Melilla. Pablo Ferrer, el comandante que pagó con su vida su rechazo a Franco: “Era militar, pero ante todo defendía la legalidad”

Destinado en Melilla, fue asesinado el 3 de diciembre de 1936 tras negarse a apoyar el golpe franquista. Su sobrina ahijada, Severa, y la hija de ésta, Margalida Rosselló, reconstruyen una historia marcada por el silencio y el miedo

Severa, ahijada de Pablo Ferrer Madariaga, sostiene una fotografía de su tío

Esther Ballesteros / Francisco Ubilla / Mallorca — /

El militar mallorquín, nacido en Palma en 1896, era comandante del Batallón de Cazadores número 7 de Ceuta, trasladado en ese momento a Melilla. Cuando estalló el golpe de Estado de julio de 1936, Ferrer se encontraba en uno de los epicentros del levantamiento. “Yo era muy pequeña cuando lo mataron. Recuerdo que venía a vernos y siempre le decía a mamá que quería quedarse conmigo porque no tenía hijos. Y mi madre le respondía: ‘Ya veremos, ya veremos’. Ya entonces yo era muy coquetona”, narra.

Los militares que no aceptaron el golpe

El caso de Pablo Ferrer Madariaga revela una realidad incómoda para el franquismo: hubo oficiales que se negaron a traicionar su juramento constitucional y rechazaron alzarse contra el Gobierno republicano, lo que desmonta el mito difundido en la dictadura acerca de un Ejército homogéneo, heroico y “salvador de España” frente al supuesto caos republicano. El recuerdo de estos militares, sometidos a fusilamientos, ejecuciones durante la posguerra, a condenas penitenciarias y a su expulsión del Ejército por ser considerados un desafío directo a la legitimidad que el franquismo decía encarnar, fue sistemáticamente borrado de la memoria oficial, mientras sus viudas y familias eran arrojadas a una extrema vulnerabilidad: sin pensiones, sin reconocimiento público y, en muchos casos, señaladas socialmente.

En el libro Leales y rebeldes. La tragedia de los militares republicanos, el historiador Carlos Navajas Zubeldia, miembro de la Asociación Española de Historia Militar, analiza precisamente cómo numerosos oficiales se mantuvieron fieles a la República y cómo esa lealtad jurídica y constitucional -y no la sublevación- implicaba asumir el riesgo de cárcel, destierro o ejecución. Ferrer Madariaga no fue una excepción, sino parte de un grupo más amplio que la historiografía franquista eliminó de los discursos oficiales y de los manuales escolares.

Un comandante “culto y formado”

“Era un militar de carrera, culto, formado, que entendía que no se podía romper el orden constitucional por la fuerza”, recuerda Margalida Roselló, una de las hijas de Severa, quien hace en ese instante acto de presencia. El origen familiar de Ferrer Madariaga ayuda a entender tanto su trayectoria como sus convicciones. La madre, Severa Madariaga Basterrechea, de Gernika, fue una mujer intelectualmente activa, una maestra “muy culta” -como subraya Margalida- y gran defensora del acceso de las mujeres a la educación. Llegó a Mallorca tras casarse y acabaría siendo reconocida en la localidad de Inca como hija adoptiva del Ayuntamiento por su labor pedagógica, aunque ese tributo le llegaría a título póstumo, ya en democracia. “El fallecimiento de su hijo le provocó un disgusto tan enorme que murió poco después. Sus exalumnas pedían que se le hiciera algún homenaje porque había hecho un trabajo importantísimo por las mujeres de la época, pero no lo lograron nunca porque, para las autoridades, su hijo era una mancha negra”, relata.

Sobre el padre, Pedro Ferrer Alzina, Rosselló recuerda su perfil militar -era coronel de infantería-, lo que motivó que el futuro comandante creciese en un entorno castrense. Esa mezcla entre una educación ilustrada y un ambiente militar profesional explica, según la familia, por qué Pablo siguió la misma carrera que su progenitor sin renunciar nunca al respeto por la legalidad republicana que defendió hasta su último aliento: en él convergían disciplina y valores cívicos aprendidos en casa.

