Cuarenta años de exhumaciones: victorias y batallas abiertas en la recuperación de la memoria

► Los expertos en memoria histórica celebran que se haya conseguido abrir un debate a nivel social, cultural, académico y político.

► Sin embargo, a pesar de los avances, consideran que todavía queda «mucho por hacer» y señalan que para ello es indispensable «voluntad política»

INFOLIBRE.ES | ÁLVARO SÁNCHEZ CASTRILLO ascastrillo@infolibre.es @Alvarosancas | 29-12-2018

Marzo, 1978. Después de meses de discreto trabajo, una multitud se congrega en el cementerio de Marcilla (Navarra) para dar su último adiós a decenas de asesinados por las tropas golpistas durante los primeros meses de la guerra. En la lápida, por indicación del párroco local que impulsó los trabajos de localización y recuperación de los restos, un plano epitafio: “En memoria de los muertos en agosto, septiembre y octubre de 1936”. Ni una referencia a su condición de fusilados durante la represión franquista. Tampoco a su afiliación política. Con el recuerdo de la dictadura todavía fresco, había que andar con pies de plomo. Sin embargo, eso no impidió que la sociedad civil se organizara para poner en marcha las primeras exhumaciones tras la muerte del dictador. Cuatro décadas después, miles de víctimas del franquismo continúan sin poder dar una sepultura digna a sus familiares. Y las asociaciones, aunque celebran los avances logrados en todo este tiempo, siguen recordando que todavía queda “muchísimo trabajo” por delante.

La iniciativa en Marcilla no fue, ni mucho menos, un hecho aislado. Dos meses después, y a seiscientos kilómetros de distancia, los vecinos de Casas de Don Pedro (Badajoz), un pequeño pueblo de la comarca de La Siberia, rindieron homenaje a otros tantos fusilados cuyos restos habían conseguido rescatar de fosas comunes con el visto bueno del alcalde, el párroco y el gobernador civil. Con estas dos primeras iniciativas concluidas, diferentes pueblos de la zona comenzaron a llevar a cabo procesos similares. Comenzó así el denominado “primer ciclo” de exhumaciones tras la muerte de Franco, un periodo que “se inició durante la transición a la democracia y se prolongó, con una intensidad variable, hasta los años noventa”, según explica Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política de la UNED, en su artículo “Memoria y transición en España. Exhumaciones de fusilados republicanos y homenajes en su honor”, un estudio exhaustivo sobre estas primeras iniciativas llevadas a cabo en Navarra, Extremadura y La Rioja.

Importantes avances en 40 años

Cuatro décadas después de aquellos pioneros trabajos de localización y recuperación de restos enterrados en el olvido, los cambios han sido notables. Antes, como recuerda la catedrática de Ciencia Política en su estudio, familiares y párrocos de diferentes municipios ponían en marcha comisiones gestoras que colaboraban entre sí para hacer frente a “la enorme dispersión de los restos” y para “mejorar la eficacia de las iniciativas”. Ahora, a nivel organizativo, cuentan con el respaldo de cada vez más colectivos memorialistas: “Aunque, como antes, la iniciativa sigue partiendo de abajo, en la actualidad existen asociaciones muy consolidadas”, explica en conversación telefónica con infoLibre Aguilar. Este “segundo ciclo”, además, se caracteriza por su carácter mediático. “La presencia de cámaras ha permitido que los familiares de las víctimas vean que es posible recuperar los restos y les ha puesto en movimiento”, apostilla Cecilio Gordillo, responsable de Memoria Histórica de la CGT.

Pero el cambio más importante con la entrada del nuevo siglo se produjo a nivel técnico. Porque en la Transición, aunque sobraran ganas, “faltaban expertos”, recuerda Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Así, de las excavaciones realizadas con “herramientas propias de las labores agrícolas” para recuperar restos que en la mayoría de las ocasiones se apilaban “de acuerdo a su tipo o tamaño, sin preservar su individualidad”, se ha evolucionado hasta las exhumaciones lideradas por equipos técnicos compuestos por antropólogos forenses y arqueólogos que trabajan “con rigor para demarcar el perímetro de las fosas y cavan la tierra con esmero para no dañar los restos, esforzándose por respetar su individualidad para una posible identificación genética posterior”, explica la catedrática de Ciencia Política de la UNED.

