Un monumento franquista en mitad de la nada: no por no mirarlo deja de existir

Un accidente aéreo hizo que el ingeniero del Golpe de Estado de 1936, el general Emilio Mola, muriera junto a un pueblo de Burgos que tuvo que cambiar de nombre y contribuir a la construcción de un monumento en su honor, hoy abandonado

Elena Cabrera / 25 de agosto de 2021 21:58h /

Como un tímido wannabe del Valle de los Caídos, también en medio de la nada, se alza un monumento al llamado director del Golpe de Estado de 1936, Emilio Mola. A diferencia de Franco, que eligió Cuelgamuros en un ataque de inspiración místicofascista, Mola no escogió exactamente este cerro de Burgos para caer sobre él, sino que fue el avión en el que viajaba el que se estrelló ahí, al igual que el que cierra los ojos y, moviendo un dedo sobre un mapa, decide viajar hasta ese sitio. Mala suerte.

 

A dos kilómetros, el pueblo más cercano, Alcocero, pasó a llamarse Alcocero de Mola, como si el general, con su estrepitosa caída, lo hubiera conquistado para sí. Mola y otros cuatro militares volaban de Vitoria a Valladolid para supervisar el contraataque rebelde a la ofensiva republicana sobre Segovia. Era el 3 de junio de 1937 y había mala visibilidad.

Quitarse a Mola del medio allanó el camino a Franco para convertirse en Caudillo, por lo que no debió nunca agradecerle lo suficiente a aquel bimotor Aispeed Envoy, si es que fue fortuito, que le arrebatara la vida a aquel que le venía haciendo sombra. Mola cayó «a los infiernos» con «llamas en la cola y en el culo», según escribió Pablo Neruda.

Para llegar a este sitio hay que tomar desde el pueblo una pista de tierra que aún conserva algún resto de asfalto roto. Un cartel de desvío anuncia que el monumento está a tres kilómetros. Hay un par de curvas cerradas pero el acceso es sencillo. Antes de llegar ya asoma la estructura, en el punto más alto del cerro Perejil. Tiene 22 metros de alto y su acceso está flanqueado por un pasillo de pinos y robles. Como un templo maldito esperando a ser descubierto, 500 metros de escalinatas y rampas llevan hasta él, comidas en parte por la naturaleza invasora.

En el frontal, un enorme escudo imperial. Debajo, el apellido del general en enormes letras mayúsculas. Por el otro lado hay una puerta. Quién sabe qué se guardará en su interior. En la parte baja, tras una rampa de descenso, una línea de cinco arcos recuerda a los cinco ocupantes del avión siniestrado: Pozas, Chamorro, Barreda, Senac y Mola. Tras ellos, cinco cruces que marcan el sitio en el que se recogieron los cadáveres, y una larga inscripción que hoy es ya ilegible. Pintadas con espray y tachaduras intentan sobreescribir algo, sin llegar a conseguirlo. Una consulta a la hemeroteca desvela que el texto es un relato épico y empalagoso de la vida del militar: «Quien cien veces en su vida arrostró el peligro de la guerra con ánimo sereno y corazón levantado vino a morir con las alas rotas». 18.000 metros cuadrados de franquismo abandonado a su ruina, pero no destruido ni transformado. Simplemente, se le ha dado la espalda.

Franco inauguró aquella aberración dos veranos después del accidente, en 1939. Se situó debajo de las enormes letras de MOLA y dirigió desde allí un discurso, acompañado por los embajadores de Japón, Alemania e Italia, así como de representantes de la Santa Sede. Soldados de la guardia mora se situaron en distintos puntos de altura en las escaleras, escenificando una puesta en escena exótica y solemne. El tiempo aquel día era casi tan malo como cuando se mató Mola.

El régimen presumía de rapidez: en dos meses se habían ventilado la obra. Junto al propio monumento, también se ha olvidado que fueron los presos con su trabajo esclavo los que se encargaron de ella, como en el Valle de los Caídos, como en la línea de ferrocarril Madrid-Burgos o el aeropuerto de Lavacolla. En esta ocasión, fueron cientos de ellos, incluidos brigadistas internacionales, extraídos del campo de concentración de Miranda de Ebro. Y, junto a los presos republicanos, hombres de los pueblos cercanos fueron obligados a acarrear la piedra desde la cantera de Villalómez, a casi diez kilómetros y cuesta arriba, arrastrándolas con bestias. 

Juan Bautista Sagredo es el alcalde de Alcocero de Mola al que le cayó en 2016 una denuncia por incitación al odio firmada por el abogado Eduardo Ranz, dedicado a causas memorialistas. Para Ranz, el monumento incumple la Ley de Memoria Histórica y hay que retirarlo de allí. Bautista no estaba de acuerdo: «Es una pérdida de tiempo y de fondos», dijo. Tampoco estaba por la labor de quitar a su pueblo el apellido del golpista. A diferencia de Bautista, otro alcalde sí se atrevió a desarticular un homenaje a Mola. Se llama Joseba Asirón y firmó la orden de exhumación de los siete franquistas que permanecían enterrados en la cripta del Monumento a los Caídos de Iruñea. Los familiares del militar respetaron el acuerdo municipal. El listado de alcaldes que tienen trabajo por delante para sacar a Mola de sus pueblos y ciudades aún es largo, como lo es la cantidad de calles en toda España que todavía llevan su nombre.

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