Lecciones de contemporaneidad de María Zambrano

La crisis, el miedo al otro y la tentación del ensimismamiento están en la obra de la autora, de cuya muerte se cumplen 25 años

El Mundo | Rogelio Blanco Martínez | 11-2-2016

El 6 de febrero de 2016 se cumplió un cuarto de siglo de la muerte de la filósofa andaluza, y ya universal, María Zambrano. Fallece en Madrid en 1991 a los 86 años, ciudad a la que llega en el otoño de 1984 tras más de cuatro décadas de exilio por los continentes europeo y americano. Había nacido en Vélez-Málaga (1904), donde disfruta una feliz infancia; posteriormente, al lado de su familia, prolonga las siguientes etapas vitales, en Madrid y Segovia. Durante su juventud vive y se implica en los avatares y devenires de la historia de la vieja España, país que desea modernizarse, vivir y protagonizar contextos socio-políticos históricamente negados a su pueblo.

María Zambrano participa denodadamente en este pretendido rejuvenecimiento. Por desgracia, las fuerzas reaccionarias perennes, una vez más, no permitirán que esta «adolescencia» social alcance la madurez. El resultado final es una confrontación fratricida e incivil. También, y una vez más, los perdedores son los representantes de la legitimidad social y política y, de igual modo, los sufrientes del exterminio, el silencio y el exilio. Los representantes de los vencedores gestionan la victoria entre alardes ajenos a la generosidad y, menos aún, de la compasión. María Zambrano y su familia hubieron de sufrir un largo exilio pleno de calamidades, un ejemplo más de la renacida España peregrina y sufriente. Las pérdidas en todos los órdenes han sido suficientemente, aunque no totalmente, señaladas. Si toda guerra es fratricida, las civiles doblemente, y en este contexto bélico continúa el peregrinaje de la filósofa hasta llegar a México. De este modo, María Zambrano, que nace a inicios del siglo XX (1904) y fallece a finales, recorre biográficamente un espacio de tiempo ahogado en sangre; un siglo, el XX, en el que la mano bélica del dios Ares más intensamente se ha manifestado.

Sin adentrarnos en más detalles biográficos de la filósofa, ya ampliamente descritos y que gracias a los numerosos estudiosos de su vida y obra cada vez disponemos de más información y contraste, alcanzamos el siglo XXI y es preciso interrogarnos acerca de la vigencia de algunos de los mensajes emitidos y heredados de la filósofa. En otras palabras, preguntarnos por la presencia de María Zambrano, una filósofa que supo bajarse del pebetero de las aulas y adentrarse en las circunstancias, de hendir los pies en el barro e ir más allá de los cómodos sofás académicos. Un acierto. Y este logro se reintenta reiterar aquí y en los inicios del presente siglo con el deseo que la lectura de los textos sirva de acicate.

En primer lugar, considero que Zambrano pertenece al elenco de nuestros clásicos del pensamiento y de la creación. Se considera cásico, entre otras anotaciones, a quien presenta mensajes de contenido intemporal, de perenne vigencia o impacto activo. En el caso de la filósofa concurren los «efectos» que se suelen señalar al caso: Primero, porque recoge y analiza la tradición del pensamiento hispano y europeo, y su diversidad de contextos.

Segundo, porque biográficamente se mantuvo atenta, como lectora intensa, de la realidad que vivió, y esta lectura le condujo al compromiso, a entrar de hoz y coz con las manos en el barro.

En tercer lugar, Zambrano ha legado un mensaje con fortaleza y claridad, una ayuda para comprender la presente realidad, un mensaje cargado de futuro. Luego, pasado, presente y futuro se aúnan en un continuum residenciado y extraíble tras una lectura atenta de su obra. Una lectura, que por suerte y desde todos los continentes, se atiende y traduce de modo prolijo, de ahí que ya se dispone de abundantes ensayos y monografías cualificadas sobre su pensamiento, además del esfuerzo de editar (Galaxia Gutenberg) las Obras completas, de las que ya se disponen cuatro extensos volúmenes cargados de numerosas referencias y aparato crítico.