“Con 16 años se fue a estudiar a la Academia de Salamanca y llegó a coincidir con Franco. Después lo destinaron al Fuerte de Cabrerizas de Melilla, en el Protectorado de Marruecos, y participó en el desastre de Annual”, continúa relatando Margalida. Su madre interviene: “Recuerdo sobre todo cuando el tío venía a vernos cuando vivíamos en Palma. Mi abuela también estaba”. Sin embargo, las palabras de Severa se entrecortan cuando recuerda la muerte de su tío: “Fue porque Franco…”. Guarda silencio y dice: “Que no me hablen de Franco porque no sé cómo llamarlo. Y esto que hizo con el tío…”.

Su hija toma la palabra y describe los días previos al fusilamiento del militar. En el momento en que se produjo el golpe de estado, él estaba en Melilla, destacado a las órdenes de Manuel Romerales Quintero -también asesinado por los sublevados-, y la consigna que tenían los golpistas que el 17 de julio “debían tener controlados los cuarteles militares africanos para al día siguiente hacer el alzamiento”. Sobre aquello, Margalida alude a un libro, ¡Marruecos. 17 a las 17!, que narra las dieciséis horas que transcurrieron entre el comienzo de la sublevación -a las 15.00 horas del día 17 de julio de 1936- y la victoria de los militares rebeldes en territorio del Protectorado. Cuando se llevó a cabo la insurrección, prosigue Rosselló, “hubo una serie de militares de oficiales que no la secundaron porque aquello era un golpe de estado y la razón que los llevó a negarse fue la de defender el gobierno legítimo que había sido elegido por la gente”. Ferrer Madariaga era uno de ellos.

La sentencia de muerte

El militar mallorquín fue detenido junto a otros oficiales que tampoco se sumaron al golpe. Acto seguido fue sometido a un consejo de guerra en el que una primera sentencia lo condenó a treinta años de arresto. Sin embargo, Margalida relata que hubo “órdenes de arriba” -se muestra convencida de que las instrucciones provenían del propio Franco- para repetir el consejo. La sentencia definitiva, fechada el 19 de noviembre, lo envió al paredón.

La resolución, derivada del Sumario 445/1936 -conservado en el Archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo, en Sevilla-, consideraba probado que Ferrer Madariaga compartió, junto a otros “muchos jefes y oficiales”, teorías “disolventes contrarias a la organización de la Nación, a los principios de autoridad y justicia y a los más puros ideales patrios probado”. Y ello “con motivo de las actuación del Gobierno defensor de las teorías del llamado Frente Popular encaminadas a implantar en España el marxismo y Comunismo, instaurándose un régimen de desorden en el que fueron atropelladas las leyes, vejadas las personas de orden y desconocido el principio de autoridad, conduciendo tal modo de proceder de los gobernantes a la desolación y ruina de la nación”.

La sentencia de muerte, derivada del Sumario 445/1936, consideraba probado que Ferrer Madariaga compartió, junto a otros “muchos jefes y oficiales”, teorías “disolventes contrarias a la organización de la Nación, a los principios de autoridad y justicia y a los más puros ideales patrios probado”. Y ello “con motivo de las actuación del Gobierno defensor de las teorías del llamado Frente Popular encaminadas a implantar en España el marxismo y Comunismo”

Parte del fallo lo recoge en una de sus investigaciones Joaquín Gil Honduvilla, historiador y teniente coronel del Cuerpo Jurídico Militar, para quien el caso del militar mallorquín, junto al de muchos otros, evidencia la arbitrariedad y retroactividad del derecho penal militar franquista y el uso de consejos de guerra como instrumentos de legitimación del golpe. En este aspecto cobra especial relevancia la construcción del delito de rebelión para silenciar a quienes defendieron la legalidad republicana y en cómo se utilizó la reforma penal llevada a cabo el 30 de julio de 1936 para castigar conductas anteriores al golpe. “Aunque no lo dijeran los textos legales, esa reforma fue aplicada de una manera retroactiva contra todo y contra todos aquellos que hubieran defendido de alguna manera la legalidad republicana anterior a la nueva situación creada desde el 17 de julio de 1936”, incide el investigador en su tesis.

