Zamora. La cárcel de los curas

El concordato con el Vaticano permitió la apertura en 1968 de la única prisión del mundo para sacerdotes, quienes purgaron sus pecados políticos entre rejas. ​​El documental ‘Apaiz Kartzela’ les pone cara a aquellas sotanas antifranquistas.

A Jon le dieron tal somanta de hostias sin consagrar que no le permitieron recibir visitas durante un mes. Mikel sufrió los rigores del invierno sin calefacción, ni siquiera un maldito brasero para espantar el frío. Alberto pudo conjugar el verbo comer gracias a la comida que enviaban desde fuera. Periko recuerda que dormían todos juntos, porque la única celda individual era la de aislamiento, donde Jon estuvo encerrado un año. En 1968, España era la que era y quizás no extrañen las condiciones en las que malvivían los presos. Solo que aquellos presos eran curas.

Cuando Mariano Gamo (Tamajón, Guadalajara) fue encerrado en la única prisión del mundo exclusivamente para sacerdotes, pensó: «Zamora estaba amurallada de invierno antes que piedra». Además, el recinto no había sido acondicionado como dios manda. «No era una cárcel adecuada para cumplir una larga condena. Estaba prevista para llevar a los juzgados y condenados a otro penal», recuerda Martin Orbe (Errigoiti, Bizkaia). Sin embargo, algunos llegaron a estar recluidos hasta siete años.

La apertura de una prisión solo para curas fue una artimaña del franquismo para domesticar a las ovejas negras —más bien rojas— que se habían alejado del rebaño nacionalcatólico. Los acuerdos con el Vaticano establecían que ningún sacerdote podría ser juzgado en un tribunal civil sin permiso de Roma. En caso de condena, era recluidos en una comunidad religiosa, pero el estigma de los pecadores o el peligro de contagio entre los clérigos motivó que los conventos se mostrasen reacios a acogerlos.

Entonces, el régimen se sacó de la manga la cárcel concordataria de Zamora. En realidad, un pabellón del penal provincial donde no tenían contacto con el resto de los reclusos y el acceso era restringido, la correspondencia, revisada, y las visitas, sometidas a vigilancia. Durante años, más de cien curas pasaron por allí y, en algún momento concreto, llegaron a coincidir una cincuentena. El concordato entre el Estado español y la Santa Sede permitió barrer de las calles la hojarasca antifranquista.

Es decir, la propia Iglesia favorecía que los sacerdotes rebeldes fuesen apartados de los púlpitos, de las asociaciones, de los sindicatos, de los partidos y de todo lo que oliese a disidencia, contestación, resistencia y combate. La mayoría eran abertzales, aunque también había comunistas gallegos, catalanes, madrileños o aragoneses, como ​​Francisco García-Salve, militante del PCE y Comisiones Obreras. «Quería arrojar luz sobre un pasaje de nuestra memoria que estaba escondido», explica Oier Aranzabal, codirector del documental Apaiz Kartzela junto a Ritxi Lizartza y David Pallarès.

«Es una historia curiosa porque muestra cómo, a finales de los sesenta y principios de los setenta, la Iglesia se enfrentó al discurso único del franquismo. Y la muestra física es la prisión de Zamora», añade el director del filme, cuya traducción al español es, precisamente, La cárcel de curas. Más que la Iglesia, algunos sacerdotes, porque fue creada en connivencia con la institución eclesiástica, lo que evidenciaba «la complicidad de la jerarquía de la Iglesia con el franquismo», según el historiador Juan Mari Arregi (Durango).

Todos estos testimonios figuran en Apaiz Kartzela, que vuelve a reunir en el penal zamorano a las sotanas que lucharon por la defensa de los derechos humanos y denunciaron la represión en sus misas. «Nos dimos cuenta de que el franquismo tenía dos pilares principales. Por un lado, el capitalismo, y por otro, la Iglesia. Y que nosotros estábamos manteniendo el franquismo. Entonces, de ahí vino la reacción», explica Alberto Gabikagojeaskoa (Lekeitio).

«Nos empujó, en definitiva, la ola que había en la sociedad, tanto la lucha obrera como el movimiento abertzale», le secunda Josu Naberan (Gautegiz-Arteaga, Bizkaia), porque el «compromiso» debía ir más allá de la parroquia, según ​​Felipe Izagirre. Sus instalaciones fueron un caballo de Troya a disposición de partidos, organizaciones y sindicatos clandestinos, cuyas reuniones y asambleas frecuentaban, con el riesgo que implicaba, cuenta Pablo Muñoz (Donostia). Un apoyo logístico que los puso en el punto de mira de la dictadura.

Primero llegan las multas, que en algún caso multiplican por cien su sueldo mensual. A Periko Solabarria (Portugalete) lo detienen por tres homilías y, como se niega a pagar, echa otros tantos meses entre rejas. ​​A los curas obreros Felipe Izagirre y Juan Mari Zulaika también los trincan por unas misas. Lukas Dorronsoro (Ataun, Gipuzkoa) y Mikel Zuazabeitia (Aretxabaleta, Gipuzkoa) son arrestados por participar en una manifestación de trabajadores. Más prosaica es la excusa que le dan a Mariano Gamo —»Estamos de usted hasta los huevos»—, aunque en la sentencia figura un delito de propaganda ilegal.

