Recordar es vivir, por Fernando Ayala

Recordar es vivir, por Fernando Ayala Vicente

Elperiodicoextremadura.com/27/02/2016

He leído una publicación de Angel del Río Sánchez sobre las políticas de la memoria. Rápidamente me ha inducido a una serie de reflexiones, que dada la limitación del espacio de este artículo, trataré de sintetizar.

De entrada, nos recuerda el autor que el siglo XX (es decir, prácticamente ayer) fue el siglo de los genocidios: los armenios, Camboya, Guatemala, los tutsis en Ruanda, la exYugoslavia…

Si nos situamos en la España desde la guerra civil a nuestros días, el extremeño Francisco Espinosa dividiría el periodo en cuatro etapas: la Dictadura viene representada por la negación de la memoria. La Transición (1977-1982) por la política del olvido (impulsada por la Ley de Amnistía de 1977). Los primeros gobiernos socialistas (1982-1996) por la suspensión de la memoria (posiblemente debido a la influencia del golpe de Estado del 23-F). Los primeros gobiernos del PP (1996-2004) por el resurgir de la memoria. Así, llegamos hasta nuestros días, marcados por el hito de la conocida como Ley de Memoria Histórica durante el Gobierno socialista de Zapatero en el año 2007. Fue el primer intento y gran avance al tratar de saldar con instrumentos institucionales la deuda contraída con las víctimas del franquismo. Ahora le está tocando este papel a las comunidades autónomas.

Uno de los tímidos progresos conseguidos ha sido la renovación de la terminología. Ya no se habla de ejecutados, sino de asesinados. De paseados, sino de desaparecidos. De alzamiento, sino de golpe de estado. De caudillo, sino de dictador.

Se han vuelto a poner de actualidad, quizás por la judicialización de la memoria, asuntos de los que muchos habrían querido permanecer un tupido velo: los casos de bebes robados, los actos de reafirmación en cementerios y en lugares de la memoria, donde se leen listados de víctimas, poemas, se entonan canciones e himnos… o los trabajos forzados de los presos esclavos que contribuyeron a la realización de grandes obras públicas (como los canales) y al enriquecimiento de algunas fortunas de este país. Peculiar fue, en este sentido, el asentamiento de los familiares de los presos en torno a estas obras, generando en algunos casos auténticas barriadas obreras, baluartes en un futuro próximo de la izquierda antifranquista.

Hoy estamos a tiempo de poner en valor este enorme potencial afectivo organizando, por ejemplo, visitas de escolares y personas interesadas (como sucede en algunos países de Europa) gracias a los emprendedores de la memoria. Porque, como decía Saramago «recordar es vivir y mantener vivos los sueños».