Los recuerdos del último de los 2.800 norteamericanos de la Brigada Lincoln

Una visita en las montañas de California a Delmer Berg, de 99 años, el último superviviente de los 2.800 norteamericanos que lucharon en la Guerra Civil española

El País | Pablo X. de Sandoval | Columbia (California) | 8-5-2015

La casa donde vive Delmer Berg está en un bosque a las afueras de Columbia, un pueblo del norte de California a tres horas en coche de San Francisco, en las montañas de la fiebre del oro. «¿Para qué quiere ir a esa carretera? Por ahí solo se llega a las antiguas minas», advierte un vecino después de prestar su ayuda. Tras conducir un par de millas por un camino de montaña, si uno tiene la suerte de ver el número del buzón, debe subir por una cuesta imposible que llega a un rellano. Cuando se retiró, Berg compró aquí poco más de una hectárea de terreno angosto rodeado de maleza. Tardó 10 años en construir la casa en la que pasar su vejez. Hace pocas semanas, su esposa June entró en un asilo. Él, a los 99 años, todavía se vale por sí mismo. Vive con un gato, una asistenta dos días por semana, y los recuerdos del último testigo norteamericano de la Guerra Civil española.

«Mi vida ha transcurrido marcada por las cuestiones y los problemas por los que fuimos a España». La cabeza de Delmer Berg se amuebló como testigo, en su adolescencia, de los tiempos más convulsos del siglo XX en EE UU. Tenía 13 años cuando el sistema financiero se hundió en 1929. Apenas oye, pero tiene una voz potente y las ideas claras. Una mañana de abril, mientras desayuna unos bollos, contesta que recuerda «con toda claridad» las razones que le llevaron a apuntarse a una guerra en España.

«Yo no tenía conciencia política, no más que cualquier chico del instituto. Pero la depresión golpeó muy fuerte a todo el mundo, a los agricultores y a los pequeños negocios». Su familia trabajaba en el campo en Modesto, California. Recuerda lo que trata de definir como «un ambiente general» de desconcierto, de «qué vamos a hacer al respecto».

Hubo un episodio concreto, según Berg, que despertó su conciencia ante ciertos problemas sociales. Los veteranos de la I Guerra Mundial organizaron un movimiento que tuvo eco en todo el país, con grandes manifestaciones, para exigir que el Gobierno les pagara el bonus que les debía desde el final de la contienda. Una gran movilización obligó a Washington a abonar lo que les debía. «Me influyó el movimiento masivo de los veteranos, la movilización de personas en torno a problemas». Esa idea se le grabó en la cabeza en el instituto, cuenta Berg. «Me daba satisfacción esa idea: ‘No nos pueden ignorar. ¡Hemos salido a la calle con nuestras demandas y ya no nos pueden ignorar! Ese fue el momento en que empecé a entender que la acción en masa de la gente podía conseguir cosas».

La familia de Berg conservó su dinero. Su padre, explica, lo sacó del banco «cuando vio que a los agricultores les iba mal». «Lo puso en un bote en la despensa». Berg recuerda perfectamente las colas ante las puertas de los bancos de gente desesperada por recuperar su dinero. Años después, en el Ejército, Berg hizo algo de dinero con préstamos al 25% de interés a sus compañeros para ir a la peluquería o la lavandería. Gracias a eso, cuando tomó la decisión de salirse del Ejército del EEUU pudo pagar los 120 dólares que costaba romper su contrato, una fortuna para 1935.

Dejó el campo y se mudó a Los Ángeles con su hermano, que había conseguido allí un trabajo de la Works Progress Administration, la agencia de colocación pública del New Deal. Pero no podía haber más de un miembro de la familia con trabajo subvencionado. En el Los Ángeles de los años 30 que mitificó Raymond Chandler, Berg encontró trabajo de lavaplatos en las cocinas del hotel Roosevelt, el orgullo de Hollywood por entonces.

Para entonces, lo que Berg sabía de la situación en España era esto: «El Frente Popular había ganado las elecciones y echaron al rey. Entonces los terratenientes decidieron que querían volver al poder. Pero no podían hacerlo por las urnas, la coalición de Gobierno era demasiado fuerte. La única forma de hacerlo era utilizando al Ejército». Así lo resume 80 años después. «¿Por qué fui a España? España había sido golpeada por la depresión con igual dureza que EE UU o más. Yo me sentía parte de eso. Soy así. Sentía que había un ‘nosotros’ en todo el mundo, y yo soy parte de nosotros. Empecé a sentir que lo que estaba pasando allí me concernía».

Cada día, de camino al trabajo, pasaba por delante del comité de apoyo a la República española. Hasta que un día decidió entrar y preguntar qué podía hacer para ayudar. «Dije: ‘Quiero ir a España’. Pero legalmente no podían hacerlo, no podían reclutar de esa manera». Como trabajaba en el turno de noche del Roosevelt, dedicaba el resto del día a involucrarse cada vez más. «Lamí sellos, ayudé a preparar mítines». Finalmente, consiguió que le dijera a quién tenía que ir a ver. Obtuvo un pasaporte, pasó un reconocimiento médico. Lo siguiente fue Nueva York, París y la frontera. «Los contrabandistas nos llevaron a través de un valle de los Pirineos hasta España».

Su paso por la guerra empieza en Barcelona, donde vivió su primer bombardeo. Después en comunicaciones del Estado Mayor en Madrid. Finalmente, en Valencia, donde fue herido en otro bombardeo. Recuerda con todo detalle, la cama, cómo se quedó en la habitación mientras los otros salían al patio, cómo se levantó en el momento justo para que un trozo de metal, que le habría pasado por encima de estar tumbado, se le incrustara en el vientre. Recuerda la sangre, el polvo y a la enfermera que lo limpió en el hospital. Berg entró en España el 15 de enero de 1938 y salió el 4 de febrero de 1939, según su ficha en la asociación ALBA (Abraham Lincoln Brigade Archives). Con él lucharon 2.800 estadounidenses en las Brigadas Internacionales del Ejército leal al Gobierno español.

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