Futuro es presente

Esta es la tarea de los numerosos estudiosos, pero aquí se desea acercar al lector algunas reflexiones puntuales desde el tercer «efecto» señalado de nuestra clásica, el futuro, si bien en nuestro caso es el presente. Es intención que desde el contexto en el que nos hallamos se acerquen aspectos escogidos del pensamiento de la filósofa y exponer sus mensajes iluminativos una vez más.

Los dramas humanos persisten, a veces cambian de solar y siempre afectan a los mismos sujetos, los más desfavorecidos, la gran mayoría social. Las guerras siguen ocupando grandes espacios geográficos y con impactos suprafronterizos. Cada vez se aplican más recursos y se distraen más capacidades de los seres humanos en la destrucción. Destrucción que cada vez impacta de modo más global. Hambrientos, oprimidos, refugiados y aterrados vagan, por millones, por este pequeño planeta que aún dispone de suficiencia habitacional, pero la abundancia de crisolhedonistas impone su modelo a la vez que los filáucicos coordinan el orden establecido unilateralmente. Quienes se aman a sí mismos y al poder prosiguen emitiendo mensajes estentóreos y autojustificativos sin ver ni admirar a nada ni a nadie. Son mensajes terroríficos ajenos al cambio y fijados en fundamentalismos de todo tipo y como verdad única; tras la alteración de estas «verdades reveladas» solo cabe la amenaza del caos.

Los jinetes del apocalípticos campean y justifican sus actos y consecuencias a la vez que se desoyen voces cuestionadoras o proféticas con posibles soluciones. Y este cuadro se enmarca con la pasividad y ausencia de los intelectuales, en buen número funcionarios acomodados y que en otros momentos han dicho su propia palabra mas hoy ésta se mece con sordina y suplantada por tertulianos sabelotodo, abundantes en ruido y escasos de ideas. Estimo que asistimos a un momento de escasez de ideas oíbles, de cierta errancia y abundante orfandad por parte del colectivo intelectual. La demagogia campa sin respeto. Los discursos son leves y de corto vuelo. Una propuesta la desbanca otra sin análisis ni contrate y aceptándola por la popularidad del emisor. La inmediatez todo lo envuelve amparada en dogmáticas estadísticas realizas tras supuestas y rigurosas encuestas que raramente explican la metodología y los criterios.

Tanta demagogia sirve para empapelar y ocultar el abundante drama y dolor, mientras por los continentes y océanos de este planeta Tierra, pequeña bola cósmica que gira tontamente, se suceden y repiten sinsabores y negaciones elementales para la gran mayoría por parte de unos escasos autoelegidos de unos pocos países que groseramente se sienten ajenos a las circunstancias y ponen toda la culpabilidad en término arteramente conocido: crisis. «Estamos en crisis», se dice, ergo nada se puede hacer hasta que los poderes nuevamente decidan que se acabó y así hasta la siguiente, también, programada. Una vez más, como afirma Zambrano se repite la constante dramática de la historia: los pocos la hacen y los muchos la sufren.

María Zambrano vivió dramáticas crisis y las estudió. Considera las crisis circunstanciales a la condición humana, luego no son transitorias sino un modus viviendi de nuestra especie ya que la especie homo nace secularmente inconclusa y cada individuo aspira a recorrer un camino que debiera ser abierto y en espiral a fin de lograr lo más ansiado: ser persona, protagonista de su biografía, y en el espacio que permite mejor desarrollar tal proyecto: la democracia. La filósofa veleña define la democracia como el espacio en el que no sólo está permitido sino exigido ser persona (Persona y democracia). Para alcanzar tal territorio la historia ha de dejar de ser drama y que del planeta desaparezcan las aras sacrificiales. «Conviene humanizar la historia», proclama Zambrano y así lo recoge e itera en la introducción el profesor Ortega Muñoz.

