El “pecado mortal” de Clara Campoamor contra la República
La obra de la sufragista madrileña complementa indirectamente el relato de numerosas élites reaccionarias tanto nacionales como extranjeras legitimadoras del golpe de Estado de 1936.
España ha tenido la peculiaridad de definirse, en la edad contemporánea, más por sus desavenencias que por mantener un proyecto nítido de país. La historia nacional, se encuentra enmarañada de contradicciones internas: afrancesados y realistas, carlistas y liberales, o alfonsinos y republicanos. La retórica conflictiva entre todos los movimientos políticos ha sido la norma, incluso dentro de corrientes ideológicas afines, especialmente en una época tan seguida del fraude y de la violencia como fue la Guerra Civil. En “La revolución española vista por una republicana”, Clara Campoamor, responsable indirecta de la aprobación del voto femenino en España, pretende desvelar los entresijos de los primeros meses de gestión de la guerra por parte del gobierno del Frente Popular, así como sus errores y posibles desenlaces.
La diputada del Partido Radical parte de una posición atípica a ojos de la sociedad española: criticar, no sin fundamento, la labor del Frente Popular mientras defiende la República frente a aquellos que consideraba que atentaban contra su calidad democrática. Esto tiene un componente cuasi tragicómico, al darnos cuenta de que a día de hoy, su libro se ha convertido en un reducto de la historiografía franquista o deslegitimadora de la Segunda República. Por ello, resulta necesario desmentir la gran mayoría de mitos esparcidos sobre la obra de la jurista madrileña, plagada de medias verdades que sirven de apoyo a teorías justificadoras del alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Para ello, primero convendría recordar que Clara Campoamor no aporta más que un punto de vista sobre la situación acaecida en la capital española durante los primeros meses del conflicto. Su testimonio, por bien intencionado que sea, no puede tomarse como verdad absoluta, por muy certeras y convincentes que suenen sus proclamas.
La tendencia general del libro está centrada en atacar a los partidos integrantes de la coalición del Frente Popular. Sin que parezca pretenderlo directamente, Clara cae en la retórica que manejaban por aquel entonces ciertos medios derechistas, que extendían el pánico sobre la aparente bolchevización de las izquierdas españolas. Sin embargo, el pacto de dichas fuerzas pretendía reeditar la coalición del bienio reformista de 1931-1933, incluyendo la amnistía a los presos por el intento de revolución en Asturias en 1934, sin dejar entrar en el posible gobierno a las “fuerzas obreras”. Tal y como describe el programa electoral del Frente Popular: “La República que conciben los partidos republicanos no es una República dirigida por motivos sociales o económicos de clases, sino un régimen de libertad democrática impulsado por motivos de interés público y progreso social. No aceptan los partidos republicanos el control obrero solicitado por la representación del Partido Socialista”.
Tan profundo fue el silencio mediático que envolvió su figura tras el final de la contienda como artificial la posverdad que se ha tejido en torno a su vida y pensamiento, distorsionándola como un mero ícono feminista despojado de matices
Si los partidos de izquierda de carácter revolucionario decidieron apoyar la labor del Frente, fue únicamente por pragmatismo ante la amenaza real de un triunfo de la derecha monárquica, que, con su cuestionamiento del nuevo orden democrático, ponía en peligro la Constitución de 1931. Hasta el inicio de la contienda, no puede hablarse de una relevancia significativa de la izquierda radical dentro del aparato gubernamental. Recordemos que el Partido Comunista Español, apenas contaba con 14 diputados en el congreso.
Peor aún es ver cómo ciertos medios derechistas de la época pregonaban, sin base empírica, los desórdenes y la violencia callejera durante la primavera de 1936. Se solía afirmar que un gobierno que no era capaz de mantener el orden público no merecía ser llamado de esa manera. Sin embargo, se ignora que el clima violento en la España de aquel momento no puede entenderse fuera de la coyuntura europea, donde la violencia sociopolítica estaba a la orden del día. Según el historiador Eduardo González Calleja, la violencia jamás fue unilateral. Desde el periodo de ascenso al poder del Frente Popular se registraron 408 muertos en toda la geografía española, entre ellos 67 falangistas (que actuaban como matones financiados por sectores de la derecha), 67 miembros del PSOE y sindicalistas, y 61 izquierdistas sin identificar. Además, hubo un alto número de víctimas sin adscripción ideológica clara (86).
