«Aquí fusilaron a mi padre, pero todo el pueblo dice que lo quemaron vivo»

Esta semana comenzó a exhumarse la primera fosa con represaliados republicanos de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid. El padre de Benita Navacerrada fue enterrado en el cementerio de Colmenar Viejo junto a un centenar de personas.

Desde hace cuatro días, Benita Navacerrada López no se despega de la barandilla del cementerio parroquial de Colmenar Viejo. Lleva 83 años esperando, siempre con la boca chica, casi cerrada hasta no hace tanto. Nunca pensó que lo vería, que viviría lo suficiente. Por eso llega cada día desde San Sebastián de los Reyes, a 25 kilómetros, despliega su asiento bajo una sombrilla y sigue aguardando, junto a alguno de sus hijos, hipnotizada por el ruido de piquetas y azadas. Quizás tropiecen con los restos de su padre antes de que la tierra vuelva sepultar la memoria hasta una nueva subvención del Gobierno.

Lo fusilaron aquí al lado, dice, ni a cien metros, frente a la tapia del camposanto, ya enfoscada, pintada y repintada de inocente blanco. Pero ni así esconde los balazos donde anidan las arañas desde 1939. Si se rascara la pared y se levanta el suelo saldrían los proyectiles, dice uno de los arqueólogos que estarán removiendo la mitad de la fosa común hasta el 31 de agosto. El dinero del Gobierno no da para más: 22.900 euros para la primera fase de la exhumación es lo que ha conseguido la Asociación Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes (ACVSSR), que junto a la sociedad de antropología forense Aranzadi han logrado abrir la primera fosa de represaliados de la Guerra Civil en la Comunidad de Madrid.

En realidad, afirma Luis Pérez Lara, presidente de ACVSSR, hasta aquí se ha llegado tras convencer a una plataforma de siete ayuntamientos encabezada por el de San Sebastián de los Reyes (PSOE). Con diferentes colores políticos, desde el PP a Ciudadanos y con mayor o menor compromiso avalaron un proyecto que no ha había recibido fondos públicos en otras ocasiones pese a su buena puntuación en los concursos. «Son todos los consistorios que tienen fusilados aquí salvo el de Fuencarral- El Pardo, cuyo alcalde no ha querido ni hablar con nosotros», apostilla Pérez Lara.

Después llegó «la batalla más dura que he librado», dice entre risas. Convencer al párroco de Colmenar para que diera por escrito el permiso para excavar en el cementerio. «Es bastante de derechas y me remitió al Arzobispado. Después de mucho insistir lo conseguimos, porque esto ya es ley y no pueden negarse a que los busquemos», incide.

107 fusilados y una fusilada

Fueron muchos, al menos 108. Una mujer y 107 hombres, que se sepa. Republicanos, militantes de UGT, del PSOE, de la CNT, comunistas, milicianos y vecinos de varios pueblos de la sierra de Madrid. Todos rojos, todos «criminales»; lo dicen los papeles de los consejos de guerra sumarísimos.

Benita solo tenía siete años, pero era hija de rojos, y «qué significa rojo», preguntaba ella cuando sus compañeras de escuela la señalaban, se reían de sus ropas andrajosas, de sus alpargatas rotas, de su cara sucia. Lo recuerda todo, porque ella y sus hermanos se quedaron solos en el mundo. Ahora tiene 90 años y aún le duelen las burlas, el maltrato, el hambre y la miseria de los hijos de la España que perdió la guerra.

El padre de Benita fundó UGT en  su pueblo y dirigió la comisión de fincas incautadas durante la guerra

Cada palada de tierra la siente como una pequeña victoria; ella, tan hija de vencidos. Ilusionada pero también temerosa del pinchazo cuando encuentren, si encuentran, los huesos de su padre, Facundo Navacerrada Perdiguero. Lo dice el cartel que Benita sostiene con su foto, sentada entre las tumbas que sí llevan nombre y apellidos sobre el mármol labrado de la lápida. El de su padre solo está en algún papel y desde 2018, también en el cartel de un memorial con los nombres de los 108 represaliados en este pueblo.

Facundo era natural de San Sebastián de los Reyes, fundador local de la UGT en 1936, presidente de la colectividad de campesinos Pablo Iglesias, presidente de la comisión de fincas incautadas a terratenientes y miembro del consejo revolucionario que se instauró en el pueblo tras el golpe fascista de 1936. La Guardia Civil llegó de noche, ella lo recuerda. Estaba en casa de su abuela materna. A su madre ya la habían llevado presa, «antes que a mi padre. Por roja, por mujer de rojo. Era analfabeta. Estuvo tres años en la cárcel y seis meses desterrada en un convento del País Vasco», dice. La prendieron y los echaron, «los fascistas nos quitaron todo y nos dejaron en la calle». Eran cinco hermanos, la mayor tenía 15 años en aquel entonces. Su tío, el hermano de su padre —»pudiente, falangista», lo describe—, hacía guardia en la casa para que no escapara.