La crisis para la filósofa no es ni inculpatoria ni negativa. «En el instante de la crisis la vida aparece al descubierto y el mayor desamparo (…) En ella el hombre siente vergüenza de estar desnudo y la ansiedad de cubrirse con lo que sea. Huida y afán de encontrar figuras que hacen precipitarnos en las equivocaciones más dolorosas» (Hacia un saber sobre el alma). Los falsos mensajeros cargados de vaticinios y diversidad de fundamentalismos actúan con brebajes fundamentalistas cargados de negatividad, victimismo y falsas promesas. Es su oportunidad. Pero Zambrano, en breves y ricos textos, insiste en la necesidad de ampararse en el modelo que brinde más democracia; luego, frente a la crisis, más democracia. Erróneamente se dice y hace lo contrario. Tras una crisis devienen pérdidas de derechos y de libertades. «La democracia, itera, es el régimen capaz de renovarse a sí mismo, de ser continuación de sí mismo; es decir, de superar su propia crisis (…). La crisis no es el fracaso», concluye. La crisis, pues, según la filósofa andaluza, acompaña la biografía de la especie humana, ya que siendo el ser humano el «rey mendigo» de la creación, la eterna promesa, «el heterodoxo cósmico», diacrónicamente se ha de ir construyendo en un vaivén de posibilidades. «La crisis no es sino la señal, el signo de que la vida y la historia son movimiento, proceso», agrega en un breve y sustancioso texto titulado: Pensando la democracia.

«Y así, por ser la democracia el régimen más humano, -que más fielmente sigue la condición humana en su problematicidad– ha de proponerse el entronar a las gentes en ella. Pues lo propio del hombre, de la vida humana, es tener que inventar su propia acción; y descubrir su propio ser, no se es hombre como se es bestia o planta de una vez y para siempre en forma fija; la condición humana se conquista, de no ser así, no existiría la historia, no hubiéramos conocido sobre el planeta más que un régimen, una forma de convivir». Y concluye la pensadora: «Corresponde, pues, a la democracia un estado sumamente desarrollado de conciencia, no sólo política, sino humana en general (…) La democracia ha de ser creadora. El crear es privilegio exclusivo del hombre, y crear lleva consigo lo imprevisible, mas hay que crear a su vez las condiciones para que aparezcan. Y en ello aparece la diferencia fundamental entre la democracia y los regímenes despóticos o totalitarios. En estos la cultura es dirigida y en ocasiones llega a convertirla en simple propaganda o a hacer todo lo posible para que así sea, en ver la creación intelectual y artística un simple medio a utilizar, en todo caso a controlar el pensamiento justamente para que la crítica, el examen y la creación no sean posibles. Todo despotismo teme al pensamiento.

La democracia, en cambio, se considera obligada a desarrollar el pensamiento, mas no dirigiéndolo, sino creándole un clima adecuado, ofreciéndole las condiciones mejores para que se desenvuelva. No tiene temor de lo que en el pensamiento y en toda la creación humana hay de imprevisible (….) La democracia tiene futuro», concluye Zambrano el texto y aquí la cita recogida del breve ensayo Pensando la democracia, que evalúo revelador y vigente.

La última palabra

Frente a la crisis, se itera, más democracia; pues, «sólo los necios y los violentos tienen la última palabra», – afirma el filósofo italiano Cammarano, buen conocedor de la obra de Zambrano-, y cuando a éstos se les cuestiona, se alteran; si se les desatiende, tratan de imponer su criterio, negar otras posibilidades y descalificar sin escrúpulos. En ningún momento dirigen una mirada atenta ni humilde a las propuestas de los demás, incluso las de la mayoría a la que desprecian. No soportan escuchar las posibilidades que pudiera ofrecer la crisis ni el diálogo. Y al diálogo y a sus riquezas recurre constantemente Zambrano, como primera reacción ante la sorpresa y la admiración, como reacción ante la pregunta, a la que defiende como manifestación de una inquietud y pérdida de intimidad a fin de que sea un logar de encuentros, el propio de ser humano como ser in via.

