Un lugar de homenaje y memoria recordará a los 10 fusilados de Burgo de Osma

Fue la primera fosa exhumada oficialmente en la provincia de Soria, aunque tan solo inhumaron los cráneos de los asesinados. Las víctimas denuncian el olvido institucional al que se ven sometidas y recuerdan cómo los golpistas fusilaron a cientos de personas incluso allí donde triunfó el golpe de Estado.

Foto: Manuel Acereda, con 39 años.

A Eugenio Aylagas, de pequeño, sus maestros le retiraban de la fila mientras sus compañeros entonaban el Cara al sol en la escuela. Aquello, de lo que ahora se alegra, no era sino otra forma de marcarle como familiar de un rojo. Su abuelo, natural del soriano Burgo de Osma y con el que comparte nombre y apellido, fue fusilado el 15 de septiembre de 1936 en Bayubas de Abajo por varios falangistas. Allí, en la carretera del Puente Ullán a Tajuec, km 0,5, fueron enterrados una decena de cuerpos cuyos cráneos en 1971 se llevaron al cementerio de Burgo de Osma, convirtiéndose así en la primera exhumación autorizada de la provincia. Ahora, más de 85 años después de los asesinatos, la asociación Recuerdo y Dignidad creará un lugar de memoria y homenaje en el lugar.

«Aquí en Soria no hubo Guerra, ¿entiendes? No hubo frente de guerra ni nada. Esto que ocurrió en Burgo de Osma fue un crimen. Aquel 15 de septiembre el alguacil del pueblo llamó a estos diez hombres y como ellos no habían hecho nada se presentaron en el cuartel a las 9 de la mañana», relata el propio Aylagas. Poco después, dice, llegaría una de las tantas escenas repetidas a lo largo y ancho de la geografía española, pues los ocho hijos que su abuelo trajo al pueblo se agarraron a sus pantalanes como una triste forma de evitar que le subieran al camión.

Era una persona ágil, desenvuelta, inteligente también, y propietario de unas pequeñas tierras que desaparecieron para su familia tras su asesinato. «Los fusilaron extrajudicialmente e hicieron desaparecer sus cuerpos forzosamente. A mí me dijeron que fue la Guardia Civil quien les dio las armas a los falangistas. Menos mal que alguien, como fuese, se enteró de que estaban allí», dice Aylagas, que estuvo presente en el desenterramiento de 1971. Según recuerda, la exhumación se aceptó por las autoridades franquistas para dar «satisfacción» personal a uno de los familiares de los asesinados que trabó cierta relación con el obispo del momento.

«Aquella vez el alcalde no se dirigió al pueblo para decir que habían matado a una decena de vecinos, ni siquiera para ver cómo aportar para la exhumación», rememora. En realidad, el desenterramiento lo sufragaron los familiares y tal y como afirma este vecino de Burgo de Osma, la inhumación que se llevó a cabo únicamente correspondía a los cráneos de los asesinados.

La Iglesia tampoco se inmutó aquel 15 de septiembre de 1971. Pese a que estaban dando digna sepultura a diez personas bautizadas, ni siquiera tuvo lugar un mínimo acto religioso, rememora Aylagas, a quien lo que más le duele es que las diferentes corporaciones municipales, durante estos años, no han querido hablar sobre el asunto.

Los fascistas fumando puros

Su abuela quedó viuda con ocho bocas que alimentar. Su padre tenía 7 años cuando mataron a su abuelo. «Ella sobrevivió en condiciones infrahumanas, humillada e insultada por casarse con un rojo. Le quitaron todo, las pequeñas tierras que tenían y una vaca, que con la leche alimentaba a los hijos, también le desapareció», relata Aylagas. Su padre, claro, tuvo que hacer de tripas corazón: «Mi padre, el pobrecito, me dijo una vez en la plaza del pueblo que ahí estaban sentados los caciques que mataron a mi abuelo. Yo aún estaba despertando a la vida pero no tardé mucho en entenderlo. Que me tenga que decir eso mi padre, que ahí estaban los asesinos de su padre, los fascistas fumando puros…», se emociona.

 Eugenio Aylagas Antón, el abuelo, fue hortelano, y aunque no militaba en ninguna organización política, sí estaba señalado por republicano, como solía suceder en las localidades pequeñas en las que todo el mundo dice conocerse. Aylagas nieto, desde su experiencia, advierte: «Espérate porque todavía se fortalecen aún más esas ideas fascistas, como aquí en Castilla y León que quieren quitar la Ley de Memoria».

