Sevilla. Sardanas en la Feria de Abril.

Recuerdo. Leandro Álvarez Rey evoca la visita que Martínez Barrio y Lluís Companys hacen a Sevilla el 21 y el 22 de abril de 1936 cuando presidían la República y la Generalitat.

DiariodeSevilla.es/Francisco Correal | Actualizado 15.04.2015 – 06:48

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AQUELLA visita al Sur le resultó mucho más agradable. En 1934, Lluís Companys fue encarcelado en el penal de El Puerto de Santa María por haber proclamado la República catalana al socaire de la huelga general y de la revolución de Asturias. Dos años más tarde, el 21 y 22 de abril de 1936, vino a Sevilla con el mejor de los anfitriones: Diego Martínez Barrio, sevillano, hijo de un albañil y de una vendedora del mercado de la Encarnación, que visitaba a sus paisanos como presidente interino de la República. El único español hasta la presente que ha presidido las tres magistraturas más importantes: el Gobierno, las Cortes y la jefatura del Estado.

El sevillano Martínez Barrio sustituyó al frente de la República al cordobés Niceto Alcalá-Zamora. Desde Al-Andalus y hasta Guerra y Felipe no se conocía tanto poderío. El Centro de Estudios Andaluces que dirige Mercedes de Pablos presentó dos novedades editoriales relativas a ese periodo. Se llenó el Aula Carriazo, pero el asunto no concernía a arqueólogos o medievalistas, las dos disciplinas en las que se especializó el titular de este espacio de la antigua Fábrica de Tabacos.

Lluís Companys (1882-1940) es uno de los personajes retratados por el periodista y anarquista argentino en su libro Cuando en España estalló la paz. Un testigo de los rigores de la prisión de Porlier. Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Moderna, prologa el libro Del Frente Popular a la rebelión militar, escritos de Diego Martínez Barrio (1883-1962) en las que éste cuenta cómo se enteró del asesinato de José Calvo Sotelo al regresar de unas breves vacaciones familiares en julio del 36 en la playa valenciana de la Malvarrosa.

Los dos libros los edita Renacimiento, presente con Cristina Linares, hija de Abelardo, atinado cazador de rarezas bibliográficas del exilio. Del destierro, como le gustaba a Martínez Barrio hablar de su penosa condición.

Fueron días de vino y rosas en Sevilla. Martínez Barrio tenía una obligación moral con su ciudad, que no había visitado ningún jefe de Estado desde la caída de la Monarquía, aquel régimen que duró 48 horas tras el triunfo de las izquierdas y las derechas republicanas en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Leandro Álvarez Rey retrató la soledad del rey Alfonso XIII, abandonado por todos, incluidos los gallitos castrenses Mola y Sanjurjo, que un año después protagonizaría un intento de pronunciamiento y era el auténtico cerebro del levantamiento del 36 en detrimento del protagonismo del propio Mola o de Franco.

Companys murió ante un pelotón de fusilamiento y Martínez Barrio en el destierro parisino. Las dos Españas de cualquier 14 de abril. Martínez Barrio volvía en abril del 36 a la ciudad en la que fue aprendiz de panadero, concejal en dos etapas distintas. Les cundió la visita. En un primer landó, viajaba el presidente de la República con el alcalde Horacio Hermoso Araujo. Detrás, otro landó llevaba a Companys y José Manuel Puelles de los Santos, presidente de la Diputación. Los dos acompañantes de tan ilustres visitas figuraron entre las primeras víctimas de la represión.

El primer destino de Martínez Barrio en la Corte fue ministro de Comunicación del primer Gobierno provisional, despacho en la nueva sede del Ayuntamiento de Madrid que el 24 de mayo tendrá nuevo inquilino. Dejó escrito que esos honores le dejaban «entre ausente e indiferente». «Aquí nací y aquí probablemente descansaré cuando me llegue la muerte». Su deseo se hizo realidad en enero de 2000, casi cuarenta años después, cuando regresaron sus restos a Sevilla con los de sus sucesivas esposas Carmen y Blanca Basset.

En su visita a Sevilla, Martínez Barrio y Companys fueron al Alcázar, a una novillada en la Maestranza, fotografiados en el palco del Príncipe, almorzaron en la Venta Antequera y recorrieron el Guadalquivir en un remolcador mientras sonaban las sirenas de los vapores. Fueron al real de la Feria, donde un grupo folclórico catalán bailó unas sardanas. En la caseta de Unión Republicana oyeron interpretar el himno nacional y Els Segadors. Visitaron la emisora de Unión Radio Sevilla cuyos micrófonos usaría Queipo para envenenar el ambiente.

Dos hombres unidos en su trayectoria, ahijados políticos de Alejandro Lerroux, el emperador del Paralelo, separados en sus orígenes. A la estación de Plaza de Armas fue a despedirlos el cardenal Ilundain. Álvarez Rey mostró fotos de la multitud vitoreándolos. «Ahí tienen esa Sevilla sin republicanos que nos retratan los escritores costumbristas».