No hay épica en la derrota

«Han pasado ocho décadas y siguen intentando privarnos de la memoria de lo que ocurrió tras el comienzo de la represión en abril de 1939. Todavía hoy se intenta que perdamos aquello que nos dota de identidad como pueblo y que rememora lo que pudo ser y no fue».

La caída de Madrid marcó el final de la ilusión lírica. Aquel concepto que André Malraux esbozó en su novela La Esperanza y que narraba el instante revolucionario en el que los combatientes románticos se creían capaces de todo. Solo una visión idílica idealista pudo esbozar la estética de la resistencia con forma de pancarta en la Calle Toledo: No pasarán. Antagonista de una realidad prosaica labrada con el acero del metal que caía sobre la ciudad desde los Junkers, Heinkels y Caproni.

Se cumplen ochenta años del final de la Guerra de España y no ha cambiado ni un ápice el dolor y drama de aquella tragedia, un final que no fue término, sino el epígono del genocidio cultural y político iniciado en 1936. Del comienzo de la represión de un propósito de nación avanzada que daba sus primeros pasos, de sus ideas y conciencias, de la moral incipiente que había proporcionado una ilusión de progreso a las clases populares, a las mujeres, a la cultura y las artes. 

En España, todavía hoy se vive entre el derrumbe moral de aquella derrota. Los cuarenta años de dictadura franquista tuvieron como uno de sus objetivos prioritarios eliminar cualquier atisbo de disensión y de moral progresista. Una cultura nacional católica que subyugó la libertad, la literatura, el teatro y el pensamiento crítico y que han empapado el pensamiento actual instaurando en amplias capas de la sociedad presente el virus del franquismo sociológico. Ese constructo mental que considera que la dictadura no fue tan mala a pesar del genocidio cultural y político porque trajo importantes cotas de desarrollo económico y una España de orden y seguridad. Un proceso de ingeniería social que comenzó hace ochenta años y que fue muy exitoso.

El desfile victorioso fascista que narraba Juan Deportista en el diario ABC el 28 de marzo de 1939 comenzó a sepultar la voz de los derrotados, de los demócratas que habían luchado con denuedo por evitar que la negrura tiñera la memoria republicana. Aquellas botas nacional católicas dejaban huella en el alma de los derrotados surcando en su piel cicatrices invisibles, que aparecían antes de herirles y de las que jamás se desprendieron. Se entrañaba la conciencia de la desesperanza en todos aquellos que ocultaban sus lágrimas al paso de los vencedores. Una certidumbre amarga del dolor que sumaría al pasado. Rabia despojada de toda épica, porque no hay ninguna heroicidad en lo cotidiano de la supervivencia.

Los que se quedaron

Madrid se convirtió en una ciudad de más de un millón de cadáveres. Calles silenciadas, apagadas, donde el miedo y el hambre ganaban presencia mientras los gatos y las palomas desaparecían. Una atmósfera que oprimía el pecho de todo aquel que hubiera soñado con un país libre, donde el incienso se oliera solo si pisabas la misa, comenzó a llenar hasta la intimidad del hogar que hubiera resistido los bombardeos. El rosario, el yugo y las flechas reprimían el aliento de cualquier desafecto. La cabeza agachada y el aire contenido se convirtieron en el vivir diario de los candidatos a ser considerados parte de la Antiespaña. Carne de tapia de cementerio, de cuneta y olvido. La España digna frente a esa otra fea, oscura y tenebrosa, en la que parecía que a todo el mundo le olían los calcetines.

Y los que no soportaron el hedor: los maquis, guerrilleros que se echaron al monte a seguir luchando contra el régimen y esperar a que unos escuadristas falangistas o la Guardia Civil los dieran caza entre los acebos y las jaras. Los topos, que con menos ardor guerrero y arrojo escondieron su temor a perecer en una de las redadas nocturnas guardando con constancia su pellejo, convirtiéndose en desaparecidos que horadaban su madriguera en una trampilla o tras los muros de la cocina donde habitaban su esposa e hijos. Hombres que llegaron a estar 38 años escondidos en un sótano, como Protasio Montalvo, o que esperaron durante 28 años sepultados en vida en una trampilla con una escopeta apuntando a su cabeza por si los falangistas abrían y les encontraban para suicidarse antes de que les apresaran. Una metáfora personal de la historia de los perdedores. Siempre ocultos, en soledad, en silencio, a oscuras. 

Una negrura que no soportaron algunos de los falangistas humanistas rápidamente desencantados, como el poeta Luis Felipe Vivanco que llevando a cuestas el féretro de su error temprano al apoyar la sublevación manchó con su tristeza y pesar las páginas de su poemario: “Cuanta más española es nuestra vida/ y más tradicional nuestro esperpento/ más larga es la crueldad del planteamiento/ que nos mantiene en esta paz sufrida”. 