Silencio en la boca, lágrimas en los ojos

Silvio Orofino es otro de los protagonistas de esta historia. Nació en 1944 y dedicó su vida a ser abogado laboralista en la UGT. Dos tíos suyos fueron fusilados aquel 15 de septiembre de 1936: José Orofino Huerta, a los 36 años, y Sebastián, su hermano cuatro años menor. «Yo me enteré de esto por un libro que publicaron sobre la Guerra Civil en Soria, muy tarde, porque en mi casa nunca se habló de ello», aduce. José y Sebastián eran «unos simples obreros», les describe su sobrino, que iban por los pueblos arreglando sartenes y pucheros. «Y sé que uno de mis tíos tenía dos hijos, pero no tengo ni idea de dónde pueden estar», añade.

«Realmente no llego a entender por qué les mataron a ellos, qué peligro suponían dos trabajadores que iban de pueblo en pueblo para poder comer», reflexiona Orofino. Él, que siempre ha vivido en Burgo de Osma, no sabía nada de la exhumación de 1971 cuando se produjo, aunque le hubiera gustado acudir. Desconoce, además, si su padre lo hizo: «Es que él nunca me ha dicho nada de esto, yo creo que seguía con el miedo en el cuerpo. Lo intenté hablar con él una vez cuando me llegó el libro, pero se quedaba callado y lacrimoso, se le saltaban las lágrimas y no me decía nada», resume Orofino.

Por suerte, este abogado laboralista no sufrió la represión por ser familiar de un fusilado durante la Guerra Civil, aunque sí notó que era «de los pobres», como él dice. «En la época del racionamiento, sí que vi que éramos los pobrecitos del pueblo, al igual que otros muchos», apuntilla. Después, cuando su padre fue chófer y más tarde taxista, las cosas mejoraron.

Para él, el abandono institucional que han sufrido es casi igual que el fusilamiento. «Esto me entristece y cabrea mucho, pero qué les vas a hacer. Lo mínimo es que se pueda recordarlos», enfatiza Orofino. Al igual que Aylagas, considera que este tipo de homenajes deberían estar sufragados por el Estado: «Qué menos que promocione y pague todo lo posible para que se hagan las exhumaciones y esta gente pueda estar enterrada en un lugar digno», dice el abogado laboralista ya jubilado.

Matar allí donde no había guerra

Iván Aparicio es presidente de Recuerdo y Dignidad, la asociación memorialista de Soria que llevará a cabo la creación del lugar de memoria y homenaje en Bayubas de Abajo, el municipio al que fueron llevados estos diez vecinos de Burgo de Osma para que fueran fusilados. Incide en que esta fue la primera exhumación de la región que se realizó con el beneplácito de las autoridades, «porque mucho antes, después de la Guerra, alguna gente que sabía dónde estaban sus familiares iban a sacarlos de forma clandestina», incide.

Retrotrayéndose a 1936, este memorialista defiende que «lo ocurrido en Soria es lo que tenían preparado para toda España, un ejemplo de violencia sistemática contra civiles». Se refiere a la inexistencia de un frente de guerra en la zona, pues allí triunfó el golpe de Estado unas horas después de producirse, «y aun así mataron, que tengamos constancia, a más de 600 personas en la provincia, a quienes se les hace desaparecer», subraya.

Aparicio apunta que entre los diez fusilados de Burgo de Osma se encontraba un concejal, pero los demás no poseen aparente relación política alguna. «Eso era un eximente, porque si les habían matado por envidias o rencores, a esa familia no le hacían tan imposible la vida, así que muchas familias negaban la adscripción política del asesinado para poder sobrevivir en la dictadura», agrega.

A partir de este 15 de septiembre de 2022, en el kilómetro 0,5 de la carretera del Puente Ullán a Tajuec habrá un memorial en recuerdo a estas víctimas de la represión golpista: Agustín Alonso Zuloaga, de 54 años; su hijo Elías Alonso Téllez, de 31 años; Cayetano Zapatero Etxeguren, de 43 años; Miguel Arribas Tejedor, con 44; Eugenio Aylagas Antón, con 39; José Orofino Huerta, de 36 años, y su hermano Sebastián, de 32; Manuel Acereda, con 39 años, Manuel Andrés de Jesús, con 30 años; y Julián Torre Carro, fusilado a los 29 años.

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