Por tanto, es falso creer que la prudencia silenció a los propios políticos de derechas. Peor aún es leer la defensa del exministro de la dictadura de Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española, quien se auto declaró fascista en su discurso del Congreso del 16 de junio de 1936. Su asesinato, lejos de ser un crimen de Estado, fue una consecuencia previsible del clima incendiario que él mismo alimentó. Es irónico cómo el nacionalismo español olvida que los primeros traidores a la patria en este país se encuentran dentro de sus propias filas. A fin de cuentas, ¿qué hay más anti español que incentivar un golpe de estado, buscar apoyo entre aristócratas o potencias extranjeras y financiar la violencia callejera? Todo ello, considerando que su muerte no supuso el detonante de la Guerra Civil. Recordemos que el Dragon Rapide, avión encargado de transportar a Francisco Franco al protectorado de Marruecos fue enviado desde Croydon (Inglaterra) el 11 de julio de 1936, dos días antes del asesinato de Calvo Sotelo.
La violencia anticlerical requiere por otro lado un análisis más complejo y lleno de matizaciones. Es correcto señalar que si se produjeron diversos ataques contra instituciones religiosas por parte de sectores desvinculados del gobierno: quema de iglesias, el uso de un lenguaje violento contra las instituciones religiosas y contra sus símbolos… Pero de ninguna manera, se sostiene la persecución a clérigos concretos, dentro de las cifras del señor González Calleja no figura ni un solo clérigo asesinado durante la primavera de 1936. Los elementos violentos no eran inexistentes, pero actuaban completamente descoordinados de la acción estatal. Lo que no se menciona en el libro, es la vinculación de la iglesia católica apostólica romana con el antiguo régimen dictatorial de Primo de Rivera.
En este sentido, no se hace mención en ningún momento a la pastoral reaccionaria publicada por el cardenal Pedro Segura y Sáenz, arzobispo de Toledo y Primado de España, el 1 de mayo de 1931, apenas semanas después de la proclamación de la República. En ella, instaba a los católicos a resistir ante el nuevo estado laico, está escrito, fue uno de los principales motivadores de la quema de conventos de 1931.
Poco o nada se comenta sobre la injerencia de grandes burgueses antes y durante el golpe de estado; como el caso del último pirata del Mediterráneo Juan March, hombre más rico de España por aquel entonces, prófugo de la justicia y financiador de los sublevados. La negativa del Frente Popular francés en apoyar un gobierno que quedó desamparado ante sus simpatizantes ideológicos, hecho que motivó la intervención de la Unión Soviética, temerosa de la fascistización en la Península Ibérica. Sin contar, con los 12.000 asesinados en Sevilla por el general Gonzalo Queipo de Llano o la masacre de 4.000 civiles en la plaza de toros de Badajoz.
Cabe destacar que el escrito de Clara Campoamor no es, en modo alguno, una justificación de las ambiciones de los sublevados. A lo largo del tiempo, autores como Luis Español Bouché han intentado asociarla con la llamada “Tercera España”, ni de izquierdas ni de derechas; una etiqueta ambigua y carente de verdadero significado, que poco aporta para interpretar el pensamiento de la jurista y que, a su vez, no reconoce el peso político de las agrupaciones centristas y democristianas existentes aún con una participación minoritaria (37 escaños de 473 totales) durante la última legislatura de la Segunda República.
Clara fue, ante todo, una política liberal, aplicando esta etiqueta en todos los sentidos de la palabra, una figura pública que supo valerse de izquierdas y derechas para hacer realidad sus objetivos. Su libro no pretende otra cosa que analizar la realidad del Madrid de mediados de 1936 a inicios del conflicto bélico. Los acontecimientos que describe no pueden ser ignorados si se quiere entender las dificultades de gestión que afrontaría la República hasta sus últimos días. Problemas denunciados como: la indisciplina en las filas del ejército, carencia de técnica bélica o la desunión generalizada contra el enemigo terminaron por condenarla al destino que desde el extranjero se había dibujado para un gobierno democráticamente elegido en las urnas. Sin embargo, la obra tampoco puede tomarse como una hoja de ruta para interpretar la Guerra Civil, pues la autora, en su relato, descontextualiza en gran medida los episodios narrados, desconectándose del complejo panorama político, económico y social de los años treinta.
Tan profundo fue el silencio mediático que envolvió su figura tras el final de la contienda como artificial la posverdad que se ha tejido en torno a su vida y pensamiento, distorsionándola como un mero ícono feminista despojado de matices. Quizás porque la historia y aquellos interesados en sacar rédito de ella convierten a las figuras incómodas en sombras difusas o en símbolos vacíos de su propia esencia, moldeados según la necesidad de cada época. Pero la verdad rara vez es complaciente: se encuentra en los matices, en las contradicciones y fisuras de los relatos oficiales. Es ahí, en el punto donde se debaten las luces y las sombras donde podrá ser ubicado e interpretado el texto de Clara Campoamor.




