Nicolás Sánchez-Albornoz: «El Valle de los Caídos no puede ser como Arlington en Estados Unidos»

EL MUNDO | MAURICIO H. CERVANTES | ÁVILA | 5-8-2018

Con ocasión del 70 aniversario de la fuga en la que se inspiró la película ‘Los años bárbaros’, el historiador reflexiona sobre el exilio, la Memoria Histórica y el futuro de la actual tumba de Franco

Tiene 92 años, pero el apretón de manos de un hombre de 30. Cuesta creer que es alguien que lleve más de nueve décadas a cuestas, y no sólo por su erguida y fornida figura, sino por la prodigiosa memoria con la que relata algunos episodios de su estancia como preso en Cuelgamuros, así como de su dos exilios: el español y el argentino.

Es la víspera de agosto y Nicolás Sánchez-Albornoz lee a Fred Vargas a la sombra de un árbol en la finca abulense que fue de sus abuelos. En ese lugar, al que los taxis de Ávila se niegan a ir debido a las malas condiciones del camino, quien fuera el primer director del Instituto Cervantes (1991-1996) se resguarda del calor madrileño. Pero no está solo: dos viejos y enormes mastines, el aire del campo y una barbacoa con la leña puesta para el asado le acompañan. Pero también es la víspera de los 70 años de su épica fuga del Valle de los Caídos (que fue llevada a la gran pantalla en 1998 por Fernando Colomo en Los años bárbaros). El 8 de agosto de 1948 se escapó de ese sitio al que no ha querido ni quiere regresar: aunque los restos de Franco lleguen a ser exhumados.

Ha dicho que no tuvo miedo cuando se fugó de Cuelgamuros.

En el momento de la fuga no me ocupé de averiguar si tenía miedo o no. Lo importante era seguir adelante y ponerse a salvo. El miedo me llegó después, cuando leí ‘Otros hombres’, la novela de mi compañero de fuga, Manuel Lamana. Pero ya estaba sentado cómodo en una silla (ríe).

Muchos exiliados echaron raíces en México y en Argentina, ¿por qué regresó a España?

Pasé mucho tiempo en Argentina y en Estados Unidos, pero siempre supe que mi estancia en el extranjero sería provisional. Fui de los que esperó a que cayera el régimen para volver, porque aquí estaban mi familia, amigos y compañeros.

«El que se va no vuelve, aunque regrese», escribió José Emilio Pacheco, ¿qué dejó usted en sus exilios?

De mis 18 años en Argentina conservo dos hijos y dos nietos. Y mis recuerdos. Pero no me apetece volver en absoluto. Porque es un país que ha evolucionado de una manera que no me gusta nada. ¡Y eso que soy un exiliado argentino! Fue el golpe de estado de 1976 lo que me forzó a irme a Estados Unidos. Eso fue una ruptura, una herida, muy grande. Lo que sí echo de menos de Argentina es un buen bife, pero un chuletón de Ávila no tiene nada que envidiarle.

¿Le asedian aún los fantasmas de la represión y de aquellos años bárbaros?

La Guerra Civil la pasé en Francia. Y todo lo que tengo que decir sobre aquellos años ya lo escribí en ‘Cárceles y exilios’ (Anagrama, 2012). Pero más que fantasmas lo que tengo es una enorme satisfacción por ver que hoy España es un país distinto a lo que era durante el franquismo. El movimiento feminista está a la orden del día, y eso en 1948 era inconcebible. Y respecto a la homosexualidad, también. Hoy un político puede serlo y decirlo abiertamente y nadie lo criticará por eso. Que algunos piensen lo contrario en privado es distinto, pero eso antes era impensable. Esto supone un gran cambio de mentalidad y en los hábitos sociales. Residuos franquistas los hay todavía, pero ya no imponen su ley. Hoy el 60% de los matrimonios son civiles, ¡dígame si no hay un cambio!

¿Volvería a Cuelgamuros?

No. No tengo ninguna razón para ello.

En su opinión, ¿cuál debería ser el futuro de ese sitio?

Eso es muy difícil de responder. Tiene mala solución. Lo de hacer un cementerio al estilo del de Arlington, como así lo propuso Albert Rivera, es una idea absolutamente ridícula. En el caso de Estados Unidos, se trata de un lugar completamente neutral, no hay ningún signo o símbolo que pueda molestar a nadie. Pero en Cuelgamuros ¿qué van a hacer?, ¿poner a todos debajo de la cruz de la cruzada?, ¿o van a volarla para poner una hoz y un martillo del mismo tamaño? No tiene una salida fácil ese tema.

¿Qué valoración hace de la Ley de Memoria Histórica?

Es una ley insuficiente, porque no ha solucionado nada. El problema es anterior, desde la Transición. El cambio de régimen no quiso plantear cuestiones que se pudieran interpretar como revanchistas. No se tocaron ciertos temas, con el objetivo de que la izquierda pudiera dar una oportunidad a la derecha de que evolucionara por sí misma. Pero eso no sucedió. Ahí teníamos a la vicepresidenta de Rajoy hablando de democracia y de la Constitución, pero la derecha no se ha dado cuenta de que para ser verdaderamente constitucionalistas y democráticos es necesario repudiar la dictadura y el autoritarismo.

Para Maurice Halbwachs (sociólogo francés fallecido en el campo nazi de Buchenwald) memoria e historia no podían coincidir en un mismo término.

Yo, como historiador, creo en la Historia. Me fio más de los documentos que del recuerdo. Por eso, cuando los neofranquistas hoy niegan la represión de entonces, yo les digo: «Id a los archivos». Todo régimen autoritario es muy burocrático, así que los papeles ahí están. La cuestión es el acceso a ellos, y que muchos están falsificados.

¿Y la memoria?

Está bien. Sirve para adelantar ciertas búsquedas de información para el historiador. Y, en todo caso, para romper 40 años de silencio.

¿Cómo juzga los casos de corrupción en la España democrática?

La corrupción se consolidó con el franquismo, y, sin duda, somos herederos de eso.

http://www.elmundo.es/cultura/2018/08/05/5b65ecbcca4741146b8b4612.html