En unos días, Antonio y sus compañeros se vieron cruzando el Estrecho en un barco que los alejaba definitivamente de la Legión Extranjera francesa.

Antonio puso rumbo a Bornos. Fue un viaje que él recuerda con detalle. Camino de Jerez, en una parada en El Puerto se fue al servicio y perdió el tren. Se puso a andar por la carretera, lo recogió un coche y llegó antes que el tren. En Jerez no esperó el autobús de Los Amarillos. Volvió a la carretera y también tuvo suerte: lo recogió otro coche. Eso sí, era un coche fúnebre. No le importó mucho: se tumbó atrás y hasta echó un sueñecito antes de llegar a la venta El Retiro, en Arcos. Otra vez a caminar y esta vez un camión. Hasta la curva de El Calvario, ya en Bornos. Bajaba Antonio tan contento de verse en su pueblo y se topó con una vecina. Ay, ay, ay…, qué se parece usted a un muchacho que había aquí en Bornos. Pero ese muchacho ha muerto. ¿Y cómo le llamaban a ese?, preguntó Antonio. Gazapo, le decían. Pues ya ve que estoy muy vivo.

Ya no volvió a irse de Bornos Antonio López. Se acabaron las aventuras. A los 33 años se casó con Clemencia, también nacida en el mismo pueblo. Estuvieron unos dos años de novios. La boda la celebraron con una garrafa de vino y unos trozos de salchichón. Se fueron a Algeciras de luna de miel: toreaba allí Antonio Ordóñez, el compañero de mili de Antonio, y no se perdieron la corrida. En la plaza, Antonio saludó al torero y éste le dijo que pasara después por su hotel. Se acercaron pero había mucha gente a la puerta, mucho barullo. Dieron la vuelta.

Establecido en Bornos, Antonio y Clemencia tuvieron un hijo y después una hija. Vinieron años tranquilos. Antonio trabajó como albañil en la construcción. Y en el Ayuntamiento. Primero en las obras, luego de notificador y organizando el baratillo. La casa en la que viven la fue levantando él los fines de semana y días libres, con ayuda de vecinos y amigos. En ese hogar, en el salón, ha ido repasando parte de su biografía. Luego salimos a la calle para hacerle unas fotos. Ahí plantado, frente a su casa, parece que lo está ante la vida. Una vida que antes ha definido de manera muy cruda, que empezó con sangre y hambre, pero que al menos le ha sonreído durante unos cuantos años. ¿Y esto cuándo sale?, pregunta Antonio cuando nos despedimos. Se asegura bien de que el periódico llega a Bornos, de que podrá conseguir un ejemplar. Su hijo se lo garantiza. Y entonces, por si no nos ha quedado claro, advierte: «Yo quiero leer esto».

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