Sevilla. Blasco Garzón, el regreso del exiliado

La Hispalense recibe el legado de quien fuera ministro de la Segunda República y el presidente del Ateneo que posó con los poetas del 27

El Mundo | Eva Díaz Pérez | 12-2-2016

Dentro de las fotografías hay una niebla azulgris y todo parece aún posible, porque nada anuncia el viento sucio de la guerra. Manuel Blasco Garzón posa junto a los jóvenes poetas y corre el lluvioso diciembre del año 1927. Blasco Garzón era presidente del Ateneo en sus años más gloriosos, cuando la institución invita a los jóvenes poetas que formarán parte de la Generación del 27, la que también sería la generación perdida porque esta fotografía está llena de muertos, exiliados y espectros de un tiempo cruel.

Blasco Garzón aparece en el centro de la instantánea junto a los poetas -Lorca, Alberti, Gerardo Diego, Guillén, Dámaso Alonso, Bergamín, Bacarisse o el narrador Juan Chabás- y a su buen amigo, también miembro del Ateneo, el médico José María Romero Martínez, que será asesinado en los primeros días de la Guerra Civil en Sevilla dentro de la represión derechista iniciada por Queipo de Llano.

Manuel Blasco Garzón también pudo haber sido asesinado en aquella Sevilla de sangre y fuego. Lo salvó el azar, ya que se encontraba en Madrid a causa de su responsabilidad como ministro de la Segunda República. Salvó la vida, pero tuvo que elegir la tragedia del destierro estableciéndose en Buenos Aires como cónsul del gobierno de la República en el exilio. Murió en 1954. Nunca regresó a su querida Sevilla.

Sin embargo, ayer regresaron sus fotografías, sus papeles y sus cartas. Ahora entrarán a formar parte de la Biblioteca General Antonio Machado y Núñez de la Hispalense, la misma universidad en la que estudió Derecho entre 1900 y 1905.

Blasco Garzón regresó con un discreto y emocionante homenaje a su memoria. Con sus papeles también llegaron sus descendientes, en especial, su nieta Dora Luisa Dachevsky, emocionada por el tributo rendido a su abuelo y por el reencuentro con las calles, la luz y las historias relatadas durante años por su madre. «Cuando él murió yo era muy pequeña, apenas tenía nueve años pero mi madre me contaba historias. Fue en una conferencia de Claudio Sánchez Albornoz allá en Argentina cuando fui consciente de quién era», explica mientras recuerda sorprendentes historias familiares como cuando Matilde Palomino León, esposa de Blasco Garzón, que se había quedado escondida en la Sevilla de Queipo, tuvo que salir escondida hacia La Línea y de allí a Marruecos adonde había viajado su marido desde Argentina. «Todo era como de película», evoca.

El historiador José Leonardo Ruiz muestra los papeles. En las instantáneas aparece Blasco Garzón en sus múltiples facetas: ministro de la Segunda República, director de la Academia de Buenas Letras, presidente del Colegio de Abogados, del Aeroclub de Andalucía y del Club Rotario de Sevilla, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento, miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, hermano del Silencio o masón. Además de que entre 1923 y 1926 fue presidente del Sevilla F.C. como Sánchez Mejías lo sería del Betis. Y apunta el alcalde Juan Espadas que «es difícil encontrar un sevillano que haya sido tantas cosas».

Es cierto. Por eso sorprende que, como tantos exiliados, la memoria de Manuel Blasco Garzón haya tardado tanto en recuperarse. España aún tiene muchas asignaturas pendientes con el exilio. Aunque hay algunas personas que han activado este reconocimiento desde hace años como Matilde Donaire, Juan Castro, Antonio Miguel Bernal o José Villa. Además de los historiadores Juan Ortiz Villalba que lo recordaba en su libro Del golpe militar a la Guerra Civil o Francisco Morales Padrón que lo rescató con emoción en la obra Manuel Blasco Garzón. Un sevillano del exilio. Ayer, el rector de la Hispalense, Miguel Ángel Castro, aprovechó para pedir al alcalde una calle para el abogado, iniciativa que ya realizó el Sevilla F.C. en 2003. Hoy a las doce la Real Academia Sevillana de Buenas Letras ofrecerá un homenaje a quien fuera su director.

La donación a la Universidad en este viaje de ida y vuelta está llena de melancolías. En los papeles de un hombre exiliado está escrita su memoria. También en el hermoso libro al que Blasco Garzón se dedicó en sus años de transterrado, Evocaciones andaluzas, un libro que es casi una autobiografía desde lo más hondo del alma, unas memorias, un juicio ante sí mismo, una confesión: «La forja de estas páginas se debió, exclusivamente, a mi deseo de tener todas las semanas una hora abierta para esta oración, en recuerdo de la patria ausente». Así se agarraba a la memoria para no perderse.

Lejos queda aquella Sevilla que no perdonó a este hombre ilustrado, demócrata y amigo de personalidades de todo el espectro político de aquellos tiempos convulsos. Entre la burguesía más reaccionaria -la que desgraciadamente triunfó- no se entendió que el abogado se comprometiera con los obreros llegando a defenderlos ante los tribunales.

En los papeles destaca la correspondencia con su amigo Diego Martínez Barrio, presidente de la Segunda República, también en el exilio. Y nos asomamos a la historia de amistad entre dos sevillanos desterrados:«Mi estado de salud es delicado (…) son los años, los acontecimientos pasados y la dureza moral de la separación de todo lo que amé tan hondamente. Llevar con dignidad el trance es lo único que me preocupa. Por lo demás, aquí recluido en casa, todavía trabajo y ayudo a la causa común. Y seguiré haciéndolo hasta el momento final».

http://www.elmundo.es/andalucia/sevilla/2016/02/12/56be4cd8e2704e5f558b45b3.html

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