‘Garrote y prensa’: los verdugos de Franco y sus ejecuciones.

‘Garrote y prensa’: los verdugos de Franco y sus ejecuciones

Gustau Nerín / Foto: Goya / Barcelona. Miércoles, 26 de febrero de 2020

En julio de 1936 los anarquistas colgaron la maquinaria de algunos garrotes en las farolas de Barcelona, como denuncia de la represión ejercida por el Estado a lo largo de los siglos. Pero durante muchos años más las ejecuciones con garrote simbolizaron la brutalidad del Estado español. Ahora, Eladi Romero García publica Garrote y prensa. Verdugos y ejecuciones en la España de Franco (ed. Laertes). Se trata de una crónica de la represión ejercida durante el franquismo con este tipo de ejecución, una narración que el autor estructura a partir de los principales verdugos del régimen.

Un invento «humanitario»

Eladi Romero explica que el garrote, en la Edad media y Moderna, era considerado una forma de ejecución rápida e indolora, frente a otras prácticas más crueles, que implicaban un largo sufrimiento, como el descuartizamiento o la crema. Aunque el garrote existió en numerosos lugares del mundo, llegó a convertirse en un emblema de la brutalidad del Estado español, que fue de los que usó con más profusión, y hasta fechas más tardías, esta práctica. Romero puntualiza que hay quien dice que el garrote moderno, con una pieza de hierro que se clava en el bulbo raquídeo del reo, habría sido inventado por un verdugo de la Audiencia de Barcelona del siglo XIX. Por eso se lo llegó a tildar de «garrote catalán». La idea, tachada de «humanitaria», era conseguir un instrumento que ofreciera una muerte casi instantánea y poco dolorosa. Pero la experiencia desmintió la eficacia del genial invento catalán: muchos ejecutados sufrían, horriblemente como queda ampliamente demostrado en el libro Garrote y prensa.

El largo camino a la abolición

La abolición de la pena de muerte, en el Estado español, costó mucho. Ante las críticas que generaban, hacia 1900 se puso fin a las ejecuciones públicas, aunque todavía se hizo alguna en casos de crímenes especialmente brutales. En 1932 se abolió la pena de muerte; pero fue rápidamente restaurada. En octubre de 1934 el gobierno conservador la volvió a aprobar para delitos contra el orden público, para dar respuesta a la revolución de octubre y ampliamente usada durante la guerra civil. Con el estallido de la guerra, las ejecuciones se multiplicaron a los dos bandos (a pesar de que básicamente por fusilamiento, lo que permitía ahorrar esfuerzos en un momento en que se quería matar a mucha gente simultáneamente). En realidad, un decreto ley de 5 de julio de 1938 de Burgos, firmado por Franco, volvió a dar el máximo valor a la pena de muerte. Pero ya antes de su firma se aplican algunas ejecuciones por garrote en diferentes puntos. Con la caída de Málaga, muchos republicanos serían ejecutados mediante garrote, y más tarde, durante la guerra y la primera posguerra, las penas de muerte aplicadas con garrote se multiplicarían: habría en León, en el País Vasco, en Teruel, en Vinaròs, en Castelló… En el Escorial, por ejemplo, muchas personas fueron ejecutadas con garrote inmediatamente después del fin de la guerra.

«Garrote y prensa»

El garrote fue usado como instrumento de intimidación masiva en los primeros momentos de la posguerra, aunque la mayoría de los ejecutados lo eran por fusilamiento. En algunos lugares volvió a haber ejecuciones públicas con garrote, como en Portugalete, donde en 1940 se agarrotó a 3 atracadores. En aquellos tiempos, Franco recibía las sentencias de muerte de los tribunales y usando un lápiz anotaba allí «C», de «conmutada» o «E», de «enterado» (lo que indicaba que la sentencia se cumpliera porque no la conmutaba). En algunos casos, que el dictador consideraba especialmente graves, a la «E» le añadía «garrote y prensa», lo que indicaba que se sustituía el fusilamiento por el garrote vil y que la ejecución tenía que ser comunicada a la prensa como escarmiento público. Era una forma de demostrar la fuerza del régimen. La banalización de la pena de muerte era continua. Romero explica que un juicio en que se condenó a muerte por garrote a tres personas se liquidó en sólo una hora y media.