Uno de los lugares de encuentro es el alterar el orden, si fuera nefando, el de enfrentar un mundus perversus frente a otro anversus en el que sea posible una ciudad cosmopolita, mestiza, espiral de acogida, donde sea posible la paz. Con ecos kantianos, Zambrano afirma: «La paz es ante todo ausencia de guerra, pero algo más, mucho más, la paz es un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser hombre» (Horizontes de liberalismo). Este lugar democrático, luego pacífico, de encuentros y de diálogo, sólo es posible desde la consideración del ser humano como persona en su igualdad y diversidad, pues «igualdad no es uniformidad», » ya que la igualdad de todos los hombres, fundamental en la fe democrática, es igualdad en cuanto a personas» y «la democracia es el régimen de la unidad en la multiplicidad, del reconocimiento, de todas las diversidades, de todas las diferencias, de toda situación», se encadenan, en este orden, varios textos en Persona y democracia.

Esta dialéctica zambraniana se opone a todo modelo político, tan abundante y sangrante para los pueblos, como es la cleptocracia que con frecuencia se disfraza de democracia, grave argucia pues disipa buenas voluntades y confianzas. El robo no sólo es material, lo más grave el rapto de las esperanzas. Cuando un pueblo pierde la esperanza, desespera y puede caer víctima de viles usurpadores, de demagogos. Parte de este robo es la sementera de vanas esperanzas, de ensoñaciones nacionalistas extemporáneas, de modelos generadores de desarrollos amurallados, de quienes conciben a la ciudad como urbs obsidium, cerrada y emparedada, frente a la urbs oppidum, cosmopolita y abierta. En la primera intentan que hablen los homines clausi (hombres cerrados), los moradores de la segunda son los homines aperti (hombres abiertos). En resumen, y tras la lectura de los textos más «socio-políticos» de Zambrano, si así se pudiera hablar en la casa de una filósofa circular, abarcadora y ajena a la clásica sistemática, el hombre necesita alcanzar «la ciudad ausente», la que aún no es real pero posible y a la que conduce la marcha de los esperanzados.

La vida es «anhelar, esperar y querer (…) el ritmo de esperar, en cuanto hace a la historia, ha oscilado frenéticamente entre aullidos de esperanzas y caídas, en la desesperación» (Persona y democracia). Mas tras la caída aparece «la ciudad ausente», el lugar en el que el individuo puede ser ciudadano, sujeto activo de su historia, no súbdito. Largo y sufrido es el camino del rey mendigo, el indigente de la creación, el ser de necesidades que constantemente ha de crear. Así surge la cultura, como una necesidad que sustituye la comodidad de los mandatos biológicos una vez debilitados. La dinámica la justifica la filogenia antropológica, a mayores pérdidas genéticas innatas más respuestas culturales, más creatividad. La memética lentamente ocupa los espacios que cede la genética. De este logro no es propietario individualmente ser humano alguno. El proceso es diacrónico y filogenético que se expresa en un momento (ontogenia) tras largo deambular del ser humano hasta convertirse en «el heterodoxo cósmico» que nomina la pensadora.

Luego, el ser humano es heredero de todo lo que le antecede, sólo le resta ser aprendiz, transmisor y cocreador de nuevas respuestas, mas siempre partiendo del barro cultural heredado, nunca de la nada. Ex-nihilo sólo crean los dioses, un modo violento de hacerlo, sugiere Zambrano. El ser humano, pues, hereda y aprende y debe alejarse de orgullos solipsistas toda vez que a tenor de lo expresado y en reflexión zambraniana en cada ser humano están todos, en cada suceso o hecho cultural reside una heredad universal, un acopio acunado secularmente y que llueve en cada ser humano destilando contenidos necesarios.

