En el vientre del régimen de Franco: retrato de 40 años de dictadura

Una exposición organizada por el historiador Julián Casanova repasa en Zaragoza los aspectos más destacados y protagonistas de las cuatro décadas del régimen de Franco

El Mundo | Zaragoza | Víctor Úcar | 11-5-2015

Cuarenta años con Franco, cuarenta años sin él. Parece que 2015 es un año de cálculos. El momento de situar sobre una balanza casi cuatro décadas de dictadura y ocho lustros de democracia. Pero, ¿qué hemos aprendido en todo este tiempo? ¿Somos capaces ya de mirar al pasado con libertad? Todavía hoy, el franquismo sigue siendo objeto de debate público y de controversia política. Aún quedan memorias divididas, sensibilidades encontradas y trágicos recuerdos que siguen pesando en nuestro presente. ¿Y si nos enfrentamos sin miedo a los fantasmas del pasado?

Los aspectos más visibles y ocultos de una dictadura tan longeva y tan repleta de contrastes pueden seguirse a través de 40 años con Franco: una exposición organizada por el ayuntamiento de Zaragoza, y que ha comisariado el catedrático en Historia Contemporánea Julián Casanova, que pretende mostrar de forma didáctica y con un amplio despliegue de materiales documentales y audiovisuales un retrato completa y contextualizada, pero en ningún caso única, de las casi dos décadas de la España franquista.

La exposición, basada en una obra coordinada por Casanova, se divide en dos grandes espacios: la Casa de los Morlanes, que nos ofrece una visión general de la dictadura de principio a fin, y el Palacio de Montemuzo, que nos sumerge en tres aspectos del régimen tan concretos como la educación, la resistencia y la cultura audiovisual.

Los usos políticos de la Historia

Una bandera de España con el águila preside el patio central nada más entrar en el palacio..aunque solo en esta ocasión, claro. A muchos de los visitantes les incomoda ver una bandera que estuvo vigente toda la dictadura y en los inicios de la transición a la democracia. Otros incluso llegan a indignarse por su presencia. «Yo quería que la bandera fuese aún más grande», me confiesa el comisario de la muestra, Julián Casanova. Su afirmación guarda una explicación lógica y coherente: «En Alemania, la representación de la esvástica está prohibida en las calles. Pero evidentemente en los museos no. ¿Cómo se puede contextualizar si no una exposición de la Alemania nazi?».

Las banderas, los himnos, son símbolos que han estado siempre en cualquier lugar en el que se representaba el poder, pero según Casanova, la propaganda de la dictadura «fue tan machacona» que en algunos casos los símbolos nacionales actuales «siguen asociándose» al franquismo: «La gente no acaba de entender estas cosas porque se hacen usos políticos de la Historia, y eso es precisamente lo que queríamos evitar nosotros en la exposición».

El historiador aragonés reconoce que «ningún contenido es neutro o inocente», pero no comprende por qué la gente cree que detrás de una exposición de este tipo siempre tiene que haber «algo más allá de la didáctica, de la pedagogía». En cualquier caso considera que «quien quiera tener miradas libres, en esta exposición las tiene», por lo que quiere que la gente «venga, opine, hable y diga lo que quiera, porque eso es lo que enriquece una muestra como esta».

El patio acoge una serie de paneles que hacen un recorrido de la dictadura década a década: la paz de Franco de los años 40, la consolidación del régimen en los 50, el desarrollo dentro del orden de los 60 y la crisis de los años finales del franquismo. «Exposiciones temáticas sobre el franquismo se han hecho muchas: el exilio, la Falange…pero creo que no había una fotografía de 40 años», señala el comisario. Aunque añade que lo importante «era ver como hacíamos esa fotografía, y por eso esta exposición «requería un guión con una lectura crítica y telescópica que permitiese ir introduciendo temas y actores».

La cultura audiovisual y el rol de la educación

Controlar los canales de información y comunicación siempre ha sido un eje fundamental para cualquier dictadura. Y en ese aspecto, el franquismo no quiso ser menos. En el cine se aprobó un sistema de censura civil y eclesiástica; la radio quedó sometida a un estricto control del gobierno; el NO-DO (Noticiarios y Documentales) surgió en 1942 como medio de propaganda del régimen para racionar la información; y la programación regular de TVE dio sus primeros pasos a finales de los 50. Todos estos elementos quedan reflejados en la siguiente estancia de la muestra: carteles de películas, programas de mano del NO-DO y sobre todo una pequeña sala de cine en la que no queda ni un solo hueco para sentarse. Entro y suena la sintonía del NO-DO. «Qué tiempos aquellos», dice un hombre en voz alta.

