La II República a través de los cuadernos escolares de un maestro rural gallego asesinado por los fascistas

Alvarellos Editora rememora la figura de Bernardo Castro, maestro republicano paseado por falangistas, en una edición facsimilar de los apuntes de uno de sus alumnos

Bernardo Mato Castro murió el 4 de septiembre de 1936, un mes después de que una manada de falangistas lo encontrara en una pequeña balsa en un río de su pueblo, en Galicia. Huía del horror fascista que se había desatado en la comarca tras el golpe de Estado de julio de 1936. Le dieron una paliza brutal y lo dejaron tirado, moribundo, en la cuneta de un camino a orillas del río.

Era un hombre enjuto y frágil. Al menos ese parece en las fotos que quedan de él. Aunque su mujer, Avelina Sanmartín, y toda su familia le cuidaron durante semanas, no pudo superar las heridas que le causaron. Sobre todo la fractura en el cráneo que le provocaron a golpes y que hizo que pasara en coma los últimos días de su vida.

Bernardo Mato era maestro de pueblo. Enseñaba a los niños de una escuelita del municipio de Teo, al lado de Santiago. Lo hacía de un modo tan hermoso, próximo y sencillo que aún hoy podría parecer revolucionario.

Era católico declarado y republicano confeso, y creía firmemente en la educación pública como herramienta esencial para que los humildes pudieran mejorar sus condiciones de vida. También para que fueran conscientes de la clase a la que pertenecían en aquel sistema, de su capacidad para combatir la opresión y la explotación por sus propios medios. Lo dejó escrito en unos artículos en la prensa de la época. Y seguramente por eso le mataron.

Alvarellos Editora, fundada hace 45 años en Lugo, acaba de publicar una edición facsimiliar de los cuadernos escolares de Antonio Rial, uno de los alumnos de Mato, acompañada de un análisis histórico y pedagógico a cargo de Víctor Santidrián, historiador experto en memoria histórica, y de Miguel Paz, maestro y autor de otras obras sobre la represión franquista en Galicia.

«Nuestra editorial está muy comprometida con la memoria histórica», resume Henrique Alvarellos, responsable de la compañía. «Hemos publicado más de 30 títulos sobre ese tema en estos últimos 12 años. Creemos que es también nuestra responsabilidad como editora gallega hacer modestamente lo que está pendiente en el Estado: impulsar el conocimiento y la dignificación de las víctimas del franquismo», subraya.

Para Víctor Santidrián, «Mato era un gallego prototípico de la época». «Era de origen humilde, estudió en un seminario, emigró a Cuba para ganarse la vida y a la vuelta se implicó en la vida sociopolítica del país y en el sistema educativo público que estaba implantando la II República«, añade.

Paz y Santidrián se encontraron con los cuadernos casi de casualidad, en un ejercicio de «arqueología de trastero«. La muerte prematura de Rial hizo que su hermana conservara los cuadernos de Antonio por una cuestión sentimental, y ellos dieron con ella siguiendo la pista de otro represaliado. «A veces los trasteros esconden joyas«, resume Paz.

«Al contrario de otros documentos históricos, cuyos autores conocen su trascendencia histórica, un cuaderno escolar no se piensa a largo plazo. Es espontáneo, y contiene elementos muy valiosos para analizar el contexto histórico de una época», cuentan los historiadores.

Los alumnos de Bernardo Mato aprendían a conocer el mundo y el universo desde su propio entorno. El maestro les explica la relevancia de los aperos de labranza y del menaje de cocina que usan a diario sus padres y sus madres, y les anima a que dibujen cómo está distribuida su casa, su pequeña finca. Qué caminos tienen que seguir y qué arroyos han de cruzar para llegar a la escuela. Luego sigue con la ubicación de su aldea en el mapa de su comarca, la  de ésta en el de Galicia, la de Galicia en España,  la de España en Europa, la de Europa en el mundo, el mundo en el Sistema Solar, el Sistema Solar en el Universo.

«Bernardo basa su sistema en la educación de proximidad. Enseña a los niños a advertir la importancia de entender su entorno más cercano para comprender otros conceptos que, si no, podrían resultarles ajenos. Les anima a comprender la cultura desde lo más próximo. ¿Que si eso era revolucionario? Para aquella época, desde luego que lo era, como lo era el cambio de sistema educativo que se impulsó desde los primeros años de la II República», afirman Paz y Santidrián.

Entre 1924 y 1933, la II República casi duplicó el número de escuelas públicas de enseñanza primaria en Galicia. El número de maestros y maestras pasó de menos de 24.000 a más de a 35.500, y la tasa de alfabetización, del del 34,8% de 1900 al 67,6% en 1931. «La Institución Libre de Enseñanza, el Regeneracionismo, la creación en 1900 del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, la asunción por el Estado al año siguiente del sueldo equiparado de maestros y maestras (…) son causa y efecto de esos cambios», señalan.

Según los historiadores, aquellas medidas de justicia social que compartió y desarrolló Bernardo Mato en una aldea gallega eran una verdadera amenaza al establishment de la época. «Los golpistas se dieron cuenta de que la escuela pública y la universalización de la educación eran una amenaza para un sistema que en Galicia se articulaba en torno al caciquismo», subraya Miguel Paz.

En julio de 1936, un retén de falangistas se personó en el domicilio de Bernardo Mato. Uno de sus mandos conversó con él en su despacho durante unas horas. Un mes después, le mataron.

«No le tocaba morir. Él no era un revolucionario. Pero quienes le asesinaron tal vez pensaron que sus ideas eran demasiado peligrosas», dice Paz.

En Galicia no hubo guerra civil. Los franquistas se hicieron con el territorio en pocas semanas. Algunos historiadores estiman que la represión desatada tras el golpe costó más de 3.500 vidas en apenas unos meses, aunque otros elevan esa cifra a más de 15.000. «Fue un verdadero holocausto«, advierte Santidrián.

Entre las víctimas de aquel genocidio de gente honrada, solidaria y buena estaba aquel maestro nacido en una aldea de A Estrada (Pontevedra) que animaba a sus alumnos a enorgullecerse de conocer y estudiar el entorno en el que vivían para atreverse a conocer el mundo a partir de él. ¿Quién sabe qué sería hoy de la educación en España si a él y a otros tantos como él no lo hubiera aniquilado el fascismo?. «Cuarenta años de manipulación ideológica son muchos años como para poder hacerse una idea», concluye Miguel Paz.