La victoria consolidó en la derecha española la política de la agresión perpetua. Una herencia trasladada a nuestros días que Vivanco definió en el final de un soneto. “Somos así: un rencor que no perdona/ y un toro que te embiste y empitona/ y un cristo cachetero. Y la puntilla”. Una actitud moral y política que se ha hecho presente, concreta y grotesca en el último año de la política española. La derecha, cada vez más escorada, encarnada en Partido Popular y Ciudadanos y su excrecencia de extrema derecha que se llama VOX son herederos directo de una manera hostil de manejarse en la vida pública. Agrediendo con la palabra, arrojando los símbolos nacionales a los adversarios políticos. Instaurando un caldo de cultivo de hostilidad preludio histórico del duelo a garrotazos que pintó Francisco de Goya. Confundiendo al discrepante con el enemigo. 

Los que se fueron

Marzo de 1939 es el fin de la España que pudo ser. El relato nacional, el de verdad y no el fascista, se escribió con la sangre de lo mejor de su sociedad y la tinta de los que pudieron narrar su pesadumbre desde el exilio. Un sentimiento que mejor que nadie acertó a adivinar Antonio Machado cuando camino de Colliure y a su paso por Barcelona en diciembre de 1938 expresó un sentimiento apesadumbrado pero certero: ”…para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado”.

Y fue cierto. Las palabras de Miguel Hernández, Federico García Lorca, Luis Cernuda, María Teresa León o Max Aub escribieron la memoria colectiva de la España decente, la única y verdadera patria que nos arrebataron los fascistas con el consentimiento de EEUU, Gran Bretaña y Francia. Porque en España también tuvimos potencias colaboracionistas que miraron a otro lado durante la dictadura, mancharon la memoria de los héroes brigadistas y abocaron a los españoles decentes a cuarenta años de oscuridad. María Teresa León, la poeta melancólica y orgullosa que vestía trajes militares de fantasía para estar guapa en los mítines, lo dejó grabado en letra: “Nos habían sacrificado. Éramos la España del vestido roto y la cabeza alta”.

Los que no volvieron

“Nunca volveré a poner un pie en este país de mierda”, dijo Federico García Rodríguez, padre de Lorca. El hijo no podría jamás dejar las tierras que lo sepultaban en lugar ignoto. Una pesadumbre compartida por los que portaron la voz de los represaliados, aquellos que se fueron y que no volvieron. La amargura de lo que fue y ya no era ni iba a poder ser apesadumbró a los golpeados por el exilio. Es lástima que fuera su tierra, es lástima que esa España les viera nacer.

Volver a la tierra añorada es un anhelo de todo exiliado. Algo con lo que soñaban todos los que se vieron obligados a partir por la entrada en Madrid de las tropas victoriosas fascistas. Pero no existía el retorno aunque se pisaran las mismas calles abandonadas cuando la España idealizada murió con la sucia presencia de las tropas desfilando por el último reducto republicano. Max Aub definió con precisión ese desgarro cuando en 1969 pudo pisar tierras extrañadas que resultaron extrañas: “He venido, pero no he vuelto”. 

Max Aub pidió en esa visita que le llevaran al Valle de los Caídos, el mausoleo en honor a Franco que todavía hoy sigue erigido a escasos kilómetros de Madrid. Sus compañeros de viaje no entendían cómo quería ir al lugar donde yace el dictador que hizo que tuviera que abandonar su patria, amigos y familias. Aub respondió de manera escueta y directa: “No es para honrarle a él, es para honrar a aquellos que murieron construyéndolo”. La memoria que mantuvieron viva los que se fueron está ausente en amplias capas de la sociedad española y de muchos de los dirigentes, que con desprecio y crueldad, se refieren a aquellos que buscan dotar a España y sus víctimas de memoria justicia y reparación, como “buscadores de huesos”. El debate sobre la necesidad de resarcir lo que un primero de abril de 1939 empezó a pudrirse sigue vigente en el debate público español. Los herederos de la cultura política de los que vencieron la guerra siguen negándose a que se remedie de manera simbólica el mal mayor de la España del siglo XX. Por ahora siguen ganando borrando nuestra memoria. Fingiendo orgullo para ocultar sus vergüenzas. 

Hace ochenta años a España le extirparon su conciencia colectiva y la posibilidad de construir un país heredero de las misiones pedagógicas, una tradición nacional basada en la cultura como tronco fundamental de su consciencia. Una España que conformara ciudadanos a través de la educación, las artes y las letras quedó sepultada por el rancio tradicionalismo católico y la represión salvaje del diferente. Han pasado ocho décadas y siguen intentando privarnos de la memoria de lo que ocurrió tras el comienzo de la represión en abril de 1939. Todavía hoy se intenta que perdamos aquello que nos dota de identidad como pueblo y que rememora lo que pudo ser y no fue. Luis Cernuda escribió un antídoto contra ese olvido impuesto cuando homenajeó a los brigadistas internacionales que dejaron sus vidas para que no perdiéramos la nuestra: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, cuando asqueados de la bajeza humana, cuando iracundos de la dureza humana: este hombre solo, este acto solo, esta fe sola. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”.