«Pero mi padre decía que no iba a pasarle nada, que no había matado a nadie. Él se presentó voluntario en el Ayuntamiento. Cuando volvió del frente no sabía lo que estaba pasando en el pueblo», recuerda Benita. La Benemérita llegó, lo montaron en un camión y lo llevaron a Colmenar Viejo, a la escuela que construyó el Gobierno de la República, convertida en cárcel improvisada. Benita nunca volvió a habar con su tío ni con los hijos de su tío. «No somos familia», zanja. Dos meses después, el 24 de mayo, fusilaron a Facundo.

Eso dicen los papeles, pero no es lo que dice todo el pueblo. «A mi padre le dieron una muerte muy cruel». Benita traga saliva. No es la primera vez que lo cuenta, se sabe el relato de memoria, de memoria sucia que aún nadie ha remozado. Los ojos se le empañan y la voz se retuerce y entonces lo dice: «Lo quemaron. Lo ataron a un camión, le echaron gasolina y le pendieron fuego». Se contaba entre susurros porque así tenía que ser, pero lo contaban todos. «A tu padre lo quemaron vivo», se lo han dicho siempre, sabe hasta quién facilitó la gasolina para que la llevaran de San Sebastián a Colmenar. Por eso su hermana no encontraba su cadáver entre los fusilados cuando fue al cementerio a buscarlo, antes de que los echaran a la fosa. «Y por eso yo pienso que va a salir muy poco de mi padre si sale algo», dice. «Lo liquidaron porque estorbaba en el mundo, en su mundo». Y desde entonces silencio y tierra y silencio y rabia contenida. La macabra venganza contra quien orquestó la expropiación de tierras a los adinerados merece, como mínimo, ser confirmada, opina Benita.

El primer esqueleto apareció el miércoles, a metro y medio de profundidad. Tras picar el hormigón y retirar el mallazo afloraron osamentas de bebés, seguramente sin bautizar. Fémures dispersos, restos también de algún animal y porquería propia de vertedero. El lugar ahora se encuentra intramuros del cementerio viejo del pueblo, pero no fue siempre así. Durante años fue un osario anexo al camposanto donde inhumar a los muertos no cristianos, a gente que se había suicidado, a quien sus familias no podían costear un entierro digno o donde, simplemente, se echaban con los años los huesos de quien no tenía una tumba pagada a perpetuidad.

Allí fueron arrojados los cuerpos de unas 90 personas poco después de ser asesinadas. Los fusilaron en varias tandas, cada semana, todos los días menos los domingos, hasta que acabaron con todos lo condenados. Se cree que 18 descansan en lo que llaman el paseo, uno de los antiguos caminos de entrada junto a un muro que ya no existe. No llega a metro y medio de anchura. Los testimonios dicen que apilaron a los muertos en tres niveles de altura sobre los que han caminado durante ocho décadas quienes podían poner flores a tumbas con foto y nombre. Dicen que en esa fosa estrecha y alargada están los que se confesaron por la noche. Al alba los mataron. Pero esa hoyada se abrirá más tarde, en otra fase, con más burocracia y con una subvención de la ya nueva Ley de Memoria Democrática, confía el presidente de la ACVSSR, que matiza que las nueva legislación garantiza la continuidad de los proyectos, aunque vayan despacio.

Herida de bala en cráneo y mandíbula

El cuerpo que asomó primero presentaba a primera vista un orificio de bala en mandíbula y cráneo, aunque aún hay que confirmarlo en el laboratorio, explica a pie de zanja Almudena García-Rubio, osteoarqueóloga de Aranzadi y directora de la exhumación. Esos huesos, de alguien cercano a los 25 años, dieron un vuelco al corazón de Esther Mateo Cabrero, de 55 años, también de San Sebastián de los Reyes, zona cero de la represión franquista en el norte de Madrid.

Tres de sus familiares fueron ejecutados en esas tapias en 1939. Uno de ellos tenía 23 años cuando murió. «Fue de los últimos que fusilaron, por eso pienso que puede ser él, porque ha aparecido el primero y por la edad; son pocos los veinteañeros», detalla. Se refiere a Cipriano Mateo Hernández, fusilado el 29 de noviembre de 1939, acusado de «realizar guardias armadas y participar en los arrestos domiciliarios a las órdenes del Comité revolucionario» creado en el municipio tras el alzamiento del 18 de julio del 36.

