Los indigentes «matados» de hambre: un campo de exterminio en la Sevilla de Queipo.

La intervención arqueológica en la fosa común de La Algaba (Sevilla) recupera los restos de 59 «mendigos» de los 144 que murieron de octubre de 1941 a agosto del 1942.

Foto: Víctimas del franquismo en Las Arenas. Juan Miguel Baquero / Aranzadi

Los matan de hambre. Y los hacen desaparecer. Hasta hoy, en gran parte. La intervención arqueológica en La Algaba (Sevilla) ha recuperado los restos óseos de 59 personas a los que el franquismo apresó por «mendigos» y encerró en el campo de concentración de Las Arenas. La falta de alimento y enfermedades diversas acabaron con la vida de 144 detenidos entre octubre de 1941 y agosto del año 42 en ese centro de exterminio para indigentes.

Los presos consumidos, como un saco de piel apenas sostenido por un puñado de huesos. Los ojos anclados al terror. Y un hambre canina. La imagen evoca a los campos nazis. Al Holocausto. Pero ocurre en un pueblo sevillano, cuando España es la villa de Franco y la Andalucía de Queipo supera las postreras cifras del terrorismo de Estado en Argentina y Chile, juntas, con al menos 45.566 asesinados y 708 fosas comunes, según los datos oficiales.

En el espacio de muerte que significa Las Arenas pierde la vida casi la mitad de la población reclusa. Pero en la fosa del antiguo cementerio local no están todos los cuerpos: solo 59 de 144. El Ayuntamiento de La Algaba trabaja en la hipótesis de que exista otro enterramiento colectivo. O que haya sido expoliado. Y en el análisis genético como tanteo para poner nombre a los huesos del listado de víctimas que aportan los historiadores María Victoria Fernández Luceño y José María García Márquez.

La exhumación ha sido realizada por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que también trabaja en la fosa de Pico Reja, donde un pionero análisis químico certifica que allí están los mineros que querían parar el golpe fascista. La actividad ha sido reclamada desde entidades sociales como Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (RMHSA-CGT.A), Nuestra Memoria y Asociación Comarcal Pro Memoria Democrática Vega Media del Guadalquivir y ejecutada con financiación de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP).

«Limpieza» de las calles

«Hay por ahí más cuerpos que no sabemos si alguna vez serán encontrados», lamenta la concejala de Memoria Democrática del Ayuntamiento de La Algaba, Eva María de la Bastida. El rescate de una parte de las víctimas de Las Arenas deja «una sensación agridulce», sostiene. “Feliz porque todos los cuerpos que están en esa fosa van a descansar donde deben, con la dignidad que merecen, pero hay esa tristeza por no poder encontrarlos a todos«, en palabras de la edil.

«Se cierra una etapa» que continúa con la búsqueda «junto a asociaciones, revisando archivos y buscando testimonios orales» con el objetivo de comprobar si existe «otra fosa en el pueblo». Incluso «hablando con personas mayores», dice. Y «a la espera de la Junta de Andalucía realice las pruebas de ADN tanto a los restos como a los familiares», según el Consistorio algabeño.

La «sorpresa mayúscula» enlaza «con la fuerza que da la esperanza manifestada por los familiares», por lo que resulta «ineludible la necesidad de encontrar una segunda fosa común» con las más de 80 personas que faltan, informa el colectivo memorialista de la Vega Media.

El proyecto completaría, de este modo, la «vergonzante lista» de quienes «fueron llevados al citado campo por sus ideas de izquierdas o, simplemente, por ser pobres que ejercían la mendicidad en las calles de Sevilla después de la Guerra Civil, y fueron empleadas como mano de obra esclava en la construcción del Canal del Viar, en otras obras y en faenas agrícolas», mantienen.

Secuestro a «mendigos reincidentes»

En la primera fase de la excavación –mayo de 2021–, el trabajo de campo culmina con 18 exhumaciones y 42 sujetos localizados. La cifra aumenta hasta el total de 59 personas rescatadas por el equipo de Aranzadi, tras la tarea recién finalizada. La fosa común asoma como un espacio ordenado en el que los criminales adaptan los cuerpos a la apertura planificada del terreno.

Entre los huesos hay restos de cal. La muerte, en casos, obedece a enfermedades contagiosas. Hay evidencia de enterramientos en una suerte de cajones de madera que, a modo de infra ataúd, facilitan el transporte de los cuerpos. Alguno de estos contenedores a dos y hasta tres víctimas. No aparecen calzados ni restos de vestimenta. La tierra revela una práctica ausencia de objetos personales: apenas un anillo de latón, un botón de nácar, una prótesis ocular.

Las autoridades sevillanas alientan el secuestro a «mendigos reincidentes». La detención de indigentes, de personas sin hogar, de quienes trasiegan en la más absoluta exclusión social. La orden es clara: retirarlos de las calles como labor de «limpieza». Y sus verdugos completan la tarea dejando morir de hambre y enfermedad a 144 personas.