Todos dieron con sus huesos en el limbo penal de Zamora, cuya existencia sorprendió a Oier Aranzabal, como le sigue llamando la atención que el concordato esté vigente. Sin embargo, lo que más lo asombra se conjuga en tiempo presente. Una vez clausurada, cuando quiso rodar en su interior, no le concedieron el permiso. «Paradójicamente, el Estado no nos dejaba entrar en un espacio diseñado para que la gente no pudiera salir, donde se vulneraron los derechos humanos y políticos», reflexiona. «Una curiosa metáfora de la memoria histórica». Al final, lo lograron gracias a la mediación del diputado Aitor Esteban (PNV).

Acciones propagandísticas

Juan Mari Arregi ocupa dos veces el Obispado de Bilbao y se encierra en el seminario de Derio junto a cuarenta compañeros, algunos luego suspendidos a divinis, es decir, inhabilitados para el ejercicio. Cinco sacerdotes hacen huelga de hambre en el sótano de las oficinas del Obispado de Bilbao, titula la prensa. «El movimiento Gogor, de los sacerdotes vizcaínos, era amplio», explica Xabier Amuriza (Etxano, Bizkaia). «Estábamos en el momento más fuerte, crudo y represivo del franquismo. Y era la única forma que teníamos los curas de hacer algo públicamente sin que la Policía se metiera directamente con nosotros».

Su intención era forzar al obispo a que denunciase la arbitrariedad con la que se decretaba el estado de excepción en Bizkaia y Gipuzkoa, o sea, la represión del franquismo. Sus manifiestos propagandísticos eran emitidos por Radio París —que se hacía eco de sus denuncias contra la tortura, la represión policial, las detenciones y la situación del pueblo, sometido bajo el yugo de un «Estado terrorista»—, mientras aquí un consejo de guerra sentenciaba a los huelguistas a penas de entre diez y doce años de cárcel.

«Fueron juzgados en Burgos y condenados por rebelión militar por estar tres días sin comer», especifica Julen Kaltzada (Busturia, Bizkaia). «En este tipo de situaciones de excepción, se imponía la Ley de bandidaje y terrorismo. No sabíamos manejar ni una escopeta y nos juzgaron por terrorismo», explica Josu Naberan (Gautegiz-Arteaga, Bizkaia). De poco sirvió el intento de entregarle una carta a Pablo VI en el Vaticano, pues la Embajada española presionó para que no recibiese a Arregi. Luchaban por renovar la Iglesia, pero estaba «vendida» y «atada de pies y manos con el pacto concordatario», recuerda José Antonio Calzada (Bilbo).

Solidaridad entre rejas

El primer año no tenían ni estufa, ni televisor, ni radio. «Si salimos sanos de allí, en parte fue porque desde fuera nos enviaban comida, tras haber reunido dinero entre muchas personas», asegura Alberto Gabikagojeaskoa (Lekeitio), quien recuerda que solo podían visitarlos los familiares muy directos. Las redes de solidaridad eran vascas, aunque se beneficiaron los presos de otras latitudes, donde su encarcelamiento apenas tuvo repercusión social.

«La suya era otra realidad, mucho más punzante que la nuestra. A Jon Etxabe está claro que lo torturaron… siendo sacerdote», explica en referencia a los reos abertzales Eduard Fornés (Barcelona), detenido por participar en una manifestación supuestamente violenta. «En realidad, nuestro delito fue abrir las puertas de las iglesias para que la gente que escapaba de la carga de la policía pudiera entrar», asegura.

Acusado de formar parte del aparato de propaganda de ETA, Etxabe fue condenado a 50 años en el proceso de Burgos. Le dieron tal paliza que su familia no pudo visitarlo durante sus primeras semanas entre rejas: un eccehomo más desfigurado que el de Borja. «Las torturas se agravaron mucho», asegura Alberto Gabikagojeaskoa, una denuncia que se suma a la de Juan Mari Zulaika (Zarautz): «Nos apalearon durante toda la noche». Sin embargo, según Vicente Cárcel, «la represión provoca más reacción y el fenómeno se extiende a toda España».

Los rigores de la prisión de Zamora provocan que prenda la solidaridad. Sus causas son diferentes. Unos están más politizados, les plantan cara a los carceleros y hacen huelga de hambre. Su origen determina sus reivindicaciones, si bien todas las luchas se retroalimentan, pues el enemigo es el mismo. «Nos encontramos un grupo de curas de la parte rural, más euskaldún, con otro grupo de la zona obrera de la margen izquierda [del Nervión]», explica Juan Mari Arregi (Durango). Nacionalismo e izquierdismo confluyen en un frente común.