Garrote hasta al fin

A partir de 1948, la gran oleada de ejecuciones derivada de la guerra civil ya se había acabado, y los fusilamientos se hicieron más esporádicos. A partir de este momento, el garrote se convirtió en el método de ejecución «normal» (generalmente se había considerado el garrote como un instrumento de la jurisdicción civil: la jurisdicción militar usaba con más frecuencia el fusilamiento). A partir de 1959, la pena de muerte dejó de ser usada por la jurisdicción civil, pero siguió siendo usada por la jurisdicción militar, que tuvo muchas competencias, hasta el fin del franquismo. El garrote fue cayendo en desuso, pero no desapareció. Los últimos agarrotados del Estado español fueron, el 2 de marzo de 1974, Salvador Puig Antich y el alemán Georg Michael Welzel. Los 5 últimos ejecutados del franquismo no fueron muertos con garrote porque no había bastantes verdugos disponibles para hacer 5 ejecuciones simultáneas a tres puntos diferentes.

El verdugo y su maletín

Eladi Romero deja muy claro que la mayoría de los ejecutados del franquismo no fueron muertos por verdugos, sino que fueron fusilados por soldados, voluntarios o guardias civiles. Ahora bien, para la ejecución con garrote hacían falta verdugos profesionales; en España nunca hubo muchos simultáneamente en activo, y a menudo se pasaban meses sin actuar. La mayoría de ellos eran individuos procedentes de familias desestructuradas, en situaciones económicas críticas. Eso no quiere decir que no fueran «afines al régimen». López Sierra era un ex delincuente que había luchado con el cuerpo de regulares (tropas marroquíes) en la guerra civil y que posteriormente se había afiliado a la División Azul. A pesar de ser tan franquista y de presumir de su profesión «de ejecutor de sentencias», a menudo iba a las ejecuciones borracho. Como mínimo practicó 24 ejecuciones, entre ellas las de Joaquín Delgado y Francisco Granados, anarquistas inocentes del crimen que se les acusaba, y la de Salvador Puig Antich. También Vicente López Copete, ex legionario y falangista en Marruecos, era un individuo marginal, que antes de ser verdugo sobrevivía con pequeños trabajos y que más tarde llegó a ser encarcelado por abuso de menores. Con los años llegó a asegurar que estaba cansado del oficio por la estigmatización que sufría su familia, sin embargo nunca mostró ningún arrepentimiento por lo que había hecho. Garrote y prensa explica que el verdugo Florencio Fuentes acabó suicidándose, a causa del rechazo popular (decía que lo que más le afectaba era el bullying que sufrían sus hijos en la escuela).

Con el maletín en casa

Los verdugos guardaban en su casa los utensilios de hierro usados para montar el garrote, que llevaban en un gran maletín muy pesado. Desde que el Tribunal Supremo rechazaba las apelaciones de un condenado a muerte, el verdugo era movilizado y enviado al lugar donde estaba preso el sentenciado, que es donde se llevaría a cabo una eventual ejecución. Pero a veces había que esperar un mes hasta que el Consejo de Ministros dictara la pena. Durante este tiempo se quedaban en una pensión, cobrando dietas, y permanentemente vigilados por la policía (que los protegía de agresiones, pero que también vigilaba que no se escapasen). A «Pepe», el verdugo novato que mató a Georg Michael Welzer el mismo día que ejecutaron a Puig Antich, le tuvieron que amenazar para obligarlo a ir a la ejecución.

Los despojos sociales

Garrote y prensa combina el interés por la figura del verdugo con el interés por la personalidad de los ejecutados. Eladi Romero explica la secuencia de la ejecución, pero también detalla la historia del ejecutado y la de su crimen. Algunos de los personajes retratados en el libro son republicanos o anarquistas, que fueron sentenciados por sus acciones contra la dictadura. Algunos de ellos eran maquis, pero también se explica la historia de algunos republicanos que fueron condenados por sus acciones durante la guerra civil. Ahora bien, la mayoría de los ejecutados por garrote vil, en pleno franquismo, no lo fueron por motivos políticos. El libro de Romero ofrece un largo listado de atracadores, violadores, asesinos, maridos celosos, envenenadoras… Incluso hay constancia de la ejecución de algunos inocentes, como los tres ejecutados por el crimen de las estanqueras de Vallecas o los mismos anarquistas Granado y Delgado.