«Mi padre no superó el asesinato de mi abuelo. Raparon a su madre y tuvo que dejar el colegio»

Cipriano era tío de Manuel Mateo López, abuelo de Esther, jornalero y albañil, afiliado a la UGT y al PSOE y nombrado alcalde del pueblo en el 37, hasta que dimitió para volver al frente en el 38. Pasó siete meses en la cárcel antes de que lo fusilaran, el 22 de octubre de 1939. Era domingo, incide la nieta. Ni eso respetaron. «En su carta de despedida a la familia decía que lamentaba irse sin haber comprado una bicicleta a sus hijos, como les prometió. Quizás por eso mi padre compró una bici a mis hermanos y la tuvo siempre colgada en casa», recuerda Esther.

«Mi padre murió hace más de 20 años. Siempre vivió frustrado y enfadado. Nunca superó el asesinato de su padre y lo que vino después. Tuvo que dejar la escuela, a su madre le raparon la cabeza, a él lo tiraron a un pozo… Siempre dijo que al día siguiente de que lo mataran llegó el documento que le conmutaba la pena por 30 años de prisión», añade. Quizás alguien tenía prisa por matarlo, deducen. Esta exhumación no solo cierra las heridas, «remueve muchas cosas dentro. Genera sensaciones extrañas. No paré de llorar cuando apareció este esqueleto. Estaba muy trista una semana antes de que empezaran a escavar», apostilla.

El jueves, las paletas daban con otros tres cuerpos. Todos parecen yacer en ataúdes que la tierra se ha tragado, algo con lo que no se contaba. Uno tiene un puente de oro en la dentadura. Hay sorpresas, claro. Hay zonas vacías donde se pensaba que habría multitud de cuerpos apilados. Los expertos aún no pueden explicarlo, pero falta otra parte del mismo osario que no podrá desenterrarse hasta el próximo proyecto.

La información previa es vaga, rumores, comentarios o testimonios de quienes aún tenían miedo de hablar, incluso ya entrada la Transición. De familiares que también pasaron por la cárcel y el destierro, por el señalamiento diario, madres y hermanas que cada Día de Todos los Santos arrojaban flores de plástico desde la tapia, con cuidado de que no se les viera, explica el antropólogo Roberto Fernández Suárez, autor de la investigación que ha documentado los juicios, las condenas y las ejecuciones de este pueblo y la época convulsa del norte de Madrid tras el golpe.

«Colmenar era cabeza de partido judicial de varios pueblos de la sierra», comenta. Por eso trajeron hasta aquí a los detenidos y los juzgaron y fusilaron. En su libro, La sierra convulsa, deja constancia de ejecutados de San Sebastián de los Reyes, Colmenar Viejo, Soto del Real, Manzanares El Real, Miraflores de la Sierra, El Molar, Moralzarzal, Fuencarral y Hortaleza, que entonces era pueblo y no un distrito de la capital. Junto a la ACVSSR localizaron a algunos familiares, hasta 25, que querían recuperar los restos, darles el reconocimiento y la sepultura que les negó el régimen, y empezaron a diseñar este proyecto. No habrá justicia ni reparación, pero al menos quedará la verdad por escrito y con exactitud. Algunos familiares podrán enterrar a sus muertos, con otros quizás se haga un memorial. Todo está por ver.

Yo ni siquiera sabía que había fusilados de San Sebastián de los Reyes enterrados aquí», comenta Luis Sanz. Ha venido a dejar una muestra de ADN que se cotejará con el de los restos que salgan. «Me enteré por la televisión y me acordé de mi madre. Ella lloraba muchas veces por su hermano, pero yo no sé mucho. Nací en el 45″, dice. Su tío, Agapito López García, no está en los listados sobre personas sometidas a consejo de guerra tras la victoria franquista que la plataforma ha documentado, aunque saben que no han podido acceder a todos.

Pero hay familias que no esperaron, que nunca imaginaron que un día alguien podría remover esa tierra, buscar los huesos, ponerles nombre. Había que dejar pasar aún unos años desde que murió Franco, asegurarse de que la democracia venía para quedarse, y solo entonces algunos colocaron una lápida de piedra sobre la fosa.

El trabajo lo hizo Pedro Sedano, de 72 años. A finales de los 80 puso los ladrillos que luego se cubrirían con piedra pulida. Debajo, explica, hay restos de cuatro o cinco fusilados, aunque no puede precisar. «Mi suegra siempre tuvo mucho miedo. Mataron a su hijo, a mi cuñado. Ella estuvo cuatro años en la cárcel de las 13 rosas. Luego la desterraron a València. Cuando pudo volver la señalaban», expone. «Estaba cansada de venir aquí y quitar porquería de la fosa. Lo habló con otras familias y se hizo esta tumba con todos los permisos», dice. En algún momento habrá que quitarla si se quiere identificar a quien yace bajo ella, «pero todos tienen que estar de acuerdo, y hay quien dice que no se puede desvestir a un muerto para vestir a otro», añade. Ya se verá. Este pedazo de tierra apenas ha empezado a hablar.

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