Jauja (Córdoba). El pasado 2 de junio de 2017 falleció Rocío Borrego Cobacho.

 

El pasado 2 de junio de 2017 falleció Rocío Borrego Cobacho.

Florentina Rodríguez Borrego

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4.6.2017

 

Rocío nació en 1931 en la aldea de Jauja (Córdoba). Eran tiempos de esperanza, recién proclamada la Segunda República. Su madre, Ana Ricarda Cobacho Cañete, ‘Ricardita’ regentaba una pequeña tienda en la localidad y sabemos que trabajaba en la alfabetización de sus vecinas y vecinos jornaleros, llegando a promover la construcción de una escuela pública en la zona.

Rocío no había cumplido aún cinco años cuando perdió a su madre y sus pocos bienes a manos de los fascistas que, encabezados por el general Franco, se rebelaron contra el gobierno en 1936. También perdieron a su padre poco después de aquellos crueles sucesos.

Rocío, junto a sus tres hermanos y decenas de miles de represaliados, vivió la pesadilla de hambre, humillación y desmemoria que los vencedores les habían reservado en el gigantesco campo de concentración en que se convirtió España durante más de 40 años.

Rocío superó todas aquellas adversidades, y en la década de los años 50, se unió a Francisco Rodríguez Reyes. Formaron una familia en Córdoba, construyendo al principio una vivienda precaria en las afueras y trasladándose en los años 70 al barrio de la Fuensanta. En aquellas condiciones sacaron adelante once hijos.

Rocío es ejemplo de una generación de españolas, aquellas mujeres con todo en contra, sometidas, despojadas de los avances que consiguieron sus antecesoras y que no se recuperarán en muchas décadas. Mujeres que ya ancianas, llegaron apenas a intuir lo que se hizo con ellas y con sus padres.

Rocío Borrego Cobacho ha muerto sin saber con certeza que fué del cuerpo de su madre Ana Ricarda Cobacho, pero se va con el cariño indudable de quienes la conocieron y el compromiso de sus sucesores de mantener viva la memoria de lo que sucedió.

Descansa en paz, Rocío.

Tu hija, Florentina Rodríguez Borrego

(El Juez Baltasar Garzón dedica íntegramente el punto decimoquinto de su famoso auto de la ‘Causa contra los crímenes del franquismo’ al caso de Ana Ricarda Cobacho Cañete (págs. 97-117)

Información publicada

 

Por último transcribo la historia de mi abuela tal y como se  narra en el libro de Francisco Moreno Gómez ‘1936: el genocidio franquista en Córdoba’ :

«El 13 de agosto marcharon a la ocupación de la aldea de Jauja, otra pedanía de Lucena. Sus moradores, también dedicados plenamente a recoger los frutos de la tierra (sin tiempo para conspiraciones en cuarteles y sacristías), se vieron sorprendidos por el ciclón que les llegaba desde Lucena. Ningún desorden había ocurrido en Jauja, y además protegieron al párroco Ildefonso Villanueva, de modo que no había nada que reprochar a estos vecinos. Sin embargo, la ruina y el dolor cayeron sobre ellos. Muchos campesinos, hombres y mujeres, fueron detenidos. El cuartel y la Casa del Pueblo se convirtieron en prisión. Y más de 20 personas fueron asesinadas a manos de las «personas de orden». Mataron a dos mujeres (Rosalía Ruiz, de 52 años, y Ricarda Ana Cobacho, de 36). Mataron a los funcionarios Pedro Toledano y Ángel Reyes «Zaleones». A este último lo mataron en el cementerio de Badolatosa, y lo torturaron antes de morir. Ya hemos citado el caso del apodado «el Picaleta», al que torturaron en el cuartel de Lucena, logró zafarse de los verdugos y se suicidó lanzándose de cabeza contra una columna. En el Registro de Lucena constan 10 fusilados de Jauja. Otros 11 los ha identificado Arcángel Bedmar por encuestas familiares. Así acabó la vida pacífica de los campesinos de Jauja.

Conviene que nos detengamos en la tragedia sufrida por Ricarda Ana Cobacho Cañete «Ricardita», en la aldea de Jauja. Era una mujer culta, de 36 años, socialista como toda su familia. Tenían una tienda de comestibles y en los ratos libres hacía de maestra particular y de escribiente para la gente que necesitaba cualquier gestión administrativa. Sus cuatro hijos eran menores de edad (el mayor, Juan José, de 13 anos). Era una mujer esbelta, agraciada, en un hogar feliz, como tantos otros hogares en aquella España rota por el golpe militar. A comienzos de la República se cruzó en su vida un personaje maldito, que empezó a enviarle notas amenazantes por su campana para la construcción de una escuela en vez de un cuartel. Se trataba del guardia civil del puesto de Jauja Antonio Velázquez Mateo, de 33 anos. Ella no se amilano, se presento en la Comandancia de Córdoba y lo  denunció. El guardia desvergonzado fue trasladado a Málaga.

Al estallar la sublevación de 1936, el guardia Velázquez no tardo en hacerse presente en Jauja, con gran preocupación para «Ricardita». Esta, como forma de conjurar el peligro, se trasladó a Córdoba y se alojó en una pensión durante dos meses. Sus hermanos, socialistas, también huyeron de Jauja. Los niños quedaron al cuidado del padre. Pero, a finales de octubre de 1936, «Ricardita» decidió regresar a Jauja, en mala hora. Mientras tanto, en Jauja estaban haciendo de las suyas el guardia Antonio Velázquez (convertido en jefe de los requetés) y el falangista Rafael Écija Carrasquilla «Seco Carrasquilla», de Lucena, que tenia tierras en Jauja. Entre ellos y algunos más sembraron el terror en la aldea. En cuanto «Ricardita» llegó a Jauja, el guardia Velázquez vio llegada la ocasión de la venganza y la hizo detener de inmediato, junto a su madre y su hermana, además de una amiga de la familia, Rosalía Ruiz Cobacho, de 52 anos (cuyos hijos, también socialistas, estaban huidos de la aldea). Las pelaron y las torturaron en el cuartel durante cuatro días, al cabo de los cuales fusilaron a Rosalía en la puerta del cementerio. Era el 5 de noviembre de 1936. A «Ricardita» se la llevó sola el guardia Velázquez y la tuvo varios días encerrada en una casa de campo. La torturo y La sometió a un calvario. A los pocos días apareció su cuerpo en el arroyo de La Coja, semienterrada y destrozada. La encontró un conocido de la familia, Vicente Maireles Carrasco, y la acabo de enterrar. El marido enfermó y perdió la razón. Al hijo mayor, de 13 anos, le dieron una paliza. Actualmente, los hijos de la víctima testifican que en los hechos participaron, además del Velázquez, otro guardia apodado «el Negro Gandul», y los requetés «el Cota» y «el Mono».»