El esperpento

Algunas de las historias explicadas en Garrote y prensa hielan la sangre. En Asturias se hizo una ejecución pública por garrote donde fueron ejecutados consecutivamente tres hermanos: el tercero contempló cómo ejecutaban previamente a sus dos hermanos. También en varios casos se ejecutó a retrasados mentales. Al verdugo Bernardo Sánchez le tocó, en su primer «trabajo», ejecutar a una prima de su mujer de 20 años, que había matado a un teniente coronel, al que servía, que la había seducido. Pero a pesar del trauma que le provocó este caso, no interrumpió su carrera: ejecutó a 12 personas más. Cuando estaba ejecutando a una de ellas, le falló el garrote y la liquidó con un golpe de llave inglesa: le fue incoado un expediente por brutalidad (una auténtica paradoja legal: ¿cómo se puede acusar de brutalidad a un verdugo?).

Las dificultades en matar

El garrote, supuestamente, es una herramienta para garantizar una muerte rápida, poco dolorosa y segura. En realidad, en Garrote y prensa se demuestra el contrario. Explica casos realmente aterrorizantes. En una ocasión, durante el franquismo, la ejecución se interrumpió porque la rosca del garrote no funcionaba: se devolvió el reo medio ahogado a la celda, y al cabo de un rato, tras reparar el garrote, se lo devolvió en el patio de la prisión y se lo acabó de ejecutar. Los verdugos a menudo llegaban bien borrachos al lugar de la ejecución, y se explica que en el caso de un aristócrata muy atlético, José María Jarabo, el verdugo, esmirriado y muy bebido, tuvo graves dificultades para acabar de matarlo. Pero el caso más esperpéntico fue el de Welzel, el alemán que fue ejecutado al mismo tiempo que Salvador Puig Antich. Le tocó un verdugo nuevo en el «oficio», y el director de la prisión era un incompetente que no encontró ninguna tabla para fijar el garrote. Decidieron no complicarse y ejecutarlo con el torniquete atado directamente al cuello. Hizo falta que seis funcionarios sujetaran al reo mientras el verdugo se peleaba con la manivela durante la larguísima agonía.

Imaginar el garrote

En los últimos tiempos del franquismo y en los primeros momentos de la transición, la pena de muerte generó obras maestras del arte y de la literatura, desde la película de ficción El verdugo, de Luis García Berlanga, hasta el extraordinario documental Queridísimos verdugos, de Basilio Martín Patino, pasando por el libro de Daniel Sueiro: Los verdugos españoles. Garrote y prensa completa estos materiales con una detallada crónica negra de las ejecuciones con garrote, basada, sobre todo, con las crónicas periodísticas, ilustrada con impresionantes fotografías de época. Este no es un estudio legal sobre el uso del garrote, con disertaciones en profundidad sobre el tema, ni tampoco un estudio antropológico sobre el significado simbólico del garrote (como los existentes sobre la guillotina en Francia), sino que se estructura como una recopilación casi periodística de crímenes y ejecuciones. Una historia que nos remite a los aspectos más negros del franquismo. Aunque entre los ejecutados figuran algunos héroes, en la mayoría de los casos da la impresión deque nos encontramos ante unos auténticos desgraciados, auténtica carne de patíbulo. Pero en los relatos de Eladi Romero queda bastante claro que los verdugos, a menudo, eran tan desgraciados como sus víctimas. La brutalidad mayor no era la de los criminales ni la de los verdugos, sino la del régimen que mantenía el garrote (cómo lo recordaban los mismos verdugos en la película de Martín Patino). Pero las responsabilidades no sólo recaerían en el franquismo. Quizás habría que pensar en el papel de una sociedad que legitimó la pena de muerte y que al mismo tiempo estigmatizaba a los verdugos. La barbarie del garrote se presenta, antes que nada, como la barbarie de la sociedad franquista.