En la pantalla van intercalándose fragmentos del NO-DO (la inauguración de TVE, los Beatles en Madrid en el 65, el baño de Palomares…) con otros de películas (El último cuplé, El inquilino, El verdugo…), algunas de ellas sorprenden al público más joven. Y es que a pesar de ese estricto control estatal, Franco no podía vigilarlo todo.

«El franquismo empieza siendo una historia muy en blanco y negro, donde se ven claramente a vencedores y vencidos, pero acabará siendo un período multicolor, y eso se aprecia muy bien en los medios de comunicación o en el cine, si no ¿cómo se explican películas como El verdugo?», afirma Casanova, en referencia a aquellas cuestiones que van «colándose» en la gran pantalla, burlando de alguna manera a la censura. «En historia nunca hay líneas hacia delante, sino retrocesos, avances, grietas, y lo que hemos intentado en esta exposición es que la gente viera que el franquismo es una historia de colores y contrastes».

Pero sin duda, el gran vehículo que el régimen utilizó para controlar la sociedad fue la educación, y en ello la Iglesia católica tuvo un papel protagonista. Un crucifijo, un retrato de Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera dominan la pared de la siguiente sala. Junto a ellos, una mesa, tres pupitres, un planisferio y una pizarra ocupan el espacio de lo que sería un aula franquista en cualquier pueblo aragonés de los años 60. Mientras tomo una fotografía del lugar, una voz aguda hace que me de la vuelta. «Papá, no me gusta ese pupitre», exclama un niño pequeño. El padre de la criatura sonríe y le pregunta: «¿Y qué opinas de ese traje?». Está señalando un uniforme de flecha, diseñado para los falangistas más jóvenes de la época.

«Desde que eres pequeño te van educando en una serie de valores. Desde la enseñanza primaria a la universitaria, la moral religiosa, autoritaria y rígida, es la que domina. Y en este caso se ve lasimbiosis entre religión y política, que lo unía absolutamente todo», señala el comisario de la muestra. Cómics, material escolar y otras publicaciones del régimen aparecen digitalizadas en una pantalla. «La educación corresponde antes a la familia y la Iglesia que al Estado», reza un ejemplar del año 1945 de la revista Ecclesia. «Hay una parte enorme de nostalgia y otra de educación en esta sala. Una educación sentimental y represiva, pero no olvidemos que el franquismo, que dura 40 años y en Europa occidental, desempeña también un papel importante en la alfabetización», puntualiza el historiador aragonés.

La resistencia, la represión y las ejecuciones

La última sala del palacio está dedicada a todos aquellos que sufrieron «la cultura política de la violencia», a todas esas personas a las que, como señala uno de los paneles, «el franquismo les impuso el silencio para sobrevivir, obligándoles a tragarse su propia identidad». Varios paneles nos muestran las dificultades de esa resistencia contra el régimen: los maquis, fotos de detenidos, la nueva cultura sindical representada por Comisiones a finales de los 50 o manifestaciones antifranquistas en el extranjero. En este sentido, un mimeógrafo, más conocido como ‘vietnamita’, ocupa un expositor en el centro de la sala. A sus pies, varias octavillas en contra del proceso de Burgos intentan que el visitante se agache para conocer una de las herramientas que utilizó la oposición antifranquista en sus últimos años de vida.

Pero en la sala también hay lugar para las ejecuciones más sonadas de la dictadura. Entre ellas, los últimos ejecutados por el franquismo, un hecho que alarmó a Europa y al mundo apenas dos meses antes de la muerte del dictador, y también las ejecuciones en 1963 del dirigente comunista Grimau y los anarquistas Granado y Delgado, estos dos últimos con garrote vil, herramienta utilizada por última vez por el régimen con el anarquista Salvador Puig Antich y el alemán Georg Welzel en 1974.

Para profundizar sobre el garrote vil, las ejecuciones o la represión tenemos que marcharnos a la Casa de los Morlanes, la otra localización de la exposición. En ella, una reproducción de dicho aparato y un sonido ambiente tratan de introducirnos en lo que sería una ejecución. Un tic tac nos pone los pelos de punta mientras escuchamos a alguien acercarse. De repente, el sonido se detiene y el silencio sobrecoge. Un hombre de avanzada edad sugiere algo apoyado en su bastón: «Qué lástima no haber sentado aquí a Franco». Su mirada, fija en el garrote, lo dice todo.

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