Málaga. La palabra contra el olvido

Ediciones del Genal rescata ‘Yo estaba allí. Una historia oral de la Guerra Civil y el Franquismo en Málaga’, el libro con testimonios coordinado por Fernando Arcas junto al documental

MALAGAHOY.ES | PABLO BUJALANCE | MÁLAGA | 4-.9-2016

El sangriento tránsito que condujo en España desde la segunda República hasta la dictadura franquista acusa aún, en lo que a conocimiento histórico se refiere, muchas más sombras que luces. La investigación en la materia resulta compleja, tanto por los escasos esfuerzos al respecto de un país tan poco dado a descubrirse a sí mismo como España como por la temperatura política que la revelación de los hechos todavía procura. Hasta que el enfriamiento de las pasiones permita el trabajo de campopreciso, libre, científico e independiente que el episodio merece para el esclarecimiento de lo sucedido, los testimonios de quienes vivieron la experiencia de primera mano resultan esenciales, como urgentes salvavidas, para mantener la memoria a flote. La conservación de tales palabras significará, siempre, el mayor obstáculo para un olvido que parece llegar antes a cualquier sitio. En la provincia de Málaga no han faltado iniciativas puestas en marcha con el fin de conservar viva semejante llama, pero una de las más importantes lleva por título Yo estaba allí. Una historia oral de la Guerra Civil y el Franquismo en Málaga, un volumen casi enciclopédico impulsado por el historiador Fernando Arcas Cubero que reúne más de doscientos testimonios de personas que vivieron el fin de la República, la Guerra y los primeros años de la posguerra en la capital y en otros 55 municipios. El envite nació como un proyecto presentado en 2006 a la Diputación para el estudio de la Memoria Histórica de la Guerra Civil y el Franquismo en la provincia. El material cristalizó en forma de libro por primera vez en 2011 y ahora vuelve a hacerlo de la mano del sello Ediciones del Genal, que acaba de publicar una nueva edición especial que incluye, en un DVD añadido, el documental dirigido por el mismo Fernando Arcas que pone en imágenes la honestidad, brutal en ocasiones, de estos testimonios. 

Para el alumbramiento de Yo estaba allí, Fernando Arcas coordinó un equipo integrado por Concepción Fernández Llaquet, Antonio García Sánchez, Miguel A. Melero Vargas, Patricia Mellado Roldán, Luis Sanjuán Solís, Carlos Sarria Gómez y Miguel Tello Reyes. Tal y como explica Arcas en el prólogo, las entrevistas se realizaron de forma individual y colectiva, con una mayor participación de hombres que de mujeres, en una franja de edad que abarcaba desde los 85 a los 104 años. La mayor parte de los entrevistados pertenecen al ámbito rural, y entre los temas tratados destacan «la vida familiar, la política durante la República, la Guerra y el Franquismo, la economía y la sociedad (con especial mención a las condiciones de vida de los trabajadores), la educación y la cultura, las mujeres, la represión -que ocupa buena parte de los contenidos del trabajo-, la guerrilla, la Iglesia, la religiosidad, el anticlericalismo y el exilio». Los historiadores participantes incluyen en el volumen estudios propios sobre estos asuntos (con concreciones harto interesantes como la evolución del maquis en la provincia), mientras que los testimonios de los entrevistados se articulan en un índice de diecisiete materias, entre ellas la segunda República, la Guerra Civil y sus causas, la huida por la carretera de Almería en febrero del 37, la División Azul, el estraperlo, la educación, la mujer, los trabajadores, la represión republicana y la represión franquista. Destaca Arcas que la de Yo estuve allí es «una historia de jóvenes. Aunque sus testimonios se hayan producido en la vejez, lo que interesa de ellos es que también se refieren a hechos acontecidos en los años 30 del siglo XX». Y admite el doctor en Historia y profesor en la Universidad de Málaga la deuda que la obra mantiene «con los trabajos que Ronald Fraser escribió oportunamente al final del régimen de Franco y en los primeros años de la democracia sobre la Guerra Civil y el Franquismo en Andalucía y España, especialmente de Mijas y Escondido; no sólo porque ambos se refieren a Málaga, sino porque se centran más en los testimonios de los entrevistados que en la construcción de una historia con un discurso cronológico coherente». Así es: en Yo estuve allí los testimonios se insertan en bruto, sin intervenciones ni matices ajenos, desde la misma transcripción de las grabaciones hasta el papel, tal cual. El objetivo no es tanto contar una historia de la Guerra Civil, sus prolegómenos y sus consecuencias inmediatas, sino presentar al lector la voz y la memoria de sus protagonistas, desde muy diversos aspectos, para que esta memoria quede compartida. Subraya Arcas en este sentido que «a diferencia de lo que puede percibirse en las entrevistas de Fraser, nosotros no hemos encontrado resistencias significativas -un velo traumático- de los testigos entrevistados a manifestarse sobre los temas conflictivos, o a prestarse a la utilización de sus nombres. Treinta años después de la realización de sus entrevistas, la generación aún viva de la guerra ha visto desaparecer casi completamente el miedo a las represalias por sus testimonios y sólo en las pequeñas poblaciones de Málaga quedaban reticencias a dar nombres de los responsables de asesinatos, una cuestión que sigue siendo tabú en la mayoría de los casos». En la exposición de los testimonios, cada uno de ellos viene precedido por el nombre del entrevistado y la fecha y lugar de su nacimiento. Y, ciertamente, el resultado delata que los miedos son ya escasos; la impresión de generosidad es de hecho mayoritaria. 