«En la parroquia de San Jorge recibía continuas visitas de un vasco del Partido Comunista», recuerda Nicanor Acosta (A Coruña). «Una vez vino con un documento de las torturas que se realizaban en las comisarías, pidiendo investigación a los organismo internacionales. Se me ocurrió reunir a diez y doce curas y leer el documento, y a los dos días es cuando me detienen. En primera plana, La Voz de Galicia dice: Detenido un cura comunista. Pero yo no era comunista ni… ¡Ojalá! Para ser comunista y para ser un buen cristiano hace falta mucho. Digo yo».

Intento de fuga

Cuatro presos visitan la cárcel durante el rodaje del documental y entonan una canción en euskera: «Lejos del pueblo vasco, / a mil leguas de camino, / me tienen preso en Zamora / atado de pies y manos. / Pensando cuántos años tendríamos que cumplir aquí, / nos han tenido durante cuatro días, / hasta dejarnos en libertad». En su reencuentro con los barrotes, rememoran cuando, por las noches, cantaban el clásico Eusko gudariak, que rezaba: «Vienen los fascistas / entrando a Euskadi. / ¡Vamos todos los guerreros / a cuidar de nuestra patria!».

Durante el paseo, señalan la entrada al lavadero, que pudo ser la salida a la libertad. Jon Etxabe y Josu Naberan tuvieron la idea de construir un túnel para escaparse. Vicente Couce (A Coruña) estudiaba electricidad por correspondencia e instaló unas bombillas. Se comunicaban con unos walkie-talkies que habían colado en la cárcel en una lata de bonito en conserva procedente de Ondarroa. Para amortiguar el ruido y despistar a los funcionarios, jugaban al pimpón mientras excavaban un agujero de veinte metros, que terminaron dos años después.

Habían alquilado un par de pisos en Zamora para esconderse, aunque la noche de la fuga tocó luna llena. Tuvieron que esperar para no ser descubiertos por los vigilantes apostados en las torres y, cuando salieron, fueron descubiertos. Decidieron que se declararían responsables los tres presos con las condenas más largas. La fuga habría sido un éxito propagandístico contra Franco: ¡unos sacerdotes escapándose del trullo! ¿Pero qué curas? ¿Y qué cárcel? Porque la sociedad española desconocía su existencia.

Motín en la cárcel de los curas

Quienes cumplen la pena salen en libertad. Los que quedan dentro recrudecen la lucha: organizan un motín, incendian colchones, rompen puertas, tiran un televisor por la ventana… Hasta prenden fuego al altar, a los bancos y a las ventanas de la capilla. La prensa extranjera se hace eco de la revuelta y de una huelga de hambre. «Ellos no reclamaban salir de la cárcel, sino que fuesen tratados como presos políticos y comunes», explica a Público el codirector del documental, Oier Aranzabal. «Algo que el Estado no les concedía».

Castigados a cuatro meses en celdas de castigo, solo los sacan para la cena de Nochebuena. La dictadura se desmorona, aunque los periódicos que les permiten leer son jirones de tinta. Pese a la censura, se enteran de la muerte de Carrero Blanco. Quizás el fin de la dictadura esté cerca, pero en 1973 ven cómo encarcelan a otro cura. Será el último que entre en el penal de Zamora, si bien tendrán que esperar tres años para que, con la ley de amnistía, salgan los dos que quedaban dentro, Julen Kaltzada y Jon Etxabe.

«Hice dos rebeliones militares, más que Franco, que hizo una», ironiza Kaltzada, condenado a dos penas de doce años y fallecido antes del estreno del filme. La cárcel concordatoria de Zamora echaba el cierre, aunque los sacerdotes proscritos serían encerrados en otras prisiones a partir de entonces. «Siguió habiendo curas combativos. Sin embargo, ahí se quebró algo, porque muchos se salieron de la Iglesia y militaron en otros lados. De hecho, parte de la Iglesia vasca rompió con el Vaticano y algunos hoy ni son creyentes», asegura Oier Aranzabal.

«Decidí dejar de ser cura en la cárcel. Yo renací en la cárcel de Zamora. Salgo convencido de que hay que organizarse, tomar con mucha más seriedad y contundencia la respuesta a la dictadura», reflexiona Nicanor Acosta. «Ellos [la jerarquía eclesiástica] sabían que se mataba. La Iglesia fue cómplice de todos los crímenes [del franquismo], y lo sigue siendo, porque aún hoy no pidió perdón», añade Vicente Couce.

Muchos, como señalaba el director de Apaiz Kartzela, colgaron los hábitos tras su paso por la prisión de Zamora. Xabier Amuriza, por ejemplo, se convirtió en un popular bertsolari y escribió Espainian behera, hor dago Zamora (Abajo, en España, ahí esta Zamora). «Nosotros quisimos cambiar la Iglesia, pero la Iglesia nos cambió a nosotros», concluye el historiador Juan Mari Arregi. «Hasta el punto de que vimos que luchar dentro de la Iglesia era perder el tiempo».

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