Gerda Taro, una ardilla entre las balas

Gerda Taro, la fotorreportera alemana de origen judío fue la primera mujer que retrató desde el frente una guerra, pero quedó eclipsada durante años por la leyenda de quien fue su compañero: el mítico Robert Capa

ElMundo.es/ANTONIO LUCAS Madrid/06/10/2014

Esta mujer fue un pájaro de fuego. Todo en su existencia es extremo. Desde el origen hasta el acta de defunción. En 26 años de vida -nació en 1910, en Sttutgart- no es fácil meter tanta biografía. Ni tan convulsa. Ni tan confusa. Ni tan febril. Ni tan malograda. Gerta Pohorylle no es exactamente nadie a quien debamos conocer, pues todo lo apostó a la fuerza de un seudónimo pactado: Gerda Taro. Entonces sí. Alrededor de esa identidad dispuesta para la gloria se acumula una historia fabulosa, la de una joven judía de origen polaco que vivió a toda velocidad con la córnea derecha encaramada a una cámara de hacer fotos.

Para llegar a saber de Gerda Taro hay que hacer parada en la penumbra de otro hombre con modales de espectáculo: Robert Capa. Y, como ella, Capa no era exactamente Capa, sino un húngaro de bulbo judío inscrito en el registro como Erne Endrö Friedmann. Ambos se encontraron en París, donde los depositó (como a tantos otros) el empuje del fascismo en Europa. Ambos eran muy jóvenes. Ambos tenían sed de champán. Juntos quisieron triunfar. Y en 1936 se cambiaron los nombres para alinearse mejor con el triunfo. Él le enseñó a ella los trucos del oficio. Ella le enseñó a él a soplar sin miedo las trompetas del Apocalipsis y a no endurecer los músculos de la cara cuando las balas silbaban acariciando las sienes.

Danzaron por las redacciones y las agencias de París intentando desovar sus negativos con una voluntad de hormigón. Y poco a poco, la firma Capa se convirtió en una rudimentaria factoría que les comenzó a dar liquidez y cierto prestigio. Las instantáneas de uno y de otro se firmaban indistintamente como Capa. Gerda Taro era una extensión más del testicular Robert. Así funcionaron hasta que el espectáculo de una de nuestras típicas barbaries se les puso a tiro: la Guerra Civil. Gerda había conseguido su primer carnet de prensa trabajando en Alliance Photo, pero la escabechina española empezaba a excitar su apetito y en agosto de 1936 se instala en Barcelona con Capa para documentar el nacimiento de un infierno nuevo. Ella viaja con su Rolleiflex. Él con su Leica. Envían las imágenes a la prensa ilustrada de izquierdas. Sus trabajos van tomando cada vez más presencia en la prensa internacional y Gerda empieza a emanciparse de la firma única de Capa. La pareja comienza a firmar como Capa & Taro.Así durante un par de meses más, hasta que la reportera rompe aguas en las páginas de Ce Soir, publicación de aroma comunista dirigida por el poeta Louis Aragon. Ahí aparecen ya las primeras imágenes firmadas por ella en solitario, como si la vida fuese tomando sentido. Pero le quedaba tan sólo un año de vida.

Retratando España

España olía a sardina de bota y en los descampados se lamían mutuamente los perros tristes. Gerda Taro, aquel mirlo corajudo, encontró en este país descoyuntado el mejor caladero para el palangre de su mirada. Poco a poco se fue distanciando de Capa. Vestida de miliciana, con alpargatas de suela de esparto anudadas al calcañar, retrató a grupos de mujeres republicanas practicando técnicas de tiro en la playa de Barcelona. A los campesinos del frente de Aragón. Las estampidas de ciudadanos en los alrededores de Córdoba. La batalla de Guadalajara. El Jarama. La resistencia de Madrid, donde coincidió en el Hotel Florida con Hemingway, que tenía por costumbre zamparse de tres dentelladas un cochinillo en el restaurante Botín, aliñado con tres botellas de vino. Impresionantes fueron sus expediciones por hospitales y orfanatos. O los retratos a los invitados del II Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura en Valencia y Madrid. Allí conoció a Alberti, que la dibujó en ‘La arboleda perdida’ con un entusiasmo de camarada en celo. «Tenía el alborozo del peligro, la sonrisa de la juventud inmortal, dinámica, valiente, tal vez inconsciente, pero en cualquier caso decidida e irresistible«. También andaban por allí Max Aub; María Teresa León (a la que retrató); José Bergamín, que la bautizó como «cazadora de luz»; y Antonio Machado.

Sus fotografías estaban cada vez más pegadas a lo real. En ellas podías oler la pólvora. Su sitio predilecto para el avistamiento del delirio era el perímetro del fuego cruzado, ajena a los toques de retreta. Fue la primera reportera que pisó de este modo una guerra.

Gastaba maneras de ardilla urgente en medio de las bandadas de milicianos que caían con el bozo untado de barro y el cerco negro de la muerte asomando por el arco de las uñas. Atenta y audaz, captaba al vuelo instantes decisivos con una cámara convertida en hornacina del desastre mientras se llenaban de mierda y sangre los frágiles establos de la democracia.

En la revista ‘Regards’ colocó un reportaje excelente que le dio poso y nombre. Estaba a un paso de la muerte. Gerda Taro llegó una tarde de julio de 1937 a Brunete, donde los republicanos eran perforados por la bendecida metralla nacional. Las batallas eran feroces y descompensadas. Los muertos se sumaban por centenares al día, principalmente en el bando rojo. La guerra no era ningún ejercicio de mitología, sino la máxima expresión del desenfreno psicópático. Y ella estaba ahí, tomando posición y conciencia con una firmeza inexpugnable, tomando como propio aquel desastre desde el 6 x 6 de una cámara Rolleiflex.

El 25 de julio, cuando el cansancio y la derrota empezaban a dejar rastros de espanto amarillo en los ojos de los milicianos, Gerda Taro guardó el último carrete en el zurrón. Las tropas republicanas se replegaban y de repente fueron rasgando el cielo aviones enemigos, descargando una balacera muy loca. En un quiebro, la ardilla subió al estribo del coche del general Walter (un polaco de las Brigadas Internacionales) al mismo tiempo que un tanque que iba en el convoy golpeó el automóvil. Gerda cayó en un hondón del camino sin tiempo para hacerse a un lado. Las cadenas del tanque oruga le pasaron por encima de la cintura. Llegó viva al Hospital británico de El Escorial, donde falleció al día siguiente. Tenía 26 años. Días antes dio una entrevista en la que decía cosas así: «Cuando piensas en toda esa gente que conocimos y ha muerto en esta ofensiva tienes el sentimiento de que estar vivo es algo desleal».

Alberti reconoció el cadáver y lo trasladó a Madrid. Louis Aragon dio la noticia a Capa. El Partido Comunista Francés recibió el ataúd como se acoge a una heroína. Y una multitud le dio sepultura en el cementerio parisino de Père-Lachaise, donde están enterrados los grandes filósofos, los poetas y las estrellas del rock.

Tan sólo un año de reporterismo pudo cumplir Gerda Taro, pero en ese puñado de fotos dejó el anuncio de lo que pudo haber sido y no fue. Capa se convirtió en una estrella, como ambos soñaron. Casi una leyenda que cumplió con ese vértigo purificador de caer en acto de servicio al pisar una mina en Vietnam.Era 1954. Durante varias décadas recordó a Gerda en las entrevistas, pero no hizo demasiado por poner el foco en la estela de su obra, de la obra de los dos, de la escasa y potente obra que ella dejó como un aullido, como una ráfaga brutal. Como un obús.

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