Somos deudores de todas las culturas de todos los pueblos, luego el aislamiento y los pretendidos narcisismos son artificios que se enmarca fuera de la evolución cultural. «La ciudad ausente», de este modo, necesariamente ha de ser abierta, mestiza y cosmopolita, o no es tal.

Malos atajos

Ciertamente el ser humano a veces tomo atajos, con frecuencia contraproducentes, y, para serse, olvida su origen ontológico y se enmaraña entre sus semejantes y con las cosas, incluso se extravía entre sus sombras. Esta circunstancia le suele conducir al maltrato de cuanto le rodea, por ende de sí mismo. Zambrano, con mensajes concretos y plenos de actualidad, aunque lejanos a la puntual terminología ecológica, abunda en la necesidad de entendernos con las cosas (lo otro), con los otros (los congéneres y demás peregrinos) a fin de comprenderse a uno mismo, (el yo). Este desarrollo lo activa y denuncia desde la urgencia y la gravedad, desde la concepción del hombre más allá de zoon politicon, desde la consideración como zoon ecoumenicom. En los trazados antropológicos no sólo existen los semejantes, también las cosas y los demás seres vivos con los que con frecuencia, afirma, nos enredamos, nos enmarañamos, sobre los que equivocadamente pesamos y pisamos. ¡Grave error! En frase recogida en la placa conmemorativa e instalada en la fachada que la filósofa habitó en la madrileña calle de Antonio Maura se lee: «Solamente se es de verdad libre cuando no se pesa sobre nadie; cuando no se humilla a nadie. En cada hombre están todos los hombres».

«Hemos de vivir forzosamente la historia», exclama en Persona y democracia, para ello debemos humanizarla, nunca mineralizarla, hacerla nuestra, vivir la vida, autobiografiarla, hacerla ética, pero nadie es ético a solas, sólo con los demás. Somos historia, y en cada hombre se concita la propia y la de todo el género humano. De ahí que para aquellos pueblos que se empareden tras modelos únicos, nacionalismos o cualquier tipo de fundamentalismo, fijismos ideológicos o intransigencias devendrá la desgracia de situarse fuera de la historia; de momento, y la historia ya es ejemplarizante, los modelos políticos cuanto más se alejen de la las posibilidades democráticas más conducen a la servidumbre de los pueblos. La democracia, si tal es y más allá de nominalismos, siempre será camino liberador de las ataduras de la esclavitud.

En diversos textos la filósofa, indica que el deber del hombre es vivir, pero «vivir es convivir», y convivir inevitablemente es un acto social y propio del ser humano, el ser único con conciencia histórica, con sentido de la temporalidad. La convivencia es la esencia de la vida humana. «convivir quiere decir sentir y saber que nuestra vida, aun en su trayectoria personal, está abierta a los demás, no importa que sean nuestros próximos o no; quiere decir saber vivir en un medio donde cada acontecer tiene su repercusión, no por ininteligible menos cierto; quiere decir saber lo que la vida es ella también en todos los estratos del sistema. Que forman parte de un sistema llamado género humano, por lo pronto» (Persona y democracia). Y la democracia es el hábitat natural para esta convivencia. El olvido genera la indiferencia que sufren los refugiados o huyentes del drama impuesto, de los semejante que se acercan a las fronteras y playas de los países más acomodados solicitando auxilio. Son hermanos necesitados, huidos con sed de pan, paz y justicia. Y este error también ha de pagarse.

La obra de María Zambrano, que lenta y firmemente llega a los anaqueles, ofrece multitud de contenidos, abundantes registros iluminativos para acercarnos a la compresión de la actualidad, por ello al inicio se definía como clásica; mas dentro de tal oferta subyacen propuestas vigorosas y demandantes de diálogo, pues son interpeladoras. Son reflexiones arrancadas desde el hondón, hincadas y radicalmente antropológicas.