Asomarse a las páginas en las que cunden los testimonios entraña una experiencia similar a la de la conversación cómplice. A menudo la voz de los entrevistados sale de las páginas y adquiere presencia propia a ojos y oídos del lector, una oportunidad que se ve reforzada gracias al documental (cuya banda sonora es obra del compositor Antonio Meliveo). Sobre la vida en la segunda República cuenta Antonio Alarcón Velasco (Humilladero, 1926): «El médico le pregunta al paciente: ‘¿Dónde le duele?’ A lo que el paciente responde: ‘Sobre todo en el estómago’. ‘Eso va a ser del chorizo que te dio Pepe Joaquín para que votaras a las derechas». Sobre el ejercicio de la política ya en el Franquismo, cuenta Miguel García Toro (Istán, 1913): «Yo he sido concejal también, una pila de tiempo. Una vez nos denunció el alcalde Fernando Sánchez, porque no fuimos a la iglesia. No fuimos a misa. Nos multó con 500 pesetas. A Juan Jiménez le sacó 70 duros por llevar alpargatas y no llevar zapatos». Sobre los falangistas apunta Cristóbal Gómez Ponce (Cártama, 1918): «Los falangistas eran caciques, pero había otros falangistas que lo eran por un vaso de vino, iban de acompañantes y los dejaban entrar en los sitios». Y José Ramírez Cruces (Cañete la Real, 1920): «Los falangistas eran hijos de los obreros. Desmayados, algunos señoritos se aprovechaban de nosotros, los que mandaban eran los señoritos. El alcalde hacía lo que le daba la gana y callaítos porque si no ya estaba la guardia preparada para darle un setazo«. Adolfo Fajardo Martín (Málaga, 1909) añade por su parte un matiz revelador: «El clima ya era atractivo. El clima de las juventudes tuvimos muchas luchas. Falange, apareció Falange. Ellos nos quemaron una edición. El Partido Socialista tenía Adelante, un periódico que se llamaba Adelante, y ellos tenían las flechas esas. Ellos nos rompieron una vez toda nuestra edición, que la teníamos en el sindicato de Dependientes de Comercio, que tenían el local en lo que era antes la calle Siete Revueltas». 

Los testimonios sobre la Guerra Civil son a menudo sobrecogedores. El mismo Adolfo Fajardo Martín explica: «No teníamos armas y ellos apuntándonos. De allí salimos cuatro o cinco jóvenes socialistas y fuimos al sindicato de dependientes. Allí teníamos líquidos de esos, alguna pistola que otra, y nos fuimos derechos al sindicato de dependientes. Estaba Cristóbal Aguilar. Reunimos ocho o diez; entre ellos venían dos comunistas, un tal Souto y venía algún joven anarquista también. Cuando nos veían movernos ellos se movían al compás». «De los pisos de la calle Larios, de todos los pisos. Vivía Estrada, en la calle Larios vivía don José Estrada, nos tiraban desde los pisos, nos tiraban, nosotros pegados a las paredes y aquella noche, esa noche no durmió nadie, de las Juventudes Socialistas no durmió nadie». En los municipios más pequeños, el estallido de la guerra revistió estampas propias de una pesadilla, tal y como narra Mercedes Alcaide López (Moclinejo, 1912): «La guerra no se termina de contar… En los primeros días de empezar la guerra, pues no se sabía lo que era aquello, y todo el mundo asustado. Y mira, por todos esos caminos de esos pueblos asomaban gentes… unos con unas cosas, otros con otras, uno con una gallina. ¿Dónde vas con esa gallina? Este pueblo se puso así y aquí no había donde pararlos y como la iglesia estaba vacía… pues todo el mundo a la iglesia, y la iglesia se puso así de gente de por ahí, pero aquí los pararon… ¿Pero dónde vais si por ahí está eso peor que aquí?».

Algunos testimonios sobre la huida por la carretera de Almería son bien explícitos, como el de María Reyes García (Málaga, 1924): «Bueno, iba gente en los camiones, pero iría gente… Y vamos, gente de los pueblos en los burros, y al final tenían que dejar a los burros y todo, porque aquí no comía nadie y los burros no podían y ya andando… ¡Vaya! Eso es el desastre más grande que se ha conocido en la guerra de España, y eso lo han callado. Que eso no, no, no…» Y José González Moreno (Málaga, 1924): «A la carretera de Málaga a Almería le pusieron de nombre la carretera de la muerte, porque el crucero Canarias empezó a cañonear y a ametrallarlas la carretera con tantas criaturas que iban huyendo. ¡No vea usted la cantidad de muertos que originó! Yo estaba en el hospital y dio la casualidad que llegaron tres camiones, no uno, tres. En la batea lleno de muertos, mujeres mayores, jóvenes, niños, de los que habían muerto de los cañoneos y ametrallamientos de la carretera. Entonces, el comandante militar que estaba allí le dijo a uno de los soldados que llevaba uno de los camiones: ¿Y esto por qué lo traen ustedes aquí? Donde lo tienen ustedes que llevar es al cementerio». 

En cuanto a la represión desde ambos bandos, los recuerdos difícilmente podrían ser más escalofriantes. José Castaño Ruiz: (Cañete la Real, 1921): «Hubo una maestra que por ser de derechas la violaron dieciséis veces antes de fusilarla. Se llamaba doña Isabel Piqueras». Amparo Arjona Orozco (Almargen, 1926): «A mi padre lo cogieron, y veníamos en el tren y llegó uno a por él. Se lo llevó y a los tres días o cuatro lo mataron. No era político ni nada, ni se metía con nadie nunca». El silencio que sigue es tanto o más elocuente.

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