Mucho trabajo por hacer

Cuenta Aguilar que cuando se comenzó a trabajar para dar sepultura digna a los represaliados en Casas de Don Pedro, la derecha más recalcitrante se puso en pie de guerra. Aparecieron pintadas en el pueblo y octavillas en contra de Felisa Casatejada, principal impulsora de la iniciativa. Se presionó al alcalde y al párroco. Se amenazó con quemar los huesos exhumados y destruir el panteón. Este tipo de ofensivas obligaron a realizar los trabajos con la mayor discreción posible. Cuarenta años después, Silva celebra como una victoria el haber conseguido colocar la memoria histórica en la agenda política. “Se ha logrado abrir un debate a nivel social, cultural, académico y político”, asevera el presidente de la ARMH. “Ahora, cada exhumación tiene un enorme apoyo social y se vive como un acto de crítica a los poderes públicos y a las organizaciones políticas”, remacha el responsable de Memoria Histórica de la CGT.

A pesar de todos estos pasos al frente, Gordillo señala que todavía “queda mucho trabajo por hacer” en un país que tiene unos 115.000 desaparecidos, según cifró Rights International Spain. A lo largo y ancho de todo el territorio hay localizadas unas 2.246 fosas comunes, según consta en el mapa oficial que el Ministerio de Justicia confeccionó tras la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, una herramienta que no se actualiza desde el año 2011. De todas ellas, quedan todavía sin abrir más de 1.200. “Hasta la fecha se han exhumado unas 8.500 personas”, detalla Silva. Con estas cifras sobre la mesa, los expertos afirman que aún hay “camino que recorrer” para conseguir cerrar de una vez por todas el capítulo más negro de la historia reciente de España. Pero se muestran esperanzados. Principalmente, como dice el presidente de la ARMH, porque hay una “sociedad civil” que se ha “puesto en marcha” y que “no para de hacer cosas” con  “seriedad”.

Falta de voluntad política

Pero para poder avanzar es necesario contar con el respaldo firme del Estado, que desde el año 2013 no dedica ni un solo euro público a la memoria histórica. Suya es, afirman Gordillo y Silva, la “responsabilidad” de exhumar a todas aquellas personas que fueron asesinadas y arrojadas en fosas comunes tras el golpe de Estado de 1936. Y es necesario que se ponga manos a la obra cuanto antes. “No se ha actuado a tiempo. Quedan muy pocos testigos presenciales, que son fundamentales a la hora de localizar. Para que te hagas una idea, te pongo el ejemplo de la fosa de mujeres de Gerena (Sevilla), donde se encontraron los restos gracias a que un chiquillo vio el lugar exacto donde habían sido enterradas. Él fue el único testigo de aquello. Y su testimonio e insistencia fue clave”, recuerda el responsable de Memoria de la CGT, que tiene la sensación de que “se está dejando pasar el tiempo” para que todos esos testimonios de vital importancia en los trabajos “vayan desapareciendo”.

A la hora de intervenir para recuperar la memoria de las decenas de miles de víctimas repartidas por toda España, Silva considera que no hace falta ni una Ley de Memoria a nivel estatal, que considera que “nunca ha aportado nada a las exhumaciones”, ni tampoco las normativas autonómicas en esta materia que se han ido aprobando en los cuatro últimos años en gran parte de las regiones. “Lo que es necesario es una verdadera voluntad política”, señala el presidente de la ARMH, que recuerda que comunidades autónomas como el País Vasco llevan quince años excavando “cada fosa común que aparece” y “digitalizando cientos de miles de documentos” sin tener ninguna ley de este calibre.

Pedro Sánchez llegó a Moncloa enarbolando la bandera memorialista. Sin embargo, han pasado seis meses y “no ha hecho nada”, apunta Silva, para resolver una cuestión que lleva abierta cuatro décadas y en la que el paso del tiempo es el principal enemigo.