Asistimos a un mensaje inquietante, vivo y provocador, de respuestas y sugerencias a preguntas. A los problemas más acuciantes de este momento, modelos socio-políticos decepcionantes, cleptocracias, extrañamiento frente a los semejante, maltrato a la naturaleza, enfrentamientos, pánicos sociales, fundamentalismos religiosos o nacionalismos… la lectura de Zambrano conduce a respuestas, a explicaciones o, al menos, al señalamiento de rutas conducentes a la comprensión, a provocarnos conciencia de duermevela. Por otra parte, tal atenta lectura ni se carga de fácil análisis pesimista ni de optimismo ingenuo. Entre las páginas de esta creadora hallamos respuestas desde la sensatez, pues nacen de quien admira, compadece y se apasiona con el ser humano, en una acción ajena a la ingenuidad volitiva. La filosofía de Zambrano es radicalmente antropológica -se itera-, la propia de quien intensamente se aproximó a la vida, a los profundos ontológicos del ser humano. Es decir, es una filosofía de la esperanza, la respuesta enfrentada y madura de quien sufrió penurias y exilio. «Un fracaso en sí mismo lleva al triunfo», expresa a la hora de describir a «la yedra» como planta vivaz que sobresale de la maleza, que se humilla y oculta cuando abunda la sequedad, pero sobrevive, pues siempre está dispuesta a recibir la lluvia vivificante y renace. «La yedra, metáfora de la vida, que nace de la muerte», como grano germinal.

Y esta lluvia vivificante siempre viene de los vientos generados por la mano creadora del ser humano, la cultura. «Tenemos que crear, no sólo hacer, sino crear», demanda en el breve texto La crisis en la cultura de Occidente. Y el orden favorecedor para la creación es el democrático. Con frecuencia los pueblos se cierran en torno a tablas contables, se entregan a economicismo; se olvidan de que desde la cultura, sensu stricto, se ofertan riquezas abundantes y posibles soluciones. En la dimensión que a cada cual le corresponde y hasta donde sea posible, las entidades públicas deben comprometerse con las creaciones de sus habitantes, de ahí que el compromiso que el Ayuntamiento de Vélez-Málaga en este aniversario con diversos actos no sólo en pro de la difusión del pensamiento de María Zambrano, tal como la edición financiada por el Ayuntamiento de una Antología que el alcalde presentará, sino otros rememorativos: una ofrenda floral ante la tumba de la filósofa. Ayuntamiento y Fundación se coaligan en programas de apoyo a congresos nacionales e internacionales, sostenimiento de una Fundación mantenedora y conservadora del legado de la pensadora e impulso a la edición crítica de las Obras Completas, ahora en el II volumen dedicado a cinco textos publicados en Cuba y Puerto Rico: La agonía de Europa, La confesión, género literario y método, Isla de Puerto Rico. Nostalgia y esperanza de un mundo mejor, Pensamiento vivo de Séneca y Hacia un saber sobre el alma. Textos publicados entre 1940 y 1950 cargados de reflexiones de acuerdo con el contexto bélico mundial en los que la razón mediadora y la esperanza están presentes. Un volumen necesario pues acopia la aparentemente opera minor de la filósofa. Digo aparentemente, pues dado el proceder creativo de la autora quien con frecuencia partía de un breve texto germinal que lentamente iba creciendo hasta lograr ser opera maior; de ahí que estos textos menores son reveladores y vitales para conocer la obra dado su carácter expansivo; por otro lado son textos que vitalmente respondieron durante el agónico exilio de Zambrano como pan urgente y sustento para la familia. De ahí el reconocimiento al equipo de compiladores y críticos en ardua tarea. Son ejemplos demostrativos de quienes desean aventar un pensamiento singular, de alcance universal, y con el ánimo de situarlo en pebetero visible.

http://www.elmundo.es/cultura/2016/02/11/56bcb32546163f7c288b45f4.html