La sentencia contra Ferrer fue así un ejemplo paradigmático de la justicia militar sublevada, más orientada a sancionar disidencias y fidelidades republicanas que a juzgar delitos reales, y revelaba así que los “hechos probados” no bastaban para sustentar su condena: su figura, lejos de la caricatura que ofrecieron los sumarios, se perfila como la de un militar profesional ejecutado no por actos violentos, sino por permanecer fiel a su juramento y al Estado legítimo.

Fusilado junto a otro mallorquín

Ferrer Madariaga fue asesinado el 3 de diciembre junto a otro mallorquín, Josep Rotger Canals, del que, sin embargo, “nadie sabe nada”, como señala Margalida: “Los fusilaron a los dos, no sabemos si juntos o por separado el mismo día. Los golpistas sabían perfectamente días antes quiénes eran los que no estaban con ellos”.

El cuerpo del comandante fue enterrado en Melilla. Durante años, incluso la localización exacta de su tumba fue incierta para la familia. Severa recuerda que conservan una foto de la lápida, pero “nadie ha ido nunca”. Sí se desplazaron hasta allí la madre y la mujer del comandante, Pilar Vera Santana -con quien se había casado en 1922-, quienes pagaron la tumba durante cinco años. “La abuela fue disposta a enterrar a su hijo, pero ya se encontró todo arreglado”.

A partir de ese momento, la memoria del comandante quedó sepultada dentro de la familia durante décadas. “Su historia se cubrió con un tupido velo. Nadie hablaba de él. Mi hermana Antònia decía: ‘Nosotros estamos con el régimen de Franco y no queremos saber nada’”, recuerda Severa, quien apunta al “miedo” que existía “de hablar sobre según qué cosas”. La atmósfera que describe era la del franquismo cotidiano. Ella misma evoca la contienda y la dictadura como “muy duras”, especialmente cuando era niña, cuando la vestían con el uniforme falangista y debía convivir con la amenaza de la vigilancia permanente: “Ahora, por ejemplo, están las persianas abiertas. Pero entonces tenías que poner periódicos en los cristales”.

Horas antes de su fusilamiento, Ferrer Madariaga envió una carta a su familia, pero nunca volvió a ser vista. Cuando Severa se interesó por la misiva, una de sus primas le respondió tajante: “Los muertos están bien donde están, no te preocupes”. Fue su tía Pili quien le explicó qué decía el militar en su escrito: pedía que su memoria y su honor fuesen algún día restituidos cuando España recuparase la democracia y que se supiera que hizo “lo que debía hacer, que era defender el gobierno legítimo de la República”. La Asociación por la Memoria Militar Democrática (AMMD) solicitó al Ministerio de Defensa la presencia de una unidad militar para rendir los honores que por ordenanza le corresponderían como comandante caído en acto de servicio. La petición, respaldada por la familia y por la Asociación Memoria Histórica de Mallorca, fue ignorada por Defensa.

Su historia se cubrió con un tupido velo. Nadie hablaba de él. Mi hermana Antònia decía: ‘Nosotros estamos con el régimen de Franco y no queremos saber nada’

Severa — Ahijada de Pablo Ferrer Madariaga

El Gobierno central sí hizo llegar a la familia la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal, amparada por la Ley de Memoria Democrática, que declara ilegal e ilegítimo el procedimiento que le condenó y reconoce su figura como parte esencial de la historia democrática.

El pasado 3 de diciembre, el Ayuntamiento de Inca llevó a cabo un acto de homenaje y reparación de la memoria del comandante mallorquín, quien, como tantos militares republicanos, pagó con su vida su fidelidad a la legalidad democrática. La dictadura los etiquetó como “traidores”, una inversión deliberada del significado real de su lealtad jurídica y constitucional. El tributo recientemente celebrado rompe el silencio que lo rodeó durante décadas y rescata una memoria la dictadura no permitió pronunciar. Severa mira la fotografía de su tío y sonríe con la serenidad de quien ha esperado toda una vida para poder contar aquello que le arrebataron siendo niña. Su fillola se emociona al recordar: “Estoy contenta. Mamá hizo lo que pudo y nosotros también. Ya no se puede hacer nada más, pero ya no será un desconocido y él lo reconocerá desde donde esté”.

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