El campo de concentración de Las Arenas está en el cortijo de Las Torres, en término de Guillena, justo donde en plena guerra civil ya funciona otro centro de reclusión para presos políticos. Tras la reconstrucción, el recinto empieza a funcionar el 7 de octubre del 41 bajo la dirección de Baltasar Pons Ramírez de Verger. Ese mes ya hay ocho muertos, que inauguran la fosa común en el antiguo cementerio de La Algaba.

Campo de exterminio

La represión fascista construye por todo el país una red con más de 300 campos de concentración, como certifica la investigación del periodista Carlos Hernández. Son una fábrica de secuestro, humillación y tortura a presos políticos. Y de mano de obra gratuita, de esclavos del franquismo. Es el uso de los vencidos como botín de guerra.

La provincia de Sevilla suma en torno a 20 de estos centros, muchos dependientes del Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas. Desde Los Merinales y La Corchuela (Dos Hermanas) a El Colector en Heliópolis y Los Remedios en la capital… O para trabajos forzados en el cortijo de Gambogaz (Camas), El Puntal (Isla Mayor), Las Turquillas (Osuna), La Azucarera y Casavacas (La Rinconada) o El Arenoso (Los Palacios), entre otros.

La particularidad de Las Arenas recae en la tarea de barrido social a través de la desaparición de una parte significativa de sus reclusos. El Ayuntamiento de Sevilla proyecta un espacio de «reinserción» convertido pronto en «un verdadero campo de exterminio», relata Fernández Luceño en el libro Miseria y represión en Sevilla (1939-1950).

Todos los presos son varones, con edades entre los 17 y 65 años. La mayoría son de Sevilla, con reos del resto de Andalucía o de Badajoz, Barcelona, Huesca, Las Palmas, Madrid, Pontevedra… e incluso de Argelia y Portugal. Están encerrados en un perímetro de 200 metros de alambrada bajo una fuerte custodia militar. Pero no hay soporte médico o sanitario alguno. Y los cautivos sufren insalubridad, hacinamiento, hambre, frío y malaventura.

Unas condiciones inhumanas que evocan a los campos nazis y propician un alto índice de mortandad. La documentación oficial especifica la causa de las defunciones: desde fallo de las vías respiratorias como neumonía, bronquitis crónica o tuberculosis pulmonar a enfermedades infectocontagiosas de carácter epidémico, como tifus exantemático y paludismo.

O muertes por problemas cardiovasculares, del aparato digestivo, renales… o por septicemia, meningitis, atresia y sífilis. El campo de concentración de Las Arenas queda declarado en 1942 como «zona siniestrada» y los presos vivos quedan reubicados en el albergue de la ciudad de Sevilla, como apunta el informe de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

«Matados» de hambre

Los 144 confinados fueron «matados de hambre y miseria», en palabras de Cecilio Gordillo, de Todos (…) los Nombres_. «No los metieron en una cámara de gas, pero si les dejas de dar de comer y los abandonas, se acaban muriendo igual, por eso podemos llamarle campo de exterminio», explica en el documental Pico Reja.

El listado de los muertos en Las Arenas «parte de los trabajos de investigación de María Victoria Fernández Luceño en los expedientes de la prisión de Ranilla y de José María García Márquez en los Registros Civiles», expone. Los nombres fueron remitidos a los pueblos de procedencia de las víctimas. «Y la inmensa mayoría de los Ayuntamientos de donde eran naturales esos presos no han hecho ni una sola gestión ante los responsables directos de que esto siga existiendo», denuncia.

«La mayoría de las muertes fueron debidas a las condiciones en que estaban los presos, hambre y enfermedades, según las notas del Registro Civil», explica. Toda una geografía del terror, apunta, «en ese campo de exterminio promovido por el gobernador civil de Sevilla con el apoyo, imprescindible, del Ayuntamiento de Sevilla».

En la tierra algabeña solo están 59 víctimas, aunque el depósito estaba cuantificado en 144. Por eso continúan en la búsqueda de otra posible fosa común. E intensificarán el rastreo de descendientes, «hasta el momento se han encontrado unos 25 familiares a los que se ha incluido en una base de datos para cuando se puedan realizar las correspondientes pruebas de ADN», informa la Asociación Comarcal Pro Memoria Democrática.

Encontrar todos los cuerpos es «una parte del camino», apunta Eva de la Bastida. Y la ocultación de los crímenes del franquismo provoca su ignorancia. «En la población hay poco nivel de conocimiento de la fosa y del campo de exterminio, queremos que La Algaba tenga conciencia de su historia«, señala. Y subraya la edil: «No perdemos la esperanza». Más en tiempos, dice, «en que el pensamiento fascista está volviendo a rebrotar y puede ser porque enterramos tanto esa parte de la historia creyendo que iba a herir y lo que ha